Ortopedia geontopolítica: la reducción tecno-científica del fracking

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Imagen: generada con IA

 

Por: Mauricio González González*

Este siglo no puede pensarse ya sin el debate generado en sus inicios alrededor del Antropoceno, etapa propuesta por los científicos Paul Crutzen y Eugene Stoermer en la que la humanidad aparece como la fuerza geológica más importante de transformación del planeta, etapa que autoras como Rosi Braidotti liberan de la geología al entenderla como una de producción biogenética que enciende alertas sobre la noción de humanidad y las prácticas que ello habilita hacia lo no humano. Sea como fuere, el siglo amanece agitado con una discusión que colapsa la dualidad Naturaleza-Sociedad, puesta en cuestión décadas atrás también por numerosas investigaciones de ciencia y tecnología y evidencias etnográficas de la antropología ambiental. Bruno Latour fue pieza fundamental para ello, quien denominó “Constitución Moderna” a esa gran división de la que se valió la Modernidad para producir un mundo en el que por una parte aparece la Naturaleza y, por otra, la Sociedad y sus culturas, siendo las más cercanas a la esfera de la Naturaleza aquellas no europeas por supuesto y, ya en casa, lo femenino como el campo que ocupa dicho lugar, revelando así jerarquías y desigualdades impuestas y naturalizadas por tal disposición. Así, por sorprendente que parezca, en el debate contemporáneo al que asistimos hoy en México sobre el impulso gubernamental a la fractura hidráulica o fracking, donde la presidencia privilegia las opiniones científicas de especialistas en energía y medio ambiente para, más tarde, dialogar con las comunidades directamente afectadas por la polémica técnica de extracción de hidrocarburos, testimoniamos una actualización del Proyecto Moderno que, por cierto, no sólo hizo agua con el Antropoceno al echar abajo las fronteras entre lo humano y lo biofísico, sino también desde la propia modernidad, la realmente existente, a través de innumerables subversiones promovidas por sus ciencias, sus tecnologías, su arte y sus religiones que dotaron de autoridad y agencia política a múltiples actantes no humanos.

El Hombre moderno, racional y científico, hizo del planeta un escenario al que impuso sus exigencias, siendo las energéticas las que revolucionaron la condición planetaria al valerse de combustibles fósiles: sus efectos si bien potenciaron innovaciones en las fuerzas productivas, también generaron una contribución de dióxido de carbono que actualmente forma parte sustancial de la emergencia climática. Las condiciones planetarias que ponen en riesgo a la humanidad y a un número considerable de otras especies es alarmante, la necesidad de un debate energético a la altura de los tiempos no puede sino asumirse en ruptura con la dualidad Moderna de Naturaleza-Sociedad, permitiendo la fineza de pensar y hacer con complejos más-que-humanos en donde ensamblajes territoriales, por mencionar sólo un ejemplo de buen calado, desvanecen a la Naturaleza moderna al socializar, en término fortis, los elementos que le componen, es decir, al hacerlos parte de otras lógicas de sociabilidad bajo estrategias culturales singulares, tal como acontece abiertamente en nuestro país entre pueblos de tradición religiosa mesoamericana y en Aridoamérica, pero también en parentescos raros como el que afirma la colombiana Yuvelis Morales, ganadora este año del Premio Goldman por su incansable lucha contra el fracking, quien se muestra sin reparos hija del río Magdalena.

Es gracias a experiencias de este tipo que Elizabeth Povinelli, antropóloga norteamericana, acuñó el término geontopolítica para dar cuenta de un tipo de gobernanza que se ejerce sobre lo inerte, lo no vivo, velado por el privilegio analítico al par de oposición vida-no vida. La geontopolítica es el gobierno que se ejerce por medio de, por ejemplo, la evaluación científica del fracking bajo el énfasis en campos de conocimiento naturalistas, enfocados en los “recursos energéticos”, sus impactos y requerimientos de “recursos naturales”, considerando a la población implicada como un componente o “dimensión social” que utiliza e incluso depende del entorno, negando con ello su papel de manejo y co-creación del mismo y, al mismo tiempo, la agencia política que no humanos imponen sobre la sociedad, lo cual es particularmente evidente en agentes como Gases de Efecto Invernadero, como el metano, principal componente del llamado gas natural. Experimentar, pilotear o implementar fracking en cualquiera de sus modalidades es liberar la potencia de agentes tan peligrosos como lo son todos aquellos que tienen al planeta profundamente herido.

El concepto de cosmopolítica fue creado por una de las pensadoras vivas más importantes de la actualidad, Isabelle Stengers, quien subvierte con él la ortopedia moderna de Naturaleza-Sociedad, permitiéndose acercar a articulaciones o ensamblajes en los que ecologías complejas emergen bajo agenciamientos que pueden consentir a humanos y más-que-humanos, tal como debería estar haciendo un comité científico que asuma el imperativo de desfosilización que las condiciones actuales exigen, en el que expertos no disciplinados –como lo son todas las comunidades que han padecido la implementación de fracking– puedan aportar más que sólo consentimiento o rechazo, pues son ellas las que permanentemente se encargan de actividades de remediación, restauración, saneamiento y, de forma sobresaliente, sociabilización contramoderna. Continuar con la dependencia hacia energéticos como el gas fósil no sólo no logrará conquistar la sobada soberanía energética, sino que nos someterá aún más a la barbarie de la matriz energética que está acabando con el planeta.

  • l Mauricio González González es Etnólogo por la ENAH, con maestría y doctorado en desarrollo rural por la UAM-X y maestría en teoría psicoanalítica por el Colegio de Psicoanálisis Lacaniano, integrante del colectivo CORASON en Defensa del Territorio.