¿Qué haría Carrie Bradshaw en mi situación?

 

Por: Citlaly Aguilar

Sentada frente a la computadora, escribiendo en calzones, con una copa de vino a un lado, y viendo a través de la ventana los carros que avanzan por la avenida Circunvalación División del Norte, en Guadalajara, con el rugido de los motores de camiones urbanos en los oídos hasta altas horas de la noche, en 2012 me sentía Carrie Bradshaw en Sex and the city, viviendo sola en mi propio departamento, en una ciudad que estaba conociendo y de la que me enamoré profundamente.

Ese año vi la serie completa en YouTube, porque anteriormente, en la casa de mis papás, solo era posible ver uno que otro capítulo a medianoche, en Tv Azteca, lo cual acarreaba diversos inconvenientes. Me identifiqué con Carrie porque tenía algunas cosas en común con ella: escritora, amante de la moda e irremediablemente buscadora del amor en los brazos de un hombre. Charlotte me resultaba muy conservadora, Miranda un poco hombruna y Samantha demasiado liberada… Debo confesar que me asustaba la manera en que veía a Samantha pasar de un hombre a otro, y de no vincularse afectivamente con ninguno; era mucho para mí que nací en una familia tradicional zacatecana.

Cuando apareció en el catálogo de Netflix, mi hermana, que es más de una década menor que yo, me dijo que la vio y que no le gustó. “¿Por el final? Yo creo que Carrie debió quedarse con Aidan. Big es demasiado tóxico”, le dije, para defender un poco una de las series que marcaron significativamente mi educación emocional. “Carrie es insoportablemente tóxica”, me replicó. Argumenté que eran otros tiempos, que a inicios del 2000 Sex and the city era lo más liberal que veía una mujer en la televisión… pero no la convencí.

Sin embargo, quizá en un afán de refutar a mi hermana, volví a verla con detenimiento. Las primeras dos temporadas, aún sentí cierta conexión con Carrie, porque ella, al igual que yo en aquellos ayeres, buscaba el amor bajo la idea del romanticismo que desde siempre nos prometieron a las mujeres, la misma idea que indica que debe ser un amor apasionadamente doloroso y arrebatadamente placentero. Y, sin embargo, al inicio Carrie muestra señales de crítica, incluso se le ve como una mujer oscura: el cabello largo y alborotado, gafas de negras micas y siempre un cigarro entre los dedos. En el episodio 4 de la segunda temporada, titulado “They shoot single people, don't they”, Carrie se pregunta si es mejor fingir que estar sola, dado que acepta posar para la foto de un artículo de revista en el que el tema es “soltera y fabulosa”. Tras una cadena de desastrosos eventos que parecieran lo opuesto al objetivo de la publicación, al final del capítulo vemos a Carrie sentada en la terraza de un bar, con una copa de vino, usando lentes oscuros y contemplando a la gente pasar al mediodía, todo esto mientras que con su cara expresa nostalgia, sí, pero también seguridad: “sin libros, sin hombres o amigas, sin armadura, y sin fingir nada de nada”. Solo por ello es uno de mis episodios favoritos.

No obstante, conforme avancé en las temporadas, noté cambios reveladores en ella, particularmente. Cada vez se hace menos comprensiva con sus amigas. Cada vez las juzga con más moralismos, sobre todo a Samantha, a quien más de una vez le hace comentarios en tono shame slut. Peor aún, cada vez es menos tolerante a las críticas y, cada vez más obsesionada con tener una pareja, aunque en ello le vaya la dignidad o la salud mental y emocional. En la última temporada, resulta incluso doloroso verla en su relación con Jack Berguer, quien en repetidas ocasiones se encarga de invalidarla solo por ser más exitosa que él, mientras ella lo justifica incansablemente hasta que es él quien la abandona. Qué decir del ruso, Alexandr Petrovsky, quien desde el primer encuentro deja ver su carácter dominante y violento al decirle: “eres una comediante”, cuando ella hace una crítica de una instalación artística. Y, claro, Big: el gran magnate que vuelve a buscarla cada que se le antoja y al que ella deja regresar una y otra vez…

“¿Qué haría Carrie Bradshaw en mi situación? Para hacer lo contrario”, dice un meme que me aparece casi a diario en mis actualizaciones, porque desde que la serie está en Netflix más gente ha podido verla con calma y cada vez son más también quienes han notado que el comportamiento de Carrie es errático. A mí me tomó doce años notarlo, pero no solo eso, sino también una relación de diez años, un largo duelo, muchas lecturas feministas y, desde luego, la entera disposición al cambio.

Aunque ahora le doy la razón a mi hermana, también mantengo mi postura: eran otros tiempos, a inicios del 2000 Sex and the city era lo más liberal que veía una mujer en la tele. Gracias a esa serie pude hablar abiertamente de sexo con mis amigas, incluso muchos de los asuntos de parejas que se desarrollan en los episodios los viví en carne propia, por lo que tuve la certeza de no ser la única atravesándolos; me hicieron sentir menos sola en una época en la que poco se decía de ello, sobre todo para quienes veníamos de familias en las que ciertos temas estaban vetados.

En esta segunda revisión, Samantha me parece la mujer más consciente y libre de todo el programa. Su personaje se mantiene fiel a sí misma hasta el final con mucha dignidad. “Te quiero, pero me quiero más a mí”, es la frase que le dijo no solo a Richard Wright, el primero del que se enamoró, también a Smith Jerrod, su pareja, cuando se separa de él, esto último ya en la primera película basada en la serie. En diferentes momentos, es ella quien ofrece verdaderos manifiestos de emancipación sexual, reproductiva, afectiva y social. En ese sentido, es un personaje realmente complejo y completo. Sin miedo a equivocarme, afirmo que Samantha es lo que hay de Sex en esa producción, entendiendo esto no solo como una relación química y fisiológica entre dos personas, sino como una condición con la que se nace y como una postura política.

Me parece que, por un lado, dado que la serie se basa en el libro de Candace Bushnell que lleva el mismo título, el cual fue publicado en 1997 en Estados Unidos y que se convirtió en un éxito de ventas, intenta mantener la idea original, pues la autora fue parte de la socialité neoyorkina en los ochenta y posteriormente columnista del New York Observer, en el que escribía sobre las aventuras de ella y sus amigas. Por el otro, los guionistas para la adaptación televisiva son, en su enorme mayoría, hombres, entre los que destacan Darren Star y Michael Patrick King, dos nombres que aparecen también como guionistas en series parecidas, como Beverly Hills 90210, Desparejado, Younger y Emily en París, entre otras, en las que son evidentes varias coincidencias: la vida burguesa, la visión blanca, el parejocentrismo y, lo que más me asusta y molesta, los hombres mujeriegos y violentos que, luego de muchos años y después de causarle un terrible desgaste a las protagonistas, milagrosamente cambian y se convierten en personas decentes: nada más alejado de la realidad y nada más tóxico.

En ese sentido, al ser consciente de que consideré a Sex and the city, y particularmente a Carrie, durante mucho tiempo como un modelo a seguir, me es terrible caer en cuenta de que romanticé gran parte de mi vida sexoafectiva situaciones verdaderamente infames y las validé repitiéndolas, aconsejándolas. Y, sin embargo, tampoco quiero hacer campaña contra Carrie, sería como castigarme, porque, como he dicho, fue un ejemplo que seguí. Tenemos que aceptar que muchas fuimos, somos o seguimos siendo como Carrie, y que no es algo sencillo de cambiar. Lograr salir de todo un aparato cultural no es tan fácil como ver la televisión y criticarla. En realidad, creo que el personaje funciona aún como un claro recordatorio de quiénes fuimos las que crecimos en esa generación de mujeres, de los anhelos que teníamos y del daño que nos hizo. A la par, exijo mejores modelos, sobre todo para las nuevas generaciones. Exijo contenido escrito y televisado cuyo objetivo no sea mostrar las relaciones de pareja como un esfuerzo constante por no enloquecer ante el miedo al rechazo o como un sufrimiento interminable o como un paliativo para evitar la soledad, y que no cree una cultura de mujeres que romantizan el abuso y que ven en el amor de pareja la única felicidad. Y todo esto lo escribo aún en calzones, frente a la computadora, a un lado de una ventana que me muestra una tranquila calle por donde nadie pasa, en completo silencio y con toda la paz.

  • Citlaly Aguilar es doctora en Estudios del Desarrollo por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Becaria del PECDA Zacatecas en 2011, 2013 y 2015. Ganadora en el certamen de ensayo Erradumbre (Mantis Editores, 2021) y mención honorífica en el Premio Nacional de Ensayo “Dolores Castro” 2021 y mención honorífica del 9 Premio de Periodismo Gonzo (UANL y Producciones el Salario del Miedo, 2023). Autora de La literatura zacatecana en el siglo XXI (IZC, 2014), La fabulosa historia de Anémona y Durazno (2021), Dentro del aire de vidrio (2021) y Crónica de la habitación (2022). Coordinó la antología de ensayo literario El Centauro (Policromía, 2016).