Entre la punta y el peso muerto: cuando la danza y la fuerza se vuelven una sola cosa

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Fotografía: cortesía Cecilia González

Por:  Pilar Pino 

Hay mujeres que no caben en una sola categoría y que, precisamente por eso, lo cambian todo. Ana Cecilia González Mayorga es licenciada en educación preescolar y en educación física y deporte, maestra de ballet desde que tenía edad para enseñar lo que aprendió desde los tres años, y competidora de fisicoculturismo. Tres mundos que, para muchxs, suenan imposibles de habitar al mismo tiempo.

Pero Cecilia no los separó. Los mezcló. Y lo que surgió de esa mezcla no es solo una historia de disciplina extraordinaria: es una historia sobre cómo quererse, cómo enseñarles a otrxs a quererse, y cómo el cuerpo, cuando se trabaja desde el amor y no desde el miedo, se convierte en la herramienta más poderosa que una persona puede tener.

La conocimos después de su primera competencia. Todavía con ese brillo específico de quien acaba de descubrir algo nuevo de sí mismx.

P — Cecilia, cuéntanos quién eres y a qué te dedicas, con tus propias palabras.

Mi nombre es Ana Cecilia González Mayorga. Soy licenciada en educación preescolar y en educación física y deporte. En la mañana ejerzo como educadora, en la tarde soy maestra de ballet, y ya también estoy dando asesorías personalizadas de entrenamiento. Es bastante, pero la verdad a veces ni siento el cansancio, siento que estoy más feliz y eso pasa como en segundo plano.

"A veces ni siento el cansancio. Siento que estoy más feliz y eso pasa a segundo plano."

P — El ballet pide cuerpos ligeros, verticales, etéreos. El fisicoculturismo celebra la masa muscular, el volumen, la fuerza. ¿Cómo conviven estos dos mundos dentro de ti?

Más bien yo no quise elegir entre uno y otro porque los dos me llenan bastante. El ballet lo practico desde los tres años, entonces no fue una opción dejarlo. Al contrario, siento que es un complemento que me ayudó muchísimo en la competencia reciente, sobre todo para las poses. El cuerpo se vuelve un poquito más pesado, más rígido, pero no he permitido que eso pase porque sigo haciendo mis ejercicios de elasticidad. Trato de que no afecte mi postura como bailarina.

Y mi coach en Puebla me dijo que eso fue un punto muy bueno en mi competencia: las posturas del fisicoculturismo van muy ligadas al ballet. Las transiciones, todo fue un conjunto. Se me acomodó de una manera que yo misma no esperaba.

"Nunca los viví como dos mundos separados. Los mezclé, y ese fue el resultado que tuve al competir."

P — El ballet tiene una historia larga y dolorosa de exigirles a las mujeres cuerpos que muchas veces las enferman. ¿Cómo cambió tu relación con tu cuerpo cuando empezaste a construirlo desde la fuerza y no desde la restricción?

Fíjate que a mí nunca se me exigió un cuerpo como tal. Desde pequeña fue más bien el amor por el baile, por la danza, por el movimiento, sin un estándar que nos estuvieran pidiendo para poder bailar. Ya ahorita en la actualidad sabemos que exigir cierto cuerpo repercute mucho en lo emocional de lxs alumnxs. Y al contrario, ahorita es la inclusión: incluir a todas las personas que sientan ese deseo, ese amor por la danza.

Yo jamás les pediría a mis niñas, a mis alumnxs, algún tipo de cuerpo específico. Algo que los haga sentir mal o que ya no sientan esas ganas de seguir practicando. Acá se trata de sentir tu cuerpo, de quererlo, de amarlo, de poder moverlo con la libertad que uno desee.

P — ¿Alguien te dijo alguna vez que un cuerpo musculado no era compatible con ser bailarina o maestra de ballet?

Al contrario. Cuando me animé a competir, mucha gente me empezó a decir que quería que les diera clases. Chavas y chavos que también compiten me decían: quiero tomar una clase contigo porque siento que me va a ayudar mucho con mi postura. Nadie me lo dijo de manera negativa. Más bien fue una sorpresa que funcionó.

"La seguridad que gané al competir la estoy mostrando ahora en mis coreografías de danza."

P — Entrenar para competir y al mismo tiempo mantener la técnica, la flexibilidad y la gracia del ballet requiere una disciplina enorme. ¿Cómo es tu rutina?

Con mucha disciplina, porque es cansado. Todo el día: en la mañana soy educadora, en la tarde maestra de ballet, y encima las asesorías de entrenamiento. En periodos de competencia, uno trae menos comida, menos carbohidratos, y hay que rendir en todo. No sé qué exija más disciplina si el ballet o el fisicoculturismo, la verdad las dos un poco.

Pero te digo, siento que estoy más feliz así. El cuerpo se adapta cuando estás haciendo algo que amas.

P — ¿Qué le dio el fisicoculturismo al ballet, y el ballet al fisicoculturismo?

Yo creo que el fisicoculturismo me dio conocerme más profundamente. En esta competencia vi mi cuerpo de otra manera, con más amor propio, más seguridad. Y esa seguridad que gané compitiendo la estoy mostrando ahora en mis coreografías de danza. Y el ballet le dio al fisicoculturismo la postura, las transiciones, la gracia en el escenario. Los dos se alimentaron.

P — ¿Cómo mezclas en tus clases la técnica del ballet con tu papel de educadora?

Con las niñas mezclo la técnica de la danza con el juego. Así las niñas logran entender el ejercicio sin que se sienta tedioso ni exigente. Que lo disfruten más que nada, que sigan teniendo esa emoción de: voy a ir a clases de ballet y no va a ser aburrido, no me van a pedir un cuerpo específico. Acá es un momento donde voy a disfrutar, a llenarme de sensaciones y movimientos.

"Cada cuerpo es un mundo. Más que nada querernos y amarnos tal y como somos."

P — A las niñas y jóvenes que estudian ballet y sienten que su cuerpo no encaja en lo que el mundo del baile les exige, ¿qué les dirías?

Que cada persona es un mundo y cada cuerpo también lo es. Querernos y amarnos tal y como somos. A veces nos exigimos tanto que de verdad ni es para tanto. Deberíamos valorarnos desde adentro, más que nada desde adentro. Desde afuera ya es algo más estético, más físico, y la verdad no siento que vale tanto la pena. A veces nos enfrascamos en algún defecto y yo creo que más bien es querernos todo el tiempo.

P — ¿Y a una mujer que quiere empezar a entrenar fisicoculturismo pero siente que ese mundo no fue construido para ella?

Que se atreva. Todas empezamos desde cero. Yo me acuerdo la primera vez que entré a un gimnasio: me moría de vergüenza, me daba pena hasta pedir ayuda. Más que nada acercarse a alguien que te pueda asesorar y orientar. De ahí uno va agarrando confianza, seguridad, nos vamos enamorando de los cambios y de los pequeños logros. Y te digo: para mí nunca fueron dos mundos separados. Los mezclé y ese fue el resultado que tuve.

P — Ceci, ¿para ti el cuerpo es un instrumento, una obra de arte, una herramienta de lucha, o todo a la vez?

Todo a la vez. Es una obra de arte. Conocer tu cuerpo es una manera fantástica de decirte: me quiero, me amo, tal y como soy. Para mí es todo, porque va desde el movimiento hasta la fuerza y el cambio que puedes llegar a tener.

P — ¿Qué mensaje le darías a tus alumnas, a las niñas que te admiran?

Que se atrevan a hacer lo que ellas quieran, sin importar lo que piense la gente. Que descubran lo que puede llegar a ser su cuerpo: en una pose de ballet, en una elasticidad, en el fisicoculturismo, cómo puede llegar a transformarse. Que se atrevan.

Desde la redacción

Ana Cecilia González Mayorga no compite para demostrarle nada a nadie. Enseña ballet porque ama el movimiento. Entrena porque descubrió en la fuerza una forma de amarse. Y cada día, en un salón lleno de niñas que aprenden a habitar sus cuerpos sin vergüenza, hace algo que pocos sistemas educativos logran: les enseña que su cuerpo es suyo, que es suficiente, y que puede llevarlas a donde ellas quieran ir.

Eso, sin duda, es inspiración.

— Pilar Pino