Imagen: creada con IA
Por: Pilar Pino Acevedo*
“No quiero nada serio, pero tampoco quiero dejar de verte”. La frase se repite con variaciones mínimas en conversaciones que parecen íntimas y honestas, pero que en realidad sostienen uno de los formatos afectivos más característicos de nuestra época: el “casi algo”. En un contexto donde la libertad individual se ha convertido en valor supremo y las estructuras tradicionales de pareja se han flexibilizado, estos vínculos ambiguos se presentan como una alternativa moderna. Sin embargo, más que una simple tendencia generacional, los “casi algo” pueden leerse como una expresión contemporánea de cómo el patriarcado y la lógica neoliberal reconfiguran las relaciones sexoafectivas bajo la apariencia de elección y autonomía.
Perspectiva feminista
Para Coral Herrera, se trata de “vínculos sexoafectivos” que funcionan como una pareja convencional —al compartir intimidad física y emocional—, pero sin etiqueta ni compromiso formal. Se caracterizan por una alta ambigüedad, lo que a menudo genera sufrimiento cuando una de las partes desea formalizar y la otra no.
Este tipo de relaciones normaliza la evasión del compromiso emocional y refuerza dinámicas de poder que perjudican especialmente a las mujeres y a las personas en mayor situación de vulnerabilidad afectiva.
El problema es estructural: desigualdad y ambigüedad, desde una mirada feminista. Los “casi algo” no son prácticas meramente individuales, sino formas de vinculación que se inscriben en un contexto social donde las mujeres han sido socializadas para sostener el trabajo emocional, esperar a que el otro defina e interpretar señales y silencios. En cambio, para algunos hombres resulta cómodo moverse dentro de la ambigüedad, obteniendo beneficios afectivos y sexuales sin negociar compromisos ni asumir consecuencias emocionales.
Es así como los “casi algo” se convierten en mecanismos que perpetúan la asimetría afectiva. Quien menos recursos emocionales aporta suele tener mayor control sobre el vínculo, mientras que quien siente más cede y espera, quedando atrapadx en la incertidumbre. Estas dinámicas suelen enganchar especialmente a las mujeres en un ciclo de espera y ansiedad, manteniendo la esperanza de transformar al otro. Se genera una “montaña rusa” emocional —intensidad versus frialdad— que resulta poco saludable y afecta la salud mental.
Los “casi algo” son una alternativa dentro del espectro de las relaciones modernas y suelen presentarse bajo la bandera de la libertad. Sin embargo, reproducen la lógica patriarcal del amor romántico: la mujer suele invertir mayor energía emocional, interpretar silencios y esperar definiciones, mientras que el hombre disfruta de los beneficios de la compañía, el afecto y la sexualidad sin asumir compromiso alguno.
El feminismo analiza este fenómeno no solo como una experiencia de desamor, sino como una dinámica sexoafectiva que perpetúa las desigualdades de género y la falta de responsabilidad afectiva. Asimismo, cuestiona su idealización y propone la autonomía como alternativa. Se enfatiza el cuidado propio, la necesidad de establecer acuerdos claros —incluso en relaciones casuales— y la importancia de no aceptar menos compromiso del que se desea, rechazando la normalización de la inestabilidad emocional.
No todas las relaciones tienen que ser obligadamente monógamas, pero todas las interacciones y vínculos afectivos requieren cuidado, honestidad y acuerdos explícitos.
Ahora bien, no toda relación ambigua es necesariamente una estrategia consciente de dominación ni toda persona que evita el compromiso lo hace desde el privilegio. En un contexto atravesado por la precariedad laboral, la incertidumbre económica y la movilidad constante, muchas personas temen comprometerse no por desinterés, sino por inestabilidad estructural. El problema, entonces, no es la libertad ni la ausencia de etiquetas en sí mismas, sino la desigual distribución del costo emocional dentro del vínculo. Cuando ambas partes acuerdan con claridad el tipo de relación que desean, la ambigüedad puede ser una elección legítima; cuando no existe esa simetría, la indefinición deja de ser libertad y se convierte en desigualdad.
La estructura social
El fenómeno de los “casi algo” es una construcción social contemporánea que, desde una perspectiva antropológica, responde a los cambios culturales, tecnológicos y económicos del siglo XX. Asimismo, puede entenderse como una manifestación de la “modernidad líquida”, concepto desarrollado por el sociólogo Zygmunt Bauman, quien sostiene que los vínculos humanos en la actualidad son frágiles y tienden a ser efímeros.
Bauman describe la sociedad contemporánea como una etapa marcada por el cambio constante, la fragilidad, la transitoriedad y la desregulación, donde las estructuras sociales sólidas —instituciones, trabajos estables, relaciones duraderas— se disuelven. Este contexto se caracteriza por el individualismo, la incertidumbre y la inmediatez, afectando ámbitos como el trabajo, la comunidad y la identidad.
En esta línea, el sociólogo acuña también el concepto de “amor líquido”, con el que describe las relaciones humanas en la modernidad como vínculos frágiles, inestables y superficiales, marcados por el miedo al compromiso y la búsqueda de gratificación inmediata. Se trata de relaciones efímeras, fácilmente reemplazables y atravesadas por una lógica de consumo, en la que se privilegia la libertad individual sobre la profundidad del vínculo. Se evitan ataduras y proyectos a futuro, priorizando la comodidad emocional por encima del compromiso.
Tradicionalmente, las sociedades contaban con ritos claros para formalizar una pareja —noviazgo, compromiso, matrimonio—. Los “casi algo” operan en un espacio liminal, de tránsito permanente, en el que nunca se pasa de la fase de “conocimiento” a la de “pareja oficial”. Esta falta de definición genera ambigüedad y, a menudo, dolor emocional, al no existir reglas claras ni expectativas compartidas.
En síntesis, Bauman argumenta que, en una sociedad líquida e inestable, las personas tienden a evitar lazos profundos para no sentirse atadas, sacrificando la solidez y la calidez asociadas al amor tradicional.
La influencia de las redes sociales en las relaciones
La cultura del swipe (deslizar) ha modificado las normas de apareamiento. Al percibir que siempre hay alguien más a un deslizamiento de distancia, se reduce la urgencia de formalizar la relación y el vínculo se mantiene en un estado de “posibilidad” constante. El uso de redes sociales como herramienta de seducción permite sostener “la chispa” sin necesidad de encuentros presenciales ni de una conexión profunda.
La constante abundancia de opciones disponibles provoca que las personas duden de sus elecciones, al sentir que podrían encontrar algo mejor. Sin embargo, una relación de pareja sólida se construye día a día: requiere comunicación, límites claros, objetivos comunes y coherencia para sostenerlos. No se trata de obstruir proyectos personales, sino de vincularse en algo compartido con proyección a largo plazo.
No ponerle nombre a la relación para que nadie salga “herido” constituye una forma de irresponsabilidad: una manera de eludir la corresponsabilidad, el cuidado y la ética que deberían regir cualquier vínculo. Para evitar el daño no basta con la ambigüedad; se requiere establecer límites y acuerdos claros desde el inicio.
La responsabilidad afectiva implica alinear palabras y conductas para no confundir ni aprovechar la vulnerabilidad ajena. En este sentido, los “casi algo” no fallan por la ausencia de una etiqueta, sino por la falta de claridad. Decir “no quiero nada serio” mientras las acciones transmiten lo contrario —mensajes diarios, intimidad constante, gestos propios de una pareja— constituye una incongruencia que genera confusión y dolor.
Asimismo, la responsabilidad afectiva supone el compromiso consciente de gestionar las propias emociones y acciones, reconociendo su impacto en los demás para construir vínculos saludables. Se basa en la empatía, la comunicación honesta y el respeto mutuo, con la intención de cuidar a la otra persona.
Existe también una fuerte idealización de lo que “podría haber sido”, lo que hace que la ruptura resulte, en ocasiones, tan dolorosa como la de una relación formal. Se pierde aquello que se imaginó, no necesariamente lo que fue. Muchas personas ingresan en este tipo de vínculos para evitar el riesgo de ser heridas mediante un compromiso pleno: buscan disfrutar de la compañía y la intimidad sin asumir la complejidad que implica una relación consolidada.
Estas dinámicas generan en el cerebro descargas de dopamina y adrenalina, lo que explica su capacidad de enganche. En contraste, las relaciones sanas producen mayor liberación de oxitocina, asociada a la estabilidad y la confianza, por lo que pueden percibirse como menos intensas.
Los “casi algo” reproducen también una lógica de mercado: se buscan beneficios —intimidad, cuidados y sexualidad— sin asumir el costo y la inversión emocional que implica un compromiso formal. Sin embargo, en una relación los conflictos no son necesariamente negativos; pueden ser oportunidades de crecimiento y ajuste interno. Por ello, no resulta saludable huir ante el primer conflicto, roce o desacuerdo.
Un “casi algo” que se prolonga en el tiempo difícilmente puede considerarse amor, aunque exista ternura o atracción. El amor implica una elección sostenida que integra cuidado, compromiso, confianza, respeto y responsabilidad. En estos casos, la ambigüedad puede derivar en dificultades para establecer límites saludables y obstaculizar la construcción de relaciones sanas.
En una cultura que promueve la inmediatez y el reemplazo constante, los “casi algo” parecen coherentes con el espíritu de la época. Sin embargo, cuando la ambigüedad se prolonga y el compromiso se posterga indefinidamente, lo que se erosiona no es solo una relación posible, sino la capacidad de construir vínculos basados en cuidado mutuo y responsabilidad compartida.
Tal vez la pregunta no sea si debemos formalizar todas las relaciones, sino qué tipo de ética afectiva queremos sostener en tiempos de liquidez. Porque si la libertad implica evitar toda definición, pero el costo emocional recae de manera desigual, entonces no estamos ante un avance relacional, sino ante una sofisticación de viejas asimetrías. Y frente a ello, el feminismo no propone volver atrás, sino avanzar hacia formas de vinculación donde la autonomía y el compromiso no se excluyan, sino que se equilibren.
- Pilar Pino Acevedo es economista, feminista marxista y escritora zacatecana. Su trabajo articula análisis político, perspectiva de género y crítica económica desde una mirada comprometida con la izquierda. Es activista por los derechos de las mujeres y de las personas con autismo, causa que atraviesa también su experiencia como madre de una niña dentro del espectro autista, lo que ha fortalecido su voz en la defensa de la inclusión y la justicia social.Ha participado en la colectiva Nantzin Zacatecas y ha colaborado como columnista en La Cueva del Lobo y en la revista literaria El Guardatextos. Actualmente es coordinadora editorial de la revista Tlali Nantzin, donde impulsa la reflexión y el análisis de temas políticos y sociales desde una perspectiva crítica y progresista.