Defender el campo también es feminismo

WhatsApp Image 2026 05 13 at 11.01.21 AMFotografía: Créditos al Movimiento Feminista Zacatecas

 

Por: Emilia Pesci

Anoche veía una mesa de análisis del conflicto de las personas productoras de frijol, muy buena por cierto; sin embargo, uno de los panelistas comentaba sorprendido, palabras más palabras menos, que “hasta las feministas apoyaban la causa a pesar de que los campesinos son históricamente los más machos”. Eso me pareció una oportunidad para escribir esto.

Empecemos por lo básico, que a veces se olvida: en el campo también hay mujeres. No solo como esposas, madres o hijas de agricultores, sino como jornaleras, como productoras, como agrónomas…

Además, en el campo quien produce no es un individuo, sino una familia. Por lo regular, desde barbechar hasta trillar, trabajan todas las personas que la integran. Pero también hay quien hace dos o más trabajos: quienes preparan los alimentos, lavan la ropa, limpian la casa, quienes cuidan para que los adultos puedan trabajar, quienes administran lo poco o mucho que entra, quienes sostienen la vida cotidiana para que la producción sea posible. Ese trabajo —el trabajo de cuidados— no es un complemento, sino parte de la cadena productiva. Sin él, no hay cosecha.

Ignorar esa contribución es un error que tiene nombre: invisibilización del trabajo. Y también tiene consecuencias, porque cuando se habla de “el productor” como si fuera una sola persona, se borra a todas las demás que hacen posible que esa producción exista. Y justo es esto lo que el feminismo busca hacer visible.

Aquí entra algo que vale la pena nombrar: las familias productoras agrícolas trabajan, pero no siempre son dueñas del resultado de su trabajo.

Entre la parcela y la mesa del consumidor hay una cadena larga: coyotes que compran barato y venden caro, mercados que fijan precios que las personas productoras no controlan, insumos y combustibles que cada año cuestan más, créditos que se convierten en deudas que no terminan. Mientras la familia campesina pone la tierra, el tiempo, el esfuerzo y el conocimiento, con frecuencia se lleva la parte más pequeña del valor que genera.

Y dentro de esa familia, que ya está en desventaja, las mujeres están en una desventaja adicional: trabajan más horas, tienen menos acceso a créditos, difícilmente aparecen como titulares de la tierra, y su trabajo, que sostiene, sigue sin contarse como trabajo.

Y es por eso que no se puede hablar de igualdad de derechos para las mujeres si no se habla de sus condiciones materiales de vida: del acceso a la tierra, de la pobreza, de la dependencia económica que hace más difícil salir de una situación de violencia.

Por eso, defender las condiciones del campo es también una demanda feminista. Porque detrás de cada parcela en crisis hay una familia, y detrás de cada familia hay mujeres cargando con mucho, haciendo un trabajo que sostiene la producción y que, sin embargo, no aparece en ninguna estadística agrícola, no recibe apoyos directos, no tiene nombre oficial. Detrás de cada productor en la marcha del pasado 11 de mayo había mujeres en casa sosteniendo la protesta.

Aquí voy a aprovechar para desahogarme, pero creo que es necesario. Tenemos una Secretaría de las Mujeres. Una institución pública creada específicamente para atender las necesidades y garantizar los derechos de las mujeres en Zacatecas. ¿Y qué hace esa secretaría con los recursos públicos que recibe? Entre otras cosas, organizar cursos de skincare.

No es broma. Mientras mujeres rurales enfrentan dobles y triples jornadas de trabajo sin remuneración —en la parcela, en el hogar, en el cuidado de personas mayores, menores o con discapacidad—, mientras comunidades enteras carecen de acceso a servicios importantes de salud sexual y reproductiva, mientras la violencia familiar sigue siendo el delito que más se comete y normaliza, la dependencia creada para las mujeres invierte en talleres de rutinas de belleza que, además, reproducen estereotipos de género.

La pregunta no es si el cuidado personal tiene o no algún valor. La pregunta es si ese es el uso responsable del presupuesto destinado a las mujeres. Cierro queja.

Como decía, razones para apoyar sí hay, porque la solidaridad funciona cuando distintos sectores reconocen que comparten algo concreto; en este caso, la experiencia de no ser escuchadxs, de ver sus demandas desacreditadas, de enfrentarse a instituciones que voltean para otro lado.

Las colectivas feministas en Zacatecas conocen esa experiencia de primera mano. La represión de 2024 lo deja claro. Cuando ves que a otros les pasa algo similar —que marchan, que exigen, que son ignorados o descalificados—, no hace falta que piensen exactamente igual para decir: tienen razón en estar aquí.

Y vale la pena decirlo también: no todos los campesinos piensan igual. Como en cualquier sector de la sociedad, en el campo hay generaciones distintas, procesos distintos, tensiones distintas. Hay comunidades con grupos y liderazgos de mujeres muy consolidados, con asambleas donde las voces de ellas tienen peso real, con hombres que han ido cambiando prácticas que antes daban por sentadas.

No reduzcamos al campo a una imagen uniforme y conservadora, porque no solo es inexacto, sino que es una forma de descalificación que además le hace el trabajo a quienes prefieren que estos movimientos no se encuentren.

Las luchas se entrelazan porque identificamos que a todas y todos nos atraviesan las violencias, y la lucha por los derechos de las mujeres y la lucha por condiciones de vida dignas para quienes trabajan la tierra son, en muchos sentidos, la misma lucha.