Fotografía: Citlaly Aguilar
Por: Citlaly Aguilar
Un año de corridos
Estoy en mi bar de confianza. Ya llevo tres cervezas encima, estoy por abrir la cuarta de la cubeta de la promoción de los viernes: 5 por 99 pesos. Estoy sola y la música suena a tope. Llevo un año viniendo, un año de cumplir puntual con este ritual. Vengo porque aquí encontré algo que no sabía que me faltaba: la música. No cualquier música, sino esa a la que la gente le dice “regional”, pero que abarca territorios sin fronteras, no solo en geografía, sino en emoción y espíritu.
Dentro de la música regional hay diversas variantes, pero la que me gusta escuchar particularmente es la norteña. Los músicos van vestidos todos iguales, porque esto es parte fundamental de una identidad particular. Los sombreros son el símbolo más importante. Se suben a tocar en las mesas; son atrabancados. El sonido del acordeón, del contrabajo, del requinto y del bajosexto llenan todo. Y, desde luego, los corridos forman parte esencial.
Cuando comencé a venir a este lugar, todos los aquí presentes se sabían las canciones y yo nada más me quedaba mirando; le daba un trago a mi bebida para disimular mi ignorancia. Pero poco a poco, inevitablemente me las aprendí. Todas.
Dentro de los corridos que más me gustan cantar con un grupo de norteño en vivo están el de “Laurita Garza”, porque, pues claro, soy mujer y la venganza de la maestra de la hacienda escondida a orillas del Río Bravo a todas nos toca fibras sensibles. La historia trágica de esa mujer que amó y que, a cambio, recibió la traición del típico vato con apego evitativo (diría chatGPT), es una que muchas hemos vivido y, admitamos, que hemos fantaseado llegar a ese terrible final. Al no poder hacerlo, la música nos da un lugar seguro, desde el que vemos el alcance real de semejante situación.
Otro de mis favoritos es “El águila blanca” porque, desde que inicia, el acordeón alterado te arrastra violentamente a la narración que empieza con unos versos épicos que todos siempre queremos corear a todo pulmón: “¡judiciales a la vista!”. La canción relata lo que acontece cuando unos integrantes de la maña salen victoriosos gracias a la corrupción de las autoridades.
En ambos corridos hay una historia que se cuenta que, como todas las historias, tiene la estructura del cuento clásico, es decir, introducción, desarrollo y cierre. En el primero leemos una tragedia, el segundo es más cómico. Pero ambos tienen puntos centrales evidentes que se corresponden con la estructura: el descaro, la violencia y la sorpresa del final. Además, los dos se desarrollan en lugares específicos y característicamente asociados con la marginalidad, la falta de ley y la ominosidad, pues el primero está en un lugar de México cercano a la frontera con Estados Unidos y el segundo en un retén policiaco. Todo ello forma parte, desde luego, de una forma de hacer épica en la música mexicana. Esa era la manera en que hasta hace relativamente poco se hacían los corridos.
Podría citar muchos más ejemplos, pero tendrían que estar ustedes aquí, a mi lado, disfrutando del alcohol con su espuma fría y de la tarde bajo los árboles de esta terraza, escuchando las risas de la gente que está bailando y viendo el paisaje del semidesierto zacatecano para que realmente pudieran sentir la intensidad de la música norteña.
Siento el nudo
Estoy en el Palenque de la Feria de Aguascalientes escuchando cantar a Junior H. Hay más de 20 músicos en el escenario y en las gradas no cabe ni un alma más. La música no puede ser mejor. Me llena y me desborda.
No hace mucho que los corridos tumbados y bélicos aparecieron en la escena musical de México. Estos, a diferencia de los que cantaban los Cardenales de Nuevo León, Los Cadetes de Linares, Los Tigres del Norte o Los Tucanes de Tijuana, tienen una épica mucho más cruda y un sonido casi casi barroco. Su vestuario también se ha renovado, ya no se les ve con sombrero y botas, sino con ropa deportiva y tenis.
Lo primero que escuché de Junior H fueron sus corridos más famosos: “El Azul” y “El hijo mayor”. En el primero me sorprendió el cambio repentino de ritmo y tono en el coro; en el segundo, la originalidad de las letras. Si bien, hay mucho que cuestionar sobre el discurso que vanagloria a personajes como Joaquín Guzmán, hay que reconocer que da mucho placer escuchar rimas tan inesperadas como “era adicto a la adrenalina / era lo que lo activaba y sacaba el jale en caliente / en el convoy puro suicida / listos pa’ tirar vergazos / no la pensaban dos veces”. Qué habilidad en el uso del español.
Como mujer no me identifico con este tipo de narraciones, como tampoco me identifico con la Ilíada ni con el Cantar del Mío Cid, que son también historias de vatos demostrando su hombría y poderío en la guerra contra otros vatos para lograr objetivos de vatos. Pero sí encuentro resonancia en la fatal lucha mexicana de intentar salir de la pobreza, como muchos de los personajes que aparecen en estas canciones.
No obstante, a diferencia de otros intérpretes y compositores de corridos bélicos, como Natanael Cano y Peso Pluma, el $ad Boyz, es decir, Junior H, escribe sobre antihéroes que no solamente son aspiracionistas, pues de quienes hablan sus canciones no solo son morros que quieren salir de pobres y lucir cadenas de oro, pistolas y troconas, sino que también son introspectivos. Esta es la cualidad más rara de su música. En casi todas sus letras encontramos a los que están fumándose un gallo o en una misión bélica, pero a la vez extrañan, sufren, aman, lloran, sueñan.
En Atrapado en un sueño, las canciones trastocan porque en todas nos habla alguien que, aunque trabaja en algo ilícito o se la pasa chido con los compas, en el fondo también está triste. Esto no solo lo sabemos por la letra, sino por la música, que es otro lenguaje, pues, aunque en “Mente positiva” pareciera que el mensaje es: “me la estoy pasando a toda madre”, la música dice: “pero me está cargando la v…”. Por eso es que muchas veces el personaje central no quiere dejar de beber: “va amaneciendo y la verdad no me quiero dormir”, dice en “Se quedan viendo”; “amanecernos directos a la mañana”, en “Me siento”. La fiesta no debe terminar, porque en el silencio y en la soledad el antihéroe junioracheano no soportaría su propio vacío.
Atrapado en un sueño me suena a las Babyshambles sessions de The Libertines, y no lo digo como si este parangón “validara” la música tumbada, lo digo porque aún en géneros que parecieran opuestos hay coincidencias, quizá involuntarias, pero que en el caso de los dos citados, me revelan mi propia preferencia por acordes melancólicos.
Yo no lloro siempre que escucho estas piezas, pero casi siempre siento el nudo, no solo por mi propio reflejo en ellas, sino porque encuentro ahí a gente viva, que sí he visto, que hasta conozco. Gente que también merece que alguien componga sobre ellos y que el rock de Metallica, ni siquiera el de Maná, que en su momento se sintieron tan defensores de los marginados, lo hará.
Este concierto se hace a pocos días de la prohibición de los corridos bélicos en Aguascalientes. Aunque el gobierno federal solamente ha invitado a escribir sobre otros temas, legislaturas estatales han hecho sus propias leyes al respecto, por lo que los diputados hidrocálidos, que son bien conocidos por ser ultraconservadores, hicieron lo propio. No obstante, el $ad Boyz nos complace con “El hijo mayor” al final del show, pero no lo puede cantar porque le apagan el micrófono, así que lo hacemos nosotros. Unos minutos después, escucho el video que grabé y no reconozco mi voz. No soy yo, es una persona frenética, una mujer que también siente al poder de la adrenalina con el sonido de la bandona.
¡Quiere alguien pensar en los niños!
Estoy viendo Los Simpson, acostada en mi cama, y justo cuando llego al capítulo 23 de la temporada 7, “El problema con Apu”, durante el debate sobre la ilegalización de inmigrantes, recuerdo que la frase de Helen Lovejoy la he escuchado decir muchas veces de los detractores de la música tumbada.
¿De verdad la gente piensa en los niños y las niñas? Es difícil notarlo en una cultura históricamente adultocéntrica. Como escritora de literatura infantil lo digo: es difícil pensar en niños y niñas. Muchas veces se escriben cuentos o historias pensando que son para ellos, pero desde una postura totalmente vertical, que no los toma en cuenta como personas activas en la sociedad. Yo misma he caído en ese error, pero no es totalmente voluntario, sino que es estructural.
Duele aceptarlo, pero durante siglos se intentó que la infancia no existiera, de ahí que muchos de nuestros abuelos y abuelas, e incluso padres y madres, tuvieron que comportarse como adultos desde muy tempranas edades. Culturalmente, nuestro contacto con esa etapa del desarrollo humano es relativamente temprano, quizá de mediados del siglo XX para acá. Y aún es complicado.
El asunto es que generalmente se piensa en niños y niñas solo como seres que se convertirán en adultos y no realmente como personas verdaderas que están presentes en las sociedades con sus propias necesidades y aportaciones, y por ello es que difícilmente sabemos lo que les ocurre o cómo abordarlo. Los corridos, y particularmente los bélicos y tumbados, no están hechos ni dirigidos para niños y niñas, de hecho, es muy poca la música que se hace para ese público. Es legítima la preocupación de que ellos escuchen esas composiciones, pero esa es una deuda del ámbito privado, es decir, de la familia. La cuestión es que cuando en la familia no se sabe realmente cuidar de las infancias se cae en la idea de que entonces el mundo es el que debe hacerlo, lo cual es, no solo irresponsable, sino imposible, pues equivaldría a pedir al entorno que nada se mueva para que entones los más pequeños no corran ningún riesgo. En ese sentido, se cae en lo que el personaje de Los Simpson hace, pues pone como pretexto a los niños para protegerse a sí misma de algo que le asusta y no sabe cómo resolver.
Al momento de pedir que alguien piense en niños y niñas tendríamos que hacerlo en primera persona: “yo tengo que cuidar que nada les pase”, y eso implica no solo cuidar la música que escuchan, sino las dinámicas de poder que ejercemos sobre ellos y que nos hacen creer que ellos no son inteligentes como para saber qué es lo bueno y lo malo, o qué es correcto y qué no cuando se les explica cualquier cosa con respeto y detenimiento. Aunque la responsabilidad no es solo del Estado ni solo de la familia, quizá pensar en los niños y las niñas no es protegerlos de cierta música, sino acompañarlos a que encuentren en ella lo que como adultos tendríamos que comprender también, no solo lo que no queremos escuchar: nuestra historia y la realidad más cruda.
¿El rock está muerto?
Estoy en la carretera que lleva a Ojocaliente, municipio que queda a media hora de mi casa. Voy acompañada de mi hermano. Nos dirigimos al funeral de la abuela paterna. Suena “Javier, el de los llanos” en el estéreo y eso nos basta para empezar a hablar de la música. “El rock está muerto”, dice él y me sorprende escuchárselo decir, porque si por alguien atendí el rock metal, y después el nu metal, fue por él. Desde la prepa vi a mi hermano usar playeras metaleras, llevar en su compact disc selecciones cuidadosamente hechas para escuchar por días enteros y lo oí hablar sobre discos, canciones y conciertos durante décadas.
“Desde la época en que salieron The Strokes y Muse, creo que ya no se ha hecho nada bueno”, agrega. “Y esos ya son poperos, ¿no?”, reflexiono. Suena entonces “M&M” de Netón Vega. Veo por la ventana. Los campos dorados de las milpas brillan bajo el sol. Los cerros en el horizonte son azules, verdes, cafés. Hace calor. Siento una profunda tristeza que se agudiza con el sonido de la trompeta. En este momento, con este escenario, no podría estar escuchando a Cradle of filth, no se me antoja ni me sentiría acompañada.
Pienso entonces en que, actualmente, el rock ya es parte del establishment. Los rockeros ya no escuchan el rock porque haya un mensaje contestatario ahí, sino porque resulta que ya es una música de élite, un símbolo de estatus. Y claro, muchos de los músicos de rock hecho en Europa, por ejemplo, son de conservatorio. Incluso varios de los rockeros mexicanos, como los integrantes de Café Tacvba, vienen de la clase media y sus discursos son sumamente complacientes.
A uno de mis mejores amigos le da risa que acá en México, los fans metaleros se pintan la cara de blanco y negro, para mostrarse “bien oscuros”, pero es una fanfarronería porque en nuestro país no hay una tradición gótica real, como la hay, por ejemplo, en Suecia… En cambio, el aspiracionismo del que hablan los corridos tumbados es real, es muy de la cultura mexicana.
Un escritor de mi ciudad se molesta con esta música, la tacha de apología del narco, pero él mismo escribe cuentos en los que unos malandros hacen pozole a otras personas y en los que el sexo es terriblemente violento porque objetiviza a las mujeres… Otro escritor dice que le ha costado mucho tiempo y esfuerzo tener un gusto musical educado, y se enorgullece de que sea jazz, contradicción extraña, puesto que él mismo se dice contracultural. ¿Desde cuándo “el gusto educado” está alineado con el sistema, con la complacencia? El jazz no lo estaba. Hay mucho de superioridad moral en estas posturas, por eso no llegan a ser críticas, sino pura incomodidad.
Y claro, esta superioridad no solo se da en los metaleros y en los escritores, pues mi propio papá, que es un verdadero trve de Los Bukis, cae en esta dinámica: “qué gacho canta ese wey”, dice cuando escucha a Natanael Cano cantar “O me voy o te vas”. “No, ya cochinearon esa canción”, dice incrédulo, decepcionado, molesto.
Una propia contradicción
Estoy en Fresnillo. Es mediodía y es miércoles. Estoy con uno de los responsables de que ahora escucho música tumbada más que otra cosa. Estamos en Mi Cantinita, tomando vampiros, viendo cómo la gente va a sus trabajos, a la escuela. Nosotros estamos escuchando música. Suena “Marlboro rojo”, de Fuerza Regida, “La people II”, de Tito Doble P, Peso Pluma y Joel de la P, y “Presidente”, de Gabito Ballesteros, Natanael Cano, Netón Vega y Luis R. Conríquez.
Él y yo nos encontramos en la música. Sin esta hubiera sido imposible conocernos, y cuando digo conocernos me refiero a realmente llegar a la profundidad de quienes somos. En la música nos encontramos reales, vulnerables. No son los corridos y lo que dicen, sino la manera en que nos conectan cuando cantamos a todo pulmón juntos, cuando nos reímos, cuando bailamos.
Él y el semidesierto son los paisajes que me conectan con la música. A su vez, la música me lleva hacia mí misma, a mis raíces, a quien realmente soy: una mujer contradictoria, pero sensible. No sé explicarme a mí misma que acudí a la marcha del 8M escuchando “Ch y la pizza”. No sé explicar a nadie que la violencia me causa repulsión, pero grito “chaaau” cuando suena “Rubicón”, de Peso Pluma. ¿Es apropiación, resignificación, contradicción, supervivencia simbólica? Creo que es todo a la vez. Sí hay una apropiación de discurso, pero no desde la validación, sino desde la confrontación personal. El límite entre catarsis y reproducción de violencia aparece cuando, pese a cantar y disfrutar, la incomodidad persiste porque, aunque haya cierto placer al escuchar esta música, no deja de ser un dispositivo de violencia simbólica que asumo desde la aceptación de la complejidad del mundo en el que habito, en el que hay una masculinidad hegemónica ante la que tengo que sobrevivir. Disfruto de esto, pero ese goce está atravesado por estructuras que también me dañan.
El oxímoron de mi personalidad queda al descubierto cuando escucho el estruendo salvaje de los requintos, de las tubas, del contrabajo. Y eso solo lo entiende él. Y solo lo puedo compartir con él. Por eso estoy aquí, hoy, a su lado, en una ciudad queda a una hora de distancia de mi casa, cuando, si fuera más coherente, debería estar en mi casa escribiendo un artículo sobre el desarrollo compartido en el período de Echeverría. Aquí no estoy sola.
Me conozco en mi propio desconocimiento. Y creo que eso es justamente lo que más me gusta de esta música. Lo que escucho cuando escucho corridos no solo es música, es también una confrontación personal, social, cultural, política… un país que amo, pero me asusta. No escucho héroes, sino sobrevivientes. Unas fuerzas internas luchan adentro de mí y de ello salen chispas placenteras. No es cómodo, no es elegante. Es arte. Lo que escucho es una parte de mí que no sé explicar porque quiero justicia, pero a veces también venganza… Me asusta la violencia, pero creo que la canto para no sentir miedo. Quizá no soy coherente, pero honesta sí.
La tarde comienza a caer, la vemos colgando del cielo desde donde estamos sentados, le damos un trago a nuestros vampiros. El bar sigue solo, como si lo hubieran abierto especialmente solo para nosotros dos, así que sonreímos y cantamos la canción que suena a tope: “parezco de la maña, me veo bien placoso de Dolce Gabbana…”