
Imagen: Hugo Eduardo Enríquez Ruíz, Sin título, Técnica tint: sobre papel
Por: Hugo Eduardo Enríquez Ruiz*
Érase un vaso que dejé bajo el grifo del fregadero. Un día, como tantos otros que pasan sin dejar huella, el vaso llegó ahí vacío. Estaba un poco sucio de haber contenido muchas veces agua de distintos sabores: unas más ricas que otras, pero todas buenas. Era un vaso grande, con un dibujo grabado muy bonito; un vaso único en la casa.
En aquel grifo había una goma gastada que dejaba caer una gota de vez en cuando. No era constante, pero estaba ahí; parecía depender de la presión del agua, que fluctuaba durante el día e incluso variaba según la estación del año. Poco a poco, aquel vaso fue llenándose. Al inicio las gotas eran muy espaciadas, con mucho tiempo entre una y otra, pero, como todo, la goma fue cediendo, y cada día la gota caía con mayor frecuencia, hasta que el vaso empezó a llenarse.
Al principio las gotas se veían cristalinas, como si el agua que caía fuera potable y sana para beber; sin embargo, con el tiempo el agua se fue enturbiando y, al cabo de los años, aquel vaso ya contenía un líquido que al inicio era puro y sano, pero que se convirtió en agua estancada, oscurecida por el paso del tiempo. Tanto, que incluso el agua limpia que caía se enturbiaba y se descomponía.
Pronto el agua sucia era más que la limpia que entraba. Y eso sin contar que, con los años, aquella goma gastada fue soltando en cada gota un pequeño fragmento de sí misma, desprendido por la putrefacción. Con ello también caían, de vez en cuando, restos de moho y lama que se habían ido acumulando en ese espacio donde debería haber una goma entera y donde solo quedaban vestigios viejos que aún no se rompían del todo.
Al final, después de muchos años, casi veinte, el vaso estaba casi lleno y a punto de desbordarse. Le faltaban una o dos gotas para que el agua comenzara a caer y ensuciara toda la vajilla que estaba junto a él. Fue entonces cuando decidí hacer algo al respecto.
Durante años dejé ese vaso ahí pensando que era la mejor opción: contener el agua en lugar de cambiar o reparar la goma. Creí que era normal que cayera una gota de vez en cuando; pensaba que era parte de la vida cotidiana de la vajilla que siempre hubiera un vaso que contuviera el agua para no manchar al resto de los trastes, hasta que aprendí que hay grifos que no gotean y que las gomas se pueden reparar o cambiar.
Me di cuenta de que yo podía hacer lo mismo, solo que en este caso la reparación no podía hacerla solo; se necesitan otras manos para sujetar las partes del grifo que deben quitarse para arreglar la goma. Lo único que puedo hacer solo es llamar a un fontanero para que la cambie, con el costo que eso implica. Aun así, sigo pensando qué hacer, aunque me queda poco tiempo, pues estoy a una o dos gotas del desastre sanitario para mi vajilla.
El tiempo se acaba y ya he hecho todo lo que estaba en mis manos. Pedí ayuda para reparar el grifo y no me contestaron, así que llamé al fontanero y aún lo estoy esperando. Ojalá llegue a tiempo para evitar el desastre; en fin, ahora solo queda aguardar y continuar viviendo.
Mientras contaba esta historia fui metiéndome en ella y descubrí, al terminar, que mi corazón era un vaso, mi familia una vajilla y mis relaciones una goma a punto de romperse. Me di cuenta de que aquellas gotas de agua fueron frases que primero fueron de amor y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en agresión. Ahora, como en la historia, toca esperar la reparación o al destino que cambie la goma. Esta también puede ser tu historia: observa y analiza tu vida, descubre en qué área resuena esta metáfora y aprovéchalo.
- Hugo Eduardo Enríquez Ruiz de Chávez, originario de Zacatecas, es artista plástico, ensayista y poeta. Médico Veterinario por la UAZ, Maestría en producción porcina por la Universidad Autónoma de Barcelona.