El privilegio de la venganza

Por: Citlaly Aguilar *

1.

Hace tiempo, en un grupo en el que impartía clases de literatura, tuve como alumno a un muchacho que casi no entraba a las sesiones, por lo tanto, cuando lo hacía y se le preguntaba algo, no tenía idea de qué responder y, aunque en esos casos es mejor callar, al susodicho le parecía mejor idea hacerse el chistosito haciendo comentarios sarcásticos como: “¿para qué me pregunta si usted ya sabe?” o “usted es la maestra, usted debe saber”. En fin, debo confesar que me era preferible su inasistencia.

Una vez, al comprobar que ese alumno no podía presentar el examen parcial, puesto que, por reglamento, no cumplía con el porcentaje mínimo de asistencia requerido para ello, me sentí, por primera vez en mucho tiempo, realmente poderosa. Así que, cuando le pedí al mencionado que abandonara el aula, creí que me había salido, por una vez, con la mía.

No obstante, minutos después, el joven regresó con la directora del lugar, quien me pidió que lo dejara presentar examen, que “con él no se aplica el reglamento”. “¿No que no? Ya ve, yo siempre me salgo con la mía”, me dijo el muy cínico mientras le entregaba el cuestionario y me lanzaba una sonrisa burlesca.

Así, creo que no me equivoco al decir que la venganza es un sentimiento común en la raza humana y que, en mayor o menor medida, todos la hemos padecido o aplicado. Sin embargo, me interesa particularmente saber y explicar la relación entre venganza y mujeres, pues, curiosamente, en los textos literarios aparecen casi siempre juntas.

2.

En el cuento “El cholo que se vengó”, Demetrio Aguilera Malta relata la historia de un indio ecuatoriano, Melquíades, quien, enamorado de una chola, Andrea, se fue a trabajar lejos, con el firme propósito de lograr tener una vida mejor para ambos. Pero el cuento da un giro inesperado cuando ella, al verse sola, inicia una relación con otro hombre de nombre Andrés. La venganza del cholo fue no intervenir y, posteriormente, regodearse ante el arrepentimiento de la chola.

El texto, al igual que muchos otros conocidos como El conde de Montecristo, Cumbres Borrascosas y El gran Gatsby, basa su idea de venganza en una relación amorosa, en la que, vaya sorpresa, la que traiciona es una mujer, y el traicionado un pobre hombre indefenso. Léase con ironía, por favor.

No es coincidencia que en la antología El cuento hispanoamericano, de Seymour Menton, en la que el cuento de Aguilera Malta aparece como un ejemplo del criollismo, la extensa mayoría de autores seleccionados para explicar este género literario sean hombres. En el último apartado del libro, dedicado a “el feminismo y la violencia: 1970-1985”, solo se toma en cuenta a dos mujeres y… ¡a dos hombres! Es decir, difícilmente habrá otra concepción de venganza que no sea la de todos los tiempos: la mujer es mala. De eso trata, por ejemplo, el mito griego de “La caja de Pandora”, del que Hesíodo cuenta que después de que Prometeo robara el fuego de los dioses para llevárselo a los humanos, Zeus lo castigó mandando a Pandora:

Antes de ello la raza de los hombres vivía en la Tierra libre de todo mal, de la pesada fatiga y de las dolorosas enfermedades que traen la muerte a los hombres. Pero la mujer Pandora, al levantar con sus propias manos la gran tapa de la vasija que las contenía, soltó y derramó sobre los hombres las mayores miserias (Panofsky, 1975, p. 16-17).

Y, como la mitología griega es un sistema de creencias que se propagó rápidamente por todo occidente, esta idea está íntimamente validada de manera inconsciente por todo el mundo. En los cuentos hispanoamericanos propuestos por Seymour Menton, hallamos varios ejemplos. En “El clis de sol” de Manuel González Zeledón, una mujer tiene unas gemelas que, al final del cuento, descubrimos que las tuvo con un italiano y no con su esposo. En “Los amores de Bentos Sagrera” de Javier de Viana, el protagonista es un hombre que, aunque casado, tiene un amorío del que se quiere deshacer y que, como es de esperarse, es la esposa de este personaje quien termina con la vida de la otra mujer. De igual manera, en “En provincia” de Augusto D’halmar es una mujer quien, aunque tiene marido, se aprovecha del narrador del cuento para tener un hijo y luego abandonarlo. Aunque en ninguno de estos textos los hombres llevan a cabo una venganza, sí muestran a las mujeres como seres despiadados, capaces de lo que sea con tal de salirse con la suya.

“Pues al chile, qué bueno”, diría una de mis mejores amigas, como dice cada que alguien habla de mujeres que logran algo, aunque no se trate de las victorias más decentes. No se puede tampoco decir que los personajes de dichos cuentos sean blancas palomitas. En “El cholo que se vengó”, el protagonista, por el que conocemos la historia, se muestra como un hombre honorable que, después de haber confiado su amor y su promesa a una mujer, esta lo abandona. No obstante, no deja pasar la oportunidad para espetarle en la cara:

Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada. Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabes vos? Y anda vete que ya tu marido ha estar esperando la merienda, anda vete que sinó tendrás hoy una paliza… (Menton, 2019, p. 140).

Aunque se pudiera pensar que él no hizo nada, tampoco resulta un verdadero héroe en la historia. La venganza, aunque silenciosa, funciona porque, por extensión, los golpes que le propine a la mujer su esposo, son también del cholo, quien, una vez que su deseo no fue cumplido, lo único que puede es querer que la chola sufra y no hacer nada para impedirlo.

3.

En Hispanoamérica, desde tiempos inmemoriales, las mujeres han sido vistas y tratadas como una categoría inferior a la de los hombres. Por ello, es de esperarse que sus cuentos hablen sobre esto y que, la venganza, sea planteada en términos de aleccionarlas. En otras palabras, la venganza y las mujeres están unidas por un hilo en común: los hombres, quienes actuarán como justicieros siempre.

Me podrán rebatir, desde luego, pues mi texto no intenta ser una verdad absoluta, sino exponer un punto que considero importante. Pero tanto en los libros, cuanto en las calles, como mujer he sido víctima una y otra vez de las más crueles e insensatas venganzas, no ya por cosas que yo haya hecho, sino por el simple hecho de ser mujer y, como consecuencia, de carecer de poder y medios de defensa.

Aquel alumno, que me hizo ver lo insignificante que soy en el sistema educativo para el que trabajo, no es más que un pequeño ejemplo de lo que he tenido que padecer a lo largo de mi vida en situaciones parecidas. La vida me ha mostrado que la venganza solo es posible para unos cuantos. ¿Acaso el cholo no tenía más poder que la chola cuando regreso y encontró que ella ya estaba con otro? ¿La chola alguna vez tuvo opción de ganar algo entre un hombre golpeador y uno vengativo?

No nos equivoquemos, la venganza no quema el alma ni la envenena y no es un platillo que se come frío; es un privilegio al que, al ser nosotras siempre las malvadas en la tradición cultural de la humanidad, las mujeres no vamos a poder acceder, pero sí padecer.

  • Citlaly Aguilar es doctora en Estudios del Desarrollo por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Becaria del PECDA Zacatecas en 2011, 2013 y 2015. Ganadora en el certamen de ensayo Erradumbre (Mantis Editores, 2021) y mención honorífica en el Premio Nacional de Ensayo “Dolores Castro” 2021 y mención honorífica del 9 Premio de Periodismo Gonzo (UANL y Producciones el Salario del Miedo, 2023). Autora de La literatura zacatecana en el siglo XXI (IZC, 2014), La fabulosa historia de Anémona y Durazno (2021), Dentro del aire de vidrio (2021) y Crónica de la habitación (2022). Coordinó la antología de ensayo literario El Centauro (Policromía, 2016).