No a la guerra

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 Imagen: Creada con IA Gemini

 

Por: Mauricio González González*

 

La guerra se expande, diversas partes del orbe sucumben, la geopolítica no ha cesado de agitarse y las obscenas muestras de poder que le acompañan orientan y dirigen las acciones ofensivas bajo narrativas cada vez más rancias. En tiempos tan violentos, de sangre y muerte, no ceder a la barbarie resulta apremiante. Tenemos presente, tal como enseñó Immanuel Wallerstein, que la disputa por la hegemonía tiene en la acción militar a una de sus mejores aliadas, pero también con él sabemos que lo que estamos presenciando es el declive de la hegemonía norteamericana, sus últimos estertores, lo cual desplegará bajo terrible exuberancia:

“La historia armamentística, por miles de años, consiste en que los poderosos toman la delantera con sus caras innovaciones tan pronto como los débiles tienen acceso a la generación de armamentos. Aunque esto no ha cambiado todavía, la capacidad para infligir daño sí se ha transformado” (Wallerstein, Utopística. Las opciones históricas del siglo XXI, 1998 [1997]).

La cuantificación de víctimas, de agresiones, de devastación y de millones de dólares destinados a ello es abrumadora, no obstante, jamás alcanzarán para mostrar el dolor de quienes padecen en carne propia la acción militar que en mucho se juega por control territorial y energético. La solidaridad con los pueblos negados no debe detenerse, es urgente, indispensable, necesaria.

Frente al genocidio en Gaza, frente a los miles de muertos en Ucrania e Irán, frente a la amenaza constante a Cuba, a las agresiones en Venezuela, frente a la coerción permanente hacia América Latina, la confianza por un mundo más justo y más equitativo desfallece: cada bomba, cada explosión, cada combustión destinada o efecto de guerra, independientemente del “éxito de su objetivo”, es un golpe de muerte. Las víctimas humanas y más-que-humanas se acrecentarán en un mundo climáticamente herido donde el punto de no retorno se aproxima (2050, según los conservadores informes del IPCC). La indolencia de la geopolítica del largo siglo XX sorprende al actuar con indiferencia sobre una configuración mundial que se desvanece. Es sabido que en la guerra no hay vencedores, los costos son altísimos para cada bando, mas esta vez será contundente, el precio también será planetario.

Todo indica entonces que la posición más radical frente a conflictos tan cruentos que como siempre sólo benefician a pequeñas elites, nuevamente es la afirmación contundente de la no violencia, una tradición que se alberga en los acervos de no pocas luchas, que tuvo éxito frente a la amenaza nuclear y que tiene en el movimiento indio a uno de sus principales referentes:

“Ninguno de nosotros sabía qué nombre dar a nuestro movimiento. En ese tiempo yo usaba el término ‹‹resistencia pasiva›› para describirlo. No entendía las implicaciones que tenía denominarlo de esta manera. Sólo sabía que había surgido de un principio nuevo […] la cambié por satyagraha. La verdad (satya) implica el amor, y la firmeza (agraha) simboliza la fuerza. Así comencé a llamar al movimiento indio satyagraha, es decir, la fuerza que nace de la verdad y del amor o de la no violencia” (Gandhi, “El nacimiento de la ‹‹Satyagraha››”, 2008 [1923]).

Afirmar enérgicamente el no a la guerra es asumir la lucha por la vida, la que nos enseñan numerosos pueblos, es subrayar el principio esperanza que albergan todas las utopías encarnadas de miles de millones que no sólo no claudican en las sangrientas exigencias de los Estados y el mercado, sino que asumen que en la innovación, en los procesos colectivos, anida la potencia de lo aún por venir. Radicalizar la exigencia de la no violencia, el no a la guerra, es un acto por demás auténtico frente a la barbarie en curso.

  • Mauricio González González estudió la licenciatura en Etnología, así como una maestría en Teoría Psicoanalítica, y la maestría y doctorado en Desarrollo Rural. Ha sido profesor de diferentes programas de estudio y posgrados tanto en escuelas privadas como públicas y comunitarias. Asimismo colabora en diferentes organizaciones y redes de la sociedad civil, principalmente ambientalistas. Escribe en el suplemento La Jornada del Campo y la agencia informativa Desisnfomémonos. Actualmente forma parte del colectivo CORASON, con quien participa en Radio Huaya “La voz campesina” dentro de la barra de opinión.