Contra la soberanía del estado: el cuerpo como primera plataforma de protesta

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Por: Alexia Joana Ovando Márquez*

Hace unos días regresaba hacia mi casa. Me subí al metro y, mientras caminaba en el transbordo de la estación Pino Suárez, un policía me dijo que tenía que salir porque el servicio estaba suspendido en las próximas estaciones. Sin ganas de buscar rutas nuevas, salí a la calle. Afuera parecía que los camiones de servicio de apoyo avanzaban en cámara lenta vencidos por el peso de la gente que subía. Mientras tanto, las lentas y gordas gotas de lluvia caliente, que cada vez caían más rápido, fueron suficientes para empujarme a caminar a prisa y con mal humor. Decidí caminar por Tlalpan hasta encontrar una estación abierta. Conforme avanzaba me iba sacudiendo los pensamientos para adentrarme en la ciudad y empezaba a notar los anuncios, los colores, el arte callejero: todo se había convertido en fútbol y marketing deportivo. Seguí mi camino y, al llegar a Viaducto, aún había personas dibujando balones sobre las paredes. De pronto, un enorme coraje interrumpió mi cercanía con la ciudad, todas esas pinturas, esos anuncios, mi fatiga por el camión que no abordé y mi frustración por haber olvidado que las estaciones estaban cerradas se desbordaron junto a los recuerdos de las tantas veces que, con éxito, trataron de borrar las huellas de tantas injusticias. Recordé las paredes blanqueadas que antes sostenían fichas de búsqueda y murales de las y los desaparecidos; los discursos de "sustentabilidad" mientras la ciudad colapsa bajo sus propios desechos, y el espacio público inundado por publicidad de Coca-Cola que promociona el deporte mientras saquea el agua de las comunidades.

Las gotas de lluvia se desvanecieron, pero yo seguía lejos de una estación funcional. Cada paso me obligaba a pensar en una forma de protesta que no se pudiera borrar, que permaneciera viva. Entonces pensé en el cuerpo; el cuerpo como primera plataforma de protesta. Vi mis tatuajes e imaginé miles de cuerpos con fichas de búsqueda grabadas en la piel con tinta, con rostros de miradas vacías. Me reconfortaba pensar que el cuerpo es un territorio de difícil intervención para el Estado, un espacio que no pueden ocultar tan fácilmente. En eso llegué a Xola. Ya estaba abierta la estación, pero por la cantidad de gente que esperaba en el andén supuse que aún tardaría en llegar el tren. Seguí mi camino y un odio hacia mi cuerpo que nunca había sentido interrumpió mi rastro de pensamiento. Me sentía muy enojada; quería rasgar toda mi piel, desangrarme. Todo me impulsaba a entrar a cualquier tienda, comprar unas tijeras y cortar el cabello que durante años cuidé con esmero. Imaginaba que mi labial rojo amado dibujaba rayas desesperadas en mis labios hasta romperse. Era una furia total contra lo que soy, hacia lo que odio y lo que más me gusta de mí. Unas calles después pude tranquilizarme; no sabía por qué me había sentido así. Caminé unas calles más hasta que pude recobrar el aliento. Fue entonces cuando lo entendí: la ira no era hacia mí, sino hacia las demandas externas que han colonizado mi identidad. No estaba furiosa por tener el cabello largo, lo estaba porque no me lo podía cortar sin sentir que perdía un valor; no quería rasgar mi cuerpo porque fuera imperfecto, sino por la fatiga de intentar cumplir con un estándar que nunca es suficiente. No me molestaba el labial rojo; me molestaba que el mercado me hubiera convencido de que sin él no soy visible.

El cuerpo es, efectivamente, la primera plataforma de protesta, pero también es el primer territorio de conquista. Es el lugar donde el mercado y el Estado libran su batalla más silenciosa, tratando de convencernos de que nuestra piel es, al igual que los muros de la ciudad, una superficie que tienen derecho a intervenir, a pintar y a borrar según les convenga. Reconocernos dueños de esa superficie, con todas sus "imperfecciones" y decisiones políticas, es quizás el acto de soberanía más radical que nos queda frente a una ciudad que intenta volvernos invisibles.

  • Alexia Joana Ovando Márquez, es una joven escritora mexicana de 23 años, su trabajo es multidisciplinario. Tiene un blog feminista: https://feministaqueexplota.blogspot.com/  Cuenta con cursos en Autoetnografía feminista, Escritura creativa, Escritura de novelas, Narrativa y cuentos. Además ha sido asistente de investigación y colaboradora en la elaboración de la página web de Sociología Urbana en la UAM-Acapotzalco y becaria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Creación de la página web  de etnología, creadora de contenido, administración de redes sociales.