
Fotografia: Mural en Ojital Viejo, Papantla, Veracruz. Colectivo CORASON, cortesía de Mauricio González
Por: Mauricio González González*
La matriz energética fósil ha sido la fiel compañera del sistema de acumulación capitalista. Para Andreas Malm, en Capital fó$il. El auge del vapor y las raíces del calentamiento global (2020 [2017]), es una economía fósil “basada en un consumo cada vez mayor de combustibles fósiles y que por lo tanto genera un crecimiento constante de las emisiones de dióxido de carbono”. Bajo esta mirada no puede obviarse que apostar a obtener más gas natural (cuyo principal componente es metano) con la presunta aspiración de soberanía energética, como hace la actual administración federal promoviendo fracking es, por lo menos, perpetuar la dependencia a las condiciones de explotación, de mercado y al aniquilamiento ambiental que ha generado este tipo de economía, sea por medio de técnicas ecocidas como lo es la fractura hidráulica convencional o a través de cualquier forma de innovación técnica que mitigue alguno de sus graves impactos. El momento histórico marcado por la emergencia climática hace fundamental cuestionar la relación que tenemos con la energía, ya no sólo bajo razón económica, sino también desde imperativos de supervivencia que no sólo compete a la especie humana.
Dentro de los acervos más generosos con los que contamos para esta tarea se encuentra el pensamiento de Iván Illich quien, desde los años 70 del siglo pasado, en La convivencialidad (2006 [1973]) se propuso presentar el epílogo a la era industrial, “trazar el ocaso del modo de producción industrial y de la metamorfosis de las profesiones que ella engendra y alimenta”. Dentro de los muchos temas que abordó no dejó pasar uno que hoy nos es acuciante: el uso de energía que si bien puede potenciar capacidades, también se vuelve contraproductiva al rebasar cierto umbral, que en nuestros días no es otro que uno planetario. Para Illich desde Energía y equidad (2006 [1973]) existen dos tipos de energía: la metabólica, producida en y por la actividad humana, y la exógena, que se extrae de fuentes externas. La energía metabólica participa de la sociedad convivencial, en la que “la herramienta moderna está al servicio de la persona integrada en la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta”. En cambio la energía exógena, pasada cierta escala, esclaviza, genera dependencia, precariza la autonomía. La dependencia del actual modelo energético a combustibles fósiles conviene localizarle en esta forma de dominación que erosiona las potencialidades y creatividad humana, al grado de que la propia tecnología que se propone para satisfacerle es francamente aniquilante, deletérea, tal como la literatura presenta al fracking:
El crecimiento desmesurado de la herramienta amenaza a las personas en forma radicalmente nueva y, al mismo tiempo, análoga a las formas clásicas de perjuicio y daño. La amenaza es nueva en el sentido en el que el verdugo y las víctimas se confunden en la dualidad operadores/clientes de instrumentos inexorablemente destructores. En ese juego algunos salen ganando, pero todo el mundo finalmente pierde (Illich, La convivencialidad).
Luca Ferrari (2026) ha propuesto la alternativa de una pluralidad energética que se opera a escalas locales basada en necesidades concretas, específicas, reguladas bajo un metabolismo socioambiental lo más óptimo posible, que no deja de tener aires de familia con las escalas que Illich propuso, donde la energía metabólica es la que impera, en la que la vida humana y más que humana co-crean hábitats convivenciales. Ello implica una renuncia civilizatoria a las formas de acumulación que el imperativo económico impone, lo cual puede ser privilegio en un mundo donde la escasez de hidrocarburos se ha anunciado desde hace más de dos décadas. Apostar por la diversidad de formas de producción energética en umbrales aceptables es hacerlo por la inventiva societal de futuros posibles; apostar por fracking que ha sido y será parte de la matriz energética fósil y sus graves impactos, en tiempos de calentamiento global, es apostar por la muerte del complejo que compone al actual planeta herido.
- Mauricio González González es Etnólogo por la ENAH, con maestría y doctorado en desarrollo rural por la UAM-X y maestría en teoría psicoanalítica por el Colegio de Psicoanálisis Lacaniano, integrante del colectivo CORASON en Defensa del Territorio.