
Imagen: Cortesía Citlaly Aguilar
Por: Pilar Pino
"Al escribir tu propia vida estás diciendo: mi vida importa. Y eso, para las mujeres, no es poca cosa."
Citlali Aguilar escribe porque su vida merece ser contada. Y al hacerlo, abre la puerta para que otras mujeres crean que la suya también.
Citlayi Aguilar descubrió en la escritura autobiográfica una forma de decir: mi vida importa. Desde las aulas de Letras hasta los premios nacionales, ha construido su voz a contracorriente, negándose a escribir como le pedían que lo hiciera.
Citlali Aguilar se define simplemente como escritora. Pero detrás de esa palabra sencilla hay años de fracasos acumulados, de becas rechazadas, de aprender que escribir como mujer —desde la propia experiencia, con emoción y sin disculparse— es un acto político. Su primer libro, nacido de un miedo al agua y de una frustración convertida en ensayo, fue reconocido en el Premio Nacional Dolores Castro 2021. Hoy lo publica completo y lo recibe el mundo con los brazos abiertos.
— ¿A qué te dedicas?
Soy escritora. Así, nada más. Es lo que soy.
— ¿Cuál ha sido tu punto de inflexión, el momento que marcó tu carrera?
El descubrimiento de la escritura autobiográfica. Desde los siete años escribía cuentos, pero nunca sentía que lo que hacía tuviera peso real, que tuviera un mensaje que de verdad me convenciera a mí misma. Fue cuando empecé a escribir autobiografía cuando cambió todo: mi manera de escribir, mi relación con la escritura.
"Fue cuando empecé a escribir autobiografía que sentí que mi escritura tenía algo verdadero que decir."
— ¿Te has enfrentado a barreras por ser mujer en el mundo de las letras?
Sí, y desde la formación misma. Estudié Letras a inicios de los 2000 y el programa tenía muy pocas mujeres en el canon. Yo lo veía normal porque confiaba en la academia, en mis maestros, y asumía que la literatura era la escrita por hombres. Eso me afectó de manera simbólica: cuando quería escribir, quería escribir como escribían ellos. Sabía que en los concursos y los premios ganaban los hombres, y que si quería ser reconocida, tenía que sonar como uno. Escribir como mujer significaba ser rechazada. Eso ya es una barrera enorme, aunque nadie la nombre abiertamente.
— ¿Se les exige más a las mujeres para ser consideradas competentes?
Sí, sin duda. Siempre tenemos que estar demostrando que podemos, que merecemos. Aquí en Zacatecas, por ejemplo, hay círculos literarios donde no es ningún secreto quiénes publican: generalmente son hombres. Si quieres ser incluida, muchas veces tienes que ser complaciente, adaptarte a lo que ese grupo espera de ti. Y así muchas mujeres terminan escribiendo sobre temas de hombres, para públicos de hombres, porque las editoriales publican eso. Escribir como mujer, siendo mujer y para mujeres, es mucho más complicado. Si quieres ser libre y auténtica, el camino se vuelve más difícil.
— ¿Cómo has evitado el desgaste de luchar contra todo eso?
Leyendo a más mujeres. Me topo con escritoras que son contestatarias, críticas, incluso muy emocionales, y que defienden esa emocionalidad sin disculparse. Eso me da fuerza para hacer lo mismo. Ver que sí se puede, que es válido, que de hecho es más sano ser auténtica. Lo que más me ha ayudado es conocer a mujeres que no se doblan ante ciertos mandatos, que siguen siendo ellas mismas todo el tiempo.
"Leyendo a otras mujeres que no se doblegan encontré la fuerza para no doblarme yo tampoco."
— ¿Ha habido fracasos que te hayan marcado para crecer?
Toda mi vida. Soy una fracasada de primera, y lo digo con orgullo. Desde la licenciatura apliqué a becas, premios y convocatorias, y gané muy poco. Pero uno de mis fracasos más importantes no fue en la escritura: fue aprendiendo a nadar. Tenía un trauma muy fuerte al agua y me llevó casi un año poder hacerlo. Esa frustración, ese sentirme inútil, me llevó a escribir mi primer ensayo autobiográfico, que luego fue reconocido con la mención honorífica en el Premio Nacional Dolores Castro 2021. El fracaso más físico me llevó al logro más literario. Y ese libro, ya publicado completo el año pasado, ha tenido una recepción que me parece extraordinaria para ser mi primera obra.
— ¿Cuál sientes que es tu responsabilidad hacia las mujeres que te leen y te admiran?
La ética. Yo escribo en primera persona, sobre mi propia vida, y no soy un ejemplo a seguir. Me he contradicho, he cometido errores. Pero sí quiero ser honesta. No perfecta, sino honesta. Y desde esa honestidad mostrar que del error también se puede escribir, reflexionar, crecer. No para aleccionar a nadie, sino para hacer válida la vivencia. La vida de las mujeres ya es complicada de por sí, con toda la opresión estructural que cargamos. No se gana nada juzgando. Sí se gana haciendo válidas nuestras experiencias, incluso en la contradicción.
"No quiero ser un ejemplo. Quiero ser honesta. Y eso, creo, vale más."
— ¿Qué cambio urgente hace falta para que las mujeres sean reconocidas como escritoras?
Que los hombres lean a mujeres. Así de simple y así de enorme. Estamos escribiendo sobre temas que nunca se habían escrito: la ética de los cuidados, las violencias estructurales, las opresiones que existían pero no se nombraban. Se está haciendo con más constancia que nunca. Pero si los jurados siguen siendo hombres que no leen a mujeres, si los lectores siguen asumiendo que lo que escribimos es cursi o solo para nosotras, seguiremos siendo invisibles en los premios y en las librerías. El cambio tiene que venir también desde la lectura.
— ¿Qué les dirías a niñas y mujeres que quieren ser escritoras?
Que escriban. Que encuentren la forma en la que se sienten cómodas y libres, ya sea autobiografía, ficción, lo que sea. Que no se limiten por miedos o inseguridades. La mejoría viene después, con la práctica, no con los primeros textos. Y yo escribo autobiografía porque es donde me siento más auténtica, aunque no sea fácil: terminas exponiéndote, vulnerándote. Pero justo ahí está la fuerza. Porque al escribir tu propia vida estás diciendo: mi vida importa, merece ser narrada, merece ser leída con dignidad. Eso, para las mujeres que hemos sido invisibilizadas durante siglos, no es poca cosa.