Por: Zayra Yadira Morales Díaz*
Irma Lorena Acosta Reveles**
(Estracto)
A través de la historia, las mujeres han dedicado su vida al trabajo reproductivo, que comprende tanto labores domésticas como cuidado de hijas e hijos, personas adultas mayores. Responder por qué las mujeres se han dedicado a estas labores, conduce por lo general a excusas androcéntricas que justificaron primero un sistema patriarcal, y posteriormente también el orden social capitalista. Son explicaciones culturales, religiosas y/o de naturaleza biologicista las que respaldan la subordinación de las mujeres, y propician que éstas permanezcan en condiciones de vulnerabilidad y pobreza.
La incorporación de la economía feminista nos ofrece una nueva perspectiva crítica de mayor alcance, ya que es capaz de demostrar que las relaciones de poder en el sistema capitalista no solo se encuentran presentes entre quienes poseen los medios de producción y quienes necesitan vender su fuerza de trabajo para reproducir sus condiciones materiales de vida.
Bajo esta visión se incorporan al análisis de la ciencia económica categorías como sexo, género, división sexual del trabajo y trabajo reproductivo. Este será nuestro punto de partida.
Hacia una mirada feminista en la economía
A causa de que el papel que se asigna a las mujeres en el sistema económico dominante, la cual se encuentra reducida a explicar el funcionamiento del aparato productivo destinado a los mercados; y, por tanto, se ocupaba principalmente de encontrar la perfecta asignación para la producción.
La Economía Política cumple con revelar las relaciones sociales que configuran el modo de producción capitalista, por lo que perdería su objeto con la abolición del capitalismo y la generación de modos de producción socialistas.
La obra de Rosa Luxemburgo es oportuna, para probar cuestionamientos feministas a la ciencia económica se hacen presentes en la medida que la disciplina se consolida como tal. Evidencia, asimismo, que desde inicios del siglo pasado se advierte la necesidad de descentrar la mirada de la producción y los mercados capitalistas para lograr ver que existen otros entornos donde también se produce riqueza social.
La economía política nos revela que el sistema económico actual no se desenvuelve-como expresa la doctrina liberal- a partir de intercambios equitativos y voluntarios, sino con base en la extracción de valor (específicamente plusvalor) mediado por la adquisición y uso privado de la fuerza de trabajo colectiva; una regularidad institucionalizada como vínculos sociales libres e igualitarios.
La critica de la economía política resulta indispensable en sus concepciones centrales, pues permite entender al trabajo como fuente de valor y a la fuerza de trabajo como una mercancía en el momento presente; desde esa plataforma es posible explicar problemas como la pobreza o el desempleo. Su carencia medular, es que no consigue -pues en realidad no se plantea- explicar la función que desempeñan las mujeres -y específicamente el trabajo de las mujeres- en el ciclo de producción capitalista. Más allá de su reconocimiento temprano de la división sexual del trabajo por el punto de histórico de gestación de la ciencia económica moderna, no incorpora una serie de conceptos y variables que el feminismo de la segunda mitad del siglo XX si puso en la palestra política y científica.
Solo en tiempos recientes se reconoce la dimensión patriarcal que intercepta con la subordinación de clase del sistema capitalista, y como se relegó a las mujeres a la esfera doméstica.
El patriarcado como base del sistema sexo género que da sustento a la división sexual el trabajo no es una creación del capitalismo. La subordinación de las mujeres es anterior a dicho sistema, sin embargo, esta fue recuperada y funcionalizada al interior de éste, dotándolo de nuevos significados y configurando una forma particular de organización familiar, la familia patriarcal.
Cuando las mujeres ingresaron a los mercados de trabajo, las justificaciones naturalistas también sirvieron para excusar salarios más bajos para ellas en comparación con los percibidos por sus pares varones. Así como para desvalorizar la contribución de las mujeres trabajadoras y como consumidoras de la llamada revolución de consumo.
La familia nuclear, burguesa, tal como fue reconocida por los economistas clásicos, constituye un pilar de la sociedad de clases. En el núcleo familiar se normaliza la existencia de relaciones jerárquicas y de poder entre mujeres y hombres pues al ser estos los principales proveedores ostentan el poder económico, haciendo a las mujeres dependientes de ellos. Asimismo, muchas mujeres aceptan y reproducen la organización patriarcal de la familia, porque ellas mismas asumen como verdaderas las explicaciones androcéntricas que rigen a la sociedad. Dichas explicaciones incluyen argumentos religiosos, naturales (biologicistas) e incluso represivos, aludiendo a la necesidad de vigilar el comportamiento casto de las mujeres, con tal de evitar infidelidades que tendrían como consecuencia que los hombres vivieran la deshonra de mantener hijas e hijos engendrados por otros.
La corriente feminista ha criticado que el pensamiento marxista, a pesar de que fue incisivo al momento de identificar las relaciones de poder y de clase de naturaleza obrera, no fue capaz de advertir relaciones de opresión de las mujeres respecto al capital ni de reconocer que el patriarcado estaba presente en el sistema capitalista, y que fue anterior a él.
Construir conocimiento tomando distancia del presupuesto de que las mujeres son por naturaleza seres inferiores a los varones, y hacer un estudio materialista sobre la situación de las mujeres, desde otro lugar, con otras premisas. Ese otro punto es la epistemología feminista.
A lo largo de la historia las mujeres fueron alejadas de la posibilidad de construir conocimiento. El ser y estar de las mujeres en el mundo fue definido por los varones desde una construcción androcéntrica del conocimiento. Por ello surge la necesidad de crear una epistemología o teoría del conocimiento propiamente feminista. La importancia de la epistemología feminista radica en la posibilidad de reinterpretar la realidad social, política y económica de las mujeres.
Este trabajo se centra en el trabajo reproductivo como principal labor de las mujeres, por ende, destacamos el papel de las mujeres en la economía, esto como actoras invisibilizadas en la ciencia económica dominante, porque si bien el trabajo no pagado realizado por las mujeres era y es aún condición de posibilidad para la reproducción del sistema capitalista, en el análisis de dicha ciencia sus aportaciones son consideradas principalmente extraeconómicas.
Aportes del feminismo marxista a la crítica de la economía política
Como afirma Silvia Federici, Marx no fue capaz de concebir la actividad productora de valor de otra forma que no fuese producción de mercancías y su consiguiente ceguera ante el significado de la actividad reproductiva no pagada de las mujeres en el proceso de acumulación de capital.
Fue gracias a la epistemología feminista que las mujeres identificaron y denunciaron la injusticia que representaba para ellas el mantener vigentes las relaciones de poder entre mujeres y hombres, relaciones patriarcales. Su denuncia fue dirigida tanto para socialistas marxistas como para el propio marxismo.
Aceptar que la lucha por la emancipación de las mujeres pierde relevancia o puede subyugarse frente a la lucha de clases fue ampliamente criticado, porque la vida privada quedaba de una vez más despolitizada, no solo por los varones que se negaban a cuestionar los privilegios que asumían el rol de amas de casa como de algo natural; aún cuando eran capaces de manifestarse frente a las relaciones de poder que lograron identificar como parte del sistema capitalista.
Las feministas abrieron la discusión sobre lo que es el trabajo en si mismo, cuestionando la dicotomía entre el trabajo productivo e improductivo, ya que desde el androcentrismo se definió el trabajo reproductivo como una labor improductiva. Para las feministas marxistas la atención debía centrarse en evidenciar que el trabajo femenino no remunerado que se realiza en el hogar es fundamental para la producción de la fuerza de trabajo no solo redefine el trabajo doméstico, sino la naturaleza del propio capitalismo.
De esta manera surgió en la década de 1970 el movimiento por el salario para el trabajo femenino. Desde un feminismo marxista, las mujeres impulsaron este movimiento tanto en la teoría como en la práctica social.
La división sexual el trabajo y las categorías sexo y género fueron esenciales para politizar el trabajo reproductivo, de tal manera se identificó que el trabajo de las mujeres, aún el no remunerado, realizado “por amor” al interior de los hogares era productor de una mercancía específica: la fuerza de trabajo.
Identificar a las mujeres como productoras de la fuerza de trabajo, mercancía única y particular, de la cual se extrae el plusvalor, significa dotar a las mujeres de poder social y político. De esta manera las mujeres se erigieron como sujetas políticas y actoras de las luchas anticapitalistas, aunque no se estuvieran directamente trabajando en las fábricas.
Además de manifestarse contra el capitalismo, las mujeres feministas marxistas advirtieron que no se deben soslayar las consecuencias que la dimensión patriarcal del sistema capitalista genera en las vidas de las mujeres porque los estragos del sistema son diferentes entre mujeres y hombres. Al interior de los hogares las mujeres son las obreras y quien ejerce el control sobre ellas es el esposo, por lo tanto, las relaciones de poder no solo se dan entre clases sociales sino también entre sexos. Si bien la fuerza de trabajo del obrero se consume en la fábrica, la de las mujeres se consume al interior de los hogares. La asignación del trabajo hacia las mujeres corresponde a la división sexual del trabajo.
Esta es una de las principales causas de la ceguera de muchos varones frente a la subsunción del patriarcado en el sistema capitalista: ellos se ven privilegiados directamente con la reproducción de este sistema, no obstante, su carácter de obreros: subordinados y explotados.
Ese rol de prerrogativas no implica que los varones estén mucho mejor que las mujeres al interior del sistema capitalista, el feminismo marxista es consciente de la explotación que los varones sufren como clase desposeída al interior de las fabricas vendiendo su fuerza de trabajo. Por lo tanto, no se trata de luchar por la igualdad entre mujeres y hombres quedando ambos sexos subyugados frente al capital, sino caracterizar la dimensión patriarcal del sistema, como ya se ha dicho antes y comprender de qué manera el capital se ha beneficiado del trabajo de las mujeres aún cuando no están directamente en las fábricas.
El feminismo marxista demostró que ni al interior de la familia burguesa ni al interior de la familia proletaria es posible crear relaciones igualitarias entre hombres y mujeres, porque ambos modelos tienen como base al patriarcado, de tal manera que entrañan condiciones desiguales de poder. La liberación de las mujeres no puede depender de la lucha de clases porque la lucha
de clases no asume la lucha contra el patriarcado.
Economía feminista de la ruptura
La economía feminista de la ruptura, que se caracteriza por oponerse a una visión reduccionista sobre la desigualdad entre mujeres y hombres, así como de las estrategias que pretenden “combatirla” desde la economía dominante.
La economía feminista de la ruptura no tiene como principal objetivo cambiar o mejorar las condiciones de vida de las mujeres en el sistema actual, porque no considera posible reformar un sistema cuyo fin es la obtención de ganancias, sin importar como se obtienen o lo que para ello se destruye.
Desde esta postura se enfatiza que el sistema dominante no solo se ha apropiado de los trabajos invisibilizados que realizan las mujeres que viven bajo mandatos de la heteronorma.
La vertiente hegemónica de la economía ha insistido que para reducir la desigualdad patrimonial y social entre mujeres y hombres es necesario potenciar la participación de las mujeres en los mercados de trabajo. Desde esta perspectiva se busca que las mujeres puedan compaginar las actividades económicamente remuneradas con sus roles de madres y/o esposas, es decir, con las actividades no remuneradas que, de acuerdo con la norma patriarcal, deben realizar a partir de sus roles de género. Este tipo de economía no cuestiona por qué las mujeres deben permanecer como principales cuidadoras, por el contrario, busca fomentar la conciliación entre trabajo remunerado y el reproductivo para que las mujeres puedan acceder a los mercados de trabajo. Por lo tanto, puede identificarse como economía de la conciliación. Por otro lado, se encuentra la economía feminista de la ruptura la cual no acepta que las condiciones de vida puedan mejorar sin que se haga una profunda crítica al sistema económico dominante, que se ha beneficiado del trabajo no remunerado, particularmente el feminizado.
Para el feminismo de la ruptura remunerar el trabajo de las mujeres, aun cuando se logre reconocer su importancia para la reproducción de la fuerza de trabajo, no es suficiente porque no se trastoca de fondo los cimientos del sistema. Incluso se advierte que con dicha remuneración se corre el peligro de afianzar los roles de las mujeres como madres, esposas, cuidadoras y amas de casa.
La economía feminista de la ruptura enuncia un grave conflicto capital-vida que está presente desde los cimientos del sistema capitalista, es decir, manifiesta que el sistema capitalista esta provocando muerte, no solo como humanidad si no que está vulnerando toda la vida del planeta en su conjunto. Por ende, pone en el centro del análisis la sostenibilidad de la vida, asumiendo que toda ésta es vulnerable y requiere cuidados cotidianos que hasta ahora se han llevado a cabo de manera desigual, sin responsabilidad colectiva, aun cuando la necesidad de cuidado es universal.
Al cuestionar en qué condiciones se llevan a cabo los cuidados -quiénes cuidan, quienes reciben los cuidados y por qué-, las feministas de la ruptura observaron que estas actividades concentran relaciones de poder que van más allá de la división sexual del trabajo, que por supuesto la entraña- razón por la cual no abandonan el concepto de patriarcado-, pero que los cuidados son también realizados explotando ejes de poder como clase, etnia/raza, edad, entre otros. La razón es que el concepto de “cuidados” es amplio y no se agota en el trabajo de reproducción, tal como fue concebido por el movimiento de trabajo doméstico.
Toda persona requiere cuidados, en mayor o menor medida, y no solo quienes se pueden considerar dependientes por edad o salud. Los varones se han beneficiado del trabajo de cuidados que generalmente les proporcionan las mujeres.
Cambiar el eje de la discusión en torno a la economía para descentrar la mirada de los mercados capitalistas y ponerla en la sostenibilidad de la vida implica generar una profunda crítica al sistema económico dominante y entender que la búsqueda del capitalismo por obtener mayores ganancias está poniendo en peligro de muerte a la totalidad de la vida, pero también demuestra que en este sistema solo existe un tipo de sujeto cuya vida se busca sostener: el blanco, burgués, varón, adulto y heterosexual (BBVAH) (Pérez, 2019).
La economía feminista de la ruptura habla del patriarcado subsumido al capital que sigue como fundamento de la desigualdad entre mujeres y hombres, así como de un heteropatriarcado que agudiza las desigualdades sistémicas para identificar al BBVAH como la mayoría y su forma de vida como la única valida para ser sostenida. Por este motivo debe servir como modelo al cual aspirar, por estar asociado con el éxito económico, lo que pareciera liberarlo de cualquier responsabilidad de cuidado tanto para si como para el resto.
El sujeto masculino tiene el privilegio de no cuidar y de exigir cuidados, por lo que se argumenta que el privilegio de no cuidar es procapitalista. Las otras vidas son ubicadas como una serie de minorías que pueden explotarse para satisfacer los deseos y necesidades de dicho sujeto. Al poner en el centro la sostenibilidad de la vida, las autoras argumentan que además se trata de fomentar condiciones para que todas las vidas sostenidas, no solo algunas, y que lo sean de tal manera que valga la pena ser vividas.
Esta corriente hace hincapié en la explotación que pesa sobre el trabajo de cuidados, tanto remunerado como no remunerado, enfatizando que aún cuando es asalariado las mujeres siguen siendo quienes lo realizan primordialmente.
Normalmente se habla de trabajo doméstico en lugar de trabajo de cuidados, sin embargo, la noción de trabajo doméstico despolitiza que en realidad las trabajadoras del hogar hacen más limpiar la casa. Sin embargo, este trabajo se ha desvalorizado de tal manera que el dedicarse a este no implica que quienes lo realizan puedan mejorar sus condiciones de vida.
Los estudios sobre el trabajo doméstico remunerado, así como las encuestas de uso de tiempo, demuestran que es un trabajo que se realiza por la falta de oportunidades para encontrar otro tipo de empleo, ya que generalmente se trata de mujeres pobres o con poco acceso a la educación formal. El dedicarse al trabajo doméstico remunerado no garantiza a las mujeres salir de la pobreza. En muchas ocasiones, la búsqueda por mejorar sus condiciones de vida ha generado procesos migratorios, ocasionando fenómenos como las cadenas globales de cuidado. Mujeres que dejan a cargo de otros a sus familias en sus países de origen para dedicarse en ocupaciones de cuidado en países desarrollados. Al analizar este fenómeno desde la sostenibilidad de la vida, se advierte que tanto en los países receptores como en los países de origen existen problemáticas que lo desencadenan.
En los países receptores, pagar por cuidados se ha convertido en una práctica común, sobre todo a partir de las llamadas crisis de cuidados, originadas por el envejecimiento de la población; las relaciones patriarcales que delegaron en las mujeres la responsabilidad del trabajo; el acceso cada vez mayor de las mujeres a los mercados de trabajo; la decisión de las mujeres de dejar de ser las cuidadoras principales en los hogares; y el que los Estados de estos países no se hayan hecho cargo de proveer, a través de instituciones públicas, los servicios de cuidados necesarios. La crisis de cuidados se evidencia y acentúa en determinadas coyunturas, porque pone al desnudo la incapacidad de los Estados de proveer los cuidados que la población requiere.
Del trabajo de reproducción al trabajo de cuidados
Las propuestas que pretendan ofrecer soluciones antisitémicas a la crisis capitalista no pueden seguir asignando jerarquías a las luchas sociales, como ocurre al priorizar la producción mercantil y lucrativa frente a los trabajos de cuidados, y otros procesos de regeneración social y ecosocial.
Para generar propuestas de cambio social con mayor efectividad se precisa una transformación en el terreno político e institucional. Que los Estados generen marcos legales que ponderen la prioridad de cuidar la vida. En paralelo a la ruta político-institucional, deben generarse lecturas teóricas antisistémicas, capaces de responder a la configuración múltiplemente articulada del capitalismo actual, incluyentes de las necesidades de todos los grupos sociales que el capitalismo ha vulnerado y, a su vez de la imperante necesidad de proteger el medio ambiente. Las crisis ambientales ponen en peligro tanto la vida humana como la vida del planeta en su conjunto.
De cara a la problemática expuesta, la economía feminista ha reestructurado el concepto trabajo reproductivo porque a pesar de su importancia histórica ya que no es suficiente para dar cuenta de los trabajos que por motivos de género las mujeres realizan al interior del sistema, ni el perjuicio socioeconómico que la desvalorización de estos trabajos conlleva. Actualmente se ha planteado la categoría trabajos de cuidados, para dar cuenta de todas aquellas labores necesarias para reproducir y cuidar la vida en su conjunto, labores que mayoritariamente son realizadas por mujeres. Aun cuando ambos términos emanan del análisis económico feminista y tienen como base roles y estereotipos de género impuestos por el sistema patriarcal, estos no son sinónimos.
La categoría trabajo de cuidados permite, efectivamente, criticar la división sexual del trabajo y más aún, las formas en los que los cuidados “se organizan socialmente y de cómo esta organización se entrelaza con los sistemas de estratificación social, sexual y racial vigentes en nuestra sociedad, hasta el punto de alcanzar una situación crítica” (Pérez-Caramés, 2020:2).
El trabajo de cuidados posee todavía una organización marcada por la desigualdad sexual, social, económica y política que se ha vuelto insostenible y está generando graves crisis, no solo para las mujeres que cuidan de manera no remunerada, sino también para quienes buscan sostenerse y a sus familias a través de esta labor; por ello es necesario generar condiciones sociales, políticas y económicas que permitan una redistribución social -equitativa y justa- de los cuidados.
- Irma Lorena Acosta Reveles Maestra y Doctora en Ciencia Política, con estudios de Licenciatura en Economía y Derecho. Profesora de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ); pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde el año 2010, actualmente es Nivel II. Cuenta con Perfil Prodep otorgado por la Secretaría de Educación Pública (SEP) por séptima ocasión consecutiva. Sus líneas de investigación son los Estudios del Trabajo, la Sociología Rural, Políticas Públicas y Feminismo. En el marco de esos campos temáticos ha publicado doce libros, quince capítulos de libro y veinte artículos científicos en revistas de circulación internacional. Actualmente es integrante del Comité Científico de la Asociación Iberoamericana de Sociología (AIS) y miembro de diversas Comisiones Dictaminadoras en revistas científicas indexadas.
- Zayra Yadira Morales Díaz Doctora en Economía Política del Desarrollo, Maestra en Estética y Arte, y Licenciada en Filosofía, por parte de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente realiza el segundo año de Estancia posdoctoral en la Universidad Autónoma de Zacatecas, como parte de las Estancias Posdoctorales por México, CONACYT. Las investigaciones que ha llevado a cabo han estado siempre relacionadas con los estudios de género y el feminismo en México. A nivel profesional, se ha desempeñado como profesora e investigadora en diversas instituciones de nivel superior y medio superior. Ha trabajado en la coordinación de proyectos de prevención social de la violencia, particularmente: Prevención de Violencia de Género y Prevención de Violencia Escolar. Asimismo, ha impartido diversos cursos y capacitaciones relacionados con la prevención de la violencia de género y los derechos humanos de las mujeres.
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