
Imagen: creada con IA Gemini
Por: Jorge de la Torre*
Primera parte
Una forma ver el tiempo de la Modernidad ilustrada occidental como modelo civilizatorio, es ver el tiempo como un tiempo que se mide, se cuantifica. Sobre todo, a partir de la matematización y geometrización que establece la ciencia moderna europea a partir del siglo XVII con la observación por telescopio del universo físico observable que hace Galileo con la publicación en 1610 de su obra Sidereus Nuncius (El Mensajero Estelar). La ciencia moderna comenzó así, con la medición del tiempo cósmico, hasta que Georges Lemaître, establecerá a principios del siglo XX su teoría del Big Bang,[1] o gran explosión, en donde se sostiene que el universo físico observable tuvo un comienzo, un origen, que data de aproximadamente hace 13, 800 millones de años. El universo observable que conocemos se ha expandido desde entonces, dando lugar al nacimiento de miles de millones de constelaciones de galaxias y de estrellas que contienen a su vez, miles de millones de sistemas planetarios en donde el nuestro es como un granito de arena en la vastedad de un desierto inmensamente colosal en donde cada determinado tiempo se descubre una nueva extensión de ese desierto de arena.
Otra forma de hacer una consideración de lo que es el tiempo, es verlo no desde la física moderna, sino desde la filosofía. Es famoso el debate entre Albert Einstein y Henri Bergson.[2] Para Einstein, el tiempo, al igual que el espacio, la materia y la energía, son propiedades de este universo físico observable. La liberación de estas propiedades físicas a partir de la partícula elemental del cual surgieron, ha dado lugar a la inflación, y luego a la expansión de un universo que se dobla o se curva, gracias al efecto de la fuerza gravitatoria que imprime la masa-energía de los cuerpos sobre el espacio-tiempo. Con ello, el tiempo, al igual que las tres propiedades, espacio, materia, y energía, no puede ser absoluto, sino relativo. Este será uno de los principales postulados de la teoría conocida como la teoría de la relatividad en lo que se conoce como la ralentización del tiempo, y que sostiene que, en la medida que se está más cerca de un objeto, cuya concentración de masa y energía es mayor, le imprimirán éstas a su vez, una curvatura mayor al espacio-tiempo, haciendo que éste experimente una especie de suspensión cronológica, o incluso, si el objeto en cuestión es muy masivo como un hoyo negro, se podría considerar que el tiempo en su nivel de mayor ralentización se detiene completamente. Así, el tiempo como las otras propiedades que están interrelacionadas entre sí, están en un universo que es dinámico y avanza a una velocidad constante, pero con valores que no son absolutos, sino relativos a un sistema de referencia particular, y desde el cual se podría ver que el tiempo pasa más rápido, o bien, mucho más lento. Otro dato importante, es que el tiempo físico es un tiempo objetivo, medible; y por ello, todo suceso o acontecimiento que se dé en este universo, es finito, calculable, manejable, predictible, en tanto está sujeto a las leyes físicas de este universo; sin embargo, queda abierta la cuestión si este proceso de expansión puede seguirse dando de forma infinita.
Cuando le preguntan a Einstein si cree en Dios, el dirá, que cree en el Dios de Spinoza. Para Baruch Espinoza, que es un filósofo del siglo XVII, Dios es una substancia infinita y eterna, que está expresado desde cada micropartícula elemental, hasta cada entidad masiva del universo en cualquier coordenada del tiempo-espacio; que no se agota en esa expresión o manifestación física, sino antes bien, lo que podemos esperar de ese universo físico y material, son nuevas y distintas manifestaciones de materia y energía, y de espacio y tiempo, en combinaciones que podemos decir rebasan cualquier computo posible, pero por lo menos, establecen un criterio cierto. Este universo físico observable tiene un orden, y al haber un orden, la razón puede aspirar a conocer este orden, por lo menos matemáticamente y geométricamente.[3] Por ello ante tal orden matemático dirá Einstein, que Dios no juega a los dados.
Por su parte Henri Bergson, desde la filosofía, planteaba en aquel debate épico, que el tiempo que se mide es un tiempo ilusorio. Un tiempo que se puede dividir artificialmente en pasado, presente, y futuro, no puede ser más que un tiempo parcializado, un tiempo finito e ilusorio. Podríamos llamarlo un no tiempo. Pero si quisiera hacerse una consideración más honda de la naturaleza del tiempo, habría que decir que el tiempo unifica todo cuanto existe, ha existido, y existirá. El tiempo sí es medición; pero medición de eternidad, de infinitud. Bergson le llamó durée, (duración). El tiempo del que habla Bergson es un tiempo subjetivo, no empírico, no físico, no cuantificable, un tiempo inmedible, inconmensurable; es más bien un tiempo del orden de lo teórico que postula la idea de que un mismo instante, una acción en el tiempo, está operando simultáneamente dentro del tiempo de lo eterno.[4]
Einstein concluyó lapidariamente que el tiempo de los filósofos no existe. Con esto se planteó una división más, como la que ya existía entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu, entre la división de la Erklären (explicación) y la Verstehen (comprensión), que hacen patentes dos modos distintos de abordar la realidad. En el abordaje que podemos llamar cuantitativo, prima lo espacial y temporal, en su intercambio de materia y energía, desde la matematización de tal fenómeno; es decir, lo importante es establecer una medición del fenómeno y de su expresión empírica. Lo que no se mide no puede ser objeto de conocimiento. En el otro abordaje que podemos llamar cualitativo, el tiempo que se mide es un no tiempo, es tiempo ilusorio constituido desde el marco referencial de lo humano simbólico y de su carácter representacional, como el Dasein (ser ahí) de Ser y Tiempo de Heidegger, que funciona como el compresor del ser. Sin el Dasein, (ser ahí), aludiendo a la temporalidad existenciaria del hombre, no puede haber quien testifique comprensivamente sobre el ser de las cosas.[5]
Otro autor que hace una esquematización muy parecida sobre el tiempo, es Mircea Eliade, cuando señala que el tiempo de las culturas modernas civilizadas es distinto al de las culturas primitivas no desarrolladas. Mientras que el tiempo es profano para las culturas modernas; es decir, artificial e instrumentable. Para las culturas primitivas el tiempo es natural; esto es, tiene sus propios ciclos. Por ello, hay que respetar estos ciclos de forma reverencial y sagrada, pues de ellos nace la vida. En el tiempo profano o moderno, impera el criterio de medición de la realidad en donde el hombre es principalmente el referente de medición. En el tiempo sagrado o antiguo, no hay posibilidad de medición, porque no hay referente que lo agote. Es un tiempo absoluto, eterno, continuo. Mircea Eliade le llamó el tiempo del eterno retorno.[6]
Bajo esta misma esquematización entre lo sagrado y lo profano, entre lo artificial y lo natural, entre lo cuantitativo y lo cualitativo, podemos abordar la forma en la que se presenta el tiempo como tiempo mesiánico y como tiempo progreso. El tiempo representacional, es decir, el tiempo artificial sería el tiempo del progreso, que no sólo es ilusión sino barbarie, como lo señala Walter Benjamin, en sus tesis sobre la historia, dando énfasis particular a lo que llama “instante de peligro”.[7]
El concepto benjaminiano de “instante de peligro”, sugiere una función vital dentro de su pensamiento, sobre todo en lo que se refiere a lo histórico político, toda vez que remite a una praxis humana concreta y situada en lo que se puede llamar el acontecimiento histórico del presente, pero también a una relación y conexión con los acontecimientos histórico políticos del pasado. En este sentido, podemos destacar los conceptos de “fuerza mesiánica” y “el tiempo mesiánico”, como categorías temporales que suspenden la temporalidad del progreso y la modernidad tecnocientífica, emplazándola a una pseudotemporalidad; es decir, a una temporalidad que no es orgánica, situada y concreta; sino abstracta, configuradora de la racionalidad moderna; y con ello, de la forma etérea de vida moderna en la que el sistema capitalista, como sistema de producción de la vida social, organiza el tiempo con su complejo técnico industrial y militar, demarcando una temporalidad que podemos llamar sistémica para mantener de forma controlada, esto es sujeta a medición, la reproducción de la vida humana, vista meramente como un cálculo político, y como una cuestión de gestión administrativa; es decir, mero cálculo de recursos, los cuales están sujetos a la fórmula de costo-beneficio.
Continuará…
[1] Cf. George Lemaître, father of the Big Bang, American Museum of Natural History. (Consultado el 21 de marzo de 2026). https://www.amnh.org/learn-teach/curriculum-collections/cosmic-horizons-book/georges-lemaitre-big-bang
[2] Cf. El enfrentamiento entre Albert Einstein y Henri Bergson, Fronteras CTR Revista de Ciencia, Tecnología y Religión. (Consultado el 21 de marzo de 2026). https://blogs.comillas.edu/FronterasCTR/?p=6688
[3] Cf. Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, Madrid, Tecnos, 2007.
[4] Cf. Luis Sáez Rueda, El tiempo de duración es plenamente real. Bergson (II). (Consultado el 22 de marzo de 2026). https://www.ugr.es/~lsaez/blog/entradas/2023/Bergson_2.htm
[5] Cf. Martin Heidegger, Ser y Tiempo, Madrid, 2009.
[6] Cf. Mircea, Eliade, Lo sagrado y profano, Ed. Guadarrama/Punto Omega, 1981.
[7] Walter Benjamin, Tesis sobre filosofía de la historia, México, Ítaca, 2008.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.