La afirmación y perseveración de nuestro ser: una lectura política del deseo

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Imagen: Tomada de la web, créditos a quien corresponda 

 

Por: Jorge de la Torre*

Afirmo categóricamente que la mayoría de las personas que actualmente viven en este universo físico y corpóreo, inmersos en la sociedad global tardocapitalista, es altamente probable, que se encuentren perdidas en el mundo sin saber de dónde vienen, en dónde están, y a dónde van. Es decir, carecen de un indicador claro, a la manera de un mapa; es decir, un dispositivo que les permita ubicar las coordenadas sobre el lugar en dónde están, y con ello, hacia a dónde pueden ir, y qué dirección seguir. No me refiero a que no exista un conocimiento, claro y racional, sobre nuestro origen y destino personal, o colectivo. Esto lo ha hecho muy bien el conocimiento racional y científico sobre el origen de nuestro universo, el mundo, y los miles de millones de años que tuvieron que pasar para que surgiera la vida inteligente; y con ello, la sociedad humana, que, en su cada vez más compleja realidad, va indagando, o tratando de indagar, cómo es que se le puede dar continuidad a la civilización humana.

Cierto, seguimos en ello, y no quiere decir que esté mal que el conocimiento racional y científico nos ayude a ubicar nuestras coordenadas en el basto universo, y en el basto tiempo; y a partir de ahí, entrever las posibilidades de nuestro destino civilizatorio. Sin embargo, parece que todo el conocimiento racional, no nos ha permitido conocer mejor el mapa de nuestro mundo interior; es decir, de nuestras emociones. O por lo menos, no lo ha hecho del todo efectivo.

Cuando digo, pues, que estamos perdidos, tampoco me refiero a que no exista un sentido de la vida, ya que la mayoría de las personas nos movemos por un conjunto de reglas operativas para ser funcionales en el mundo, y ello, evidentemente señala ya un sentido, aunque sea externo e impuesto. Así pues, lo que sostengo, no implica la referencia a estas consideraciones. Trataré de explicarme mejor utilizando una referencia literaria.

En la obra de la Divina Comedia, Dante, el personaje principal; es conducido por Virgilio, el poeta latino; tanto por el infierno, así como por el purgatorio; hasta llegar finalmente al cielo, en donde encuentra a la amada terrenal, Beatriz, convertida ahora en un espíritu puro que vive el mayor de los gozos posibles. Antes de comenzar el recorrido por el infierno, el purgatorio, y el cielo; el autor, comienza su narración más o menos así: “en una parte de mi vida, me encontraba completamente perdido en la espesura del bosque…” Hasta aquí quisiera hacer explicita la metáfora sobre qué significa “sentirse perdido en la espesura del bosque”. Evidentemente ello implica una metáfora, por decirlo así, existencialista, de quien no sabe en dónde se encuentra en realidad. Es decir, es una metáfora no espacial; sino podríamos decirlo, espiritual. Tiene que ver con la brújula, o el GPS interno, que todos llevamos dentro y que llamamos nuestra alma, o nuestro espíritu. Saber usarlo sería una cuestión básica de sobrevivencia, puesto que carecer de ceguera espiritual, o anímica, redundaría en no saber en dónde se encuentra uno en el mundo, y a dónde puede dirigirse, o qué cosas puede hacer. Ahora bien, repito, no estoy hablando de meramente un extravío geográfico; sino como lo he dicho, el extravío es más hondo, es a nivel humano espiritual. Esta lectura será pues el primer elemento a tomar en cuenta sobre cómo interpretar la metáfora literaria de: “estar perdido en el bosque…” El segundo elemento a tomar en cuenta, es que, una vez iniciado el viaje dantesco, comenzando por el infierno; es muy común que Dante, conducido por Virgilio, se encuentre con otros personajes muy reconocidos de la historia, personajes que gozaron de bienes y fortuna, o de la fama y la gloria del mundo; pero cuya alma se encontraba perdida, y por ello, no alcanzaron la gloria eterna. Lo interesante de cada encuentro, es que lo que se muestra no es una biografía particular de cada personaje, así como el tipo de vida que llevaron en su vida terrenal, y que les hizo terminar en el infierno. Esta es la lectura literal, o al pie de la letra, si se quiere ver así; pero si se quiere leer entre líneas, es decir, tomar el simbolismo de cada encuentro, lo que se puede ver en cada diálogo, es esta necesidad de saber si se usó, o no se usó, la brújula interna de cada cual.

Para tratar de indagar más sobre este punto, trataré de hacer la recuperación del concepto de conatus de Baruch Spinoza expuesto en su obra: Ética demostrada según el orden geométrico, de 1677. El concepto de conatus en Spinoza hace referencia al deseo que tiene cada ente, o ser, para afirmarse y perseverar en el ser en tanto ser existente en el universo físico. Cada ser vivo, o bien, por decirlo así, todo el universo de entidades materiales vivas que habitan este mundo, se mueve por un deseo vital inscrito en ellos. De esta forma, el deseo, bien visto, es tanto nuestro origen, como nuestra brújula básica para conducirnos en el mundo. Espinoza, considerado un racionalista, define el impulso de la inteligencia, en tanto atributo del alma a perseverar en el ser, como voluntad; pero el impulso del cuerpo, en tanto unidad física orgánica a perseverar en el ser, le llamará apetito. Sin embargo, cuando el apetito es consciente; es decir, interviene la inteligencia que reconoce, o sabe de este apetito, entonces el apetito se convierte en deseo.

Así, el deseo es definido como un apetito, o una inclinación de los afectos, o de las emociones de la persona, en tanto corporalidad física, y en tanto el alma se entera, o sigue estas inclinaciones. Spinoza indica que sólo hay tres afectos o emociones básicas. El primero de los tres, y más importante, porque de él se desprenden los otros dos, y todo conjunto de emociones, es el deseo. Luego, aparecen, la alegría, y la tristeza. La alegría se convierte en amor, como resultado de su aumento en tanto potencia a perseverar en el ser; es decir, a elevar la capacidad del deseo corpóreo. Por ello, la afirmación y perseveración de nuestro deseo, es el amor, en tanto la máxima capacidad de la vida natural y orgánica, en estado de conciencia, o reconocimiento de sí, y, de su estado vital.

Spinoza, así pues, señala que la conciencia, alumbra, o reconoce el deseo, siempre y cuando, se tenga a su vez, una idea adecuada. Es decir, tiene que haber una correspondencia, o coincidencia de la mente, con aquello que el cuerpo quiere y ve como bueno para él. La alegría, así pues, es el estado de elevación de las facultades y potencias del cuerpo y el alma, gracias a que nos hemos movido tanto por el deseo, como por una idea adecuada que me permiten perseverar y expandir mis potencialidades y capacidades. En cambio, si en lugar de haber una idea adecuada, lo que tenemos es una idea inadecuada, o errónea; es decir, nuestro entendimiento no logra identificarse con el apetito o afección del cuerpo, lo que resultará, es más bien, tristeza, sufrimiento, desolación. Esta tristeza o desánimo, más que conducir a la elevación del espíritu y el cuerpo, conducirá a una caída en vertical de todas las potencias y facultades que más que realizarme y expandirme, me desrealizarán, y me despotencializarán, oprimiéndome y haciéndome esclavo de estas pasiones, cuyo resultado es el desamor y el odio.  

Ahora bien, otro punto importante, sobre esta afirmación y perseveración de nuestro deseo, es que el deseo no sólo aumenta nuestro ser, sino también aumenta nuestro obrar, o nuestro actuar. Cuando alguien obra o actúa de acuerdo a su deseo, está afirmándose o perseverando en su propio ser y en su propio obrar desde el amor. Así, una lectura política del deseo, señalaría que una sociedad que ha renunciado, o se ha alejado del aumento de su ser, y del aumento del obrar de su cuerpo; y con ello de la alegría, y el amor, se precipita sobre la tristeza, y sobre el odio, dando como fruto, la desesperanza y la opresión, lo cual nos hace menos libres; en cambio, si fluctuamos hacia la alegría, la esperanza y el amor, somos y seremos cada vez más libres en nuestro obrar y actuar.

Quisiera quedarme en esta última lectura política del deseo, para señalar que, si queremos hacer una lectura del estado espiritual de la sociedad moderna ilustrada tecnocapitalista del siglo XXI, empoderada en su racionalidad instrumental, ello nos puede llevar a afirmar que, si hay algo de lo que carece esta sociedad, es del alejamiento y reconocimiento de su deseo. Frente a las tantas ofertas mediáticas y publicitarias de una sociedad del mercado en donde se lucra con el deseo y las emociones, resulta sumamente paradójico y contradictorio, que pretendamos señalar que nuestra sociedad es más libre, o más alegre; y con ello, plenificándose desde el amor; es decir, desde el aumento de nuestras capacidades humanas, tanto físicas como espirituales que nos facultan a ser más libres en el actuar. Sin embargo, parece que es, más bien al contrario. Una posible vía para atender este problema, desde la lectura que he expuesto del concepto de Conatus, desde una obra considerada maldita, pero al mismo tiempo imprescindible como la Ética de Spinoza, nos invitaría a atender esto del mundo interior de las emociones y los afectos, pero no desde una lectura meramente intelectualista, sino materialista, en donde podemos decir, que el orden natural del universo físico se sostiene sobre la afirmación del ser natural que somos. Cualquier movimiento que cancele o anule esto, tendría que verse como una anomalía disruptiva que tiene que revisarse bien a bien. Porque quizá lo que esté ahí privando son dinámicas opresivas, anulatorias, esclavizadoras e invisibilizadoras, en donde podríamos decir: tenemos cuerpo, pero no sentimos; tenemos alma, pero no amamos…

 

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.