
Imagen: "La acumulación capitalista dependiente y la superexplotación del trabajo, de Ruy Mauro Marini.
Por: Jorge de la Torre*
Un fantasma recorre el mundo. Es el fantasma del miedo y el odio al otro. El otro que no es de mi grupo social, que no es de mi nivel económico, o de mi grupo étnico, o mi grupo ideológico; el otro, también es el paria, el desclasado, el desempleado, el delincuente, el extranjero, el migrante. Son tiempos en que podemos testimoniar cómo se está desarrollando esta narrativa de miedo y terror producido por el capitalismo militarizado, en tanto sistema que organiza de forma sistematizada con su complejo industrial, técnico y militar, la vida social con la conformación política de lo que llamo el Estado carcelario.
El Estado carcelario surge en el proceso del sistema mundo con la avanzada del sistema capitalista y alcanza su mayor auge con el Estado neoliberal. La impronta política de este modelo de Estado carcelario no sólo cancela los modelos de participación democrática que puedan surgir por parte de la sociedad civil organizada, sino que, además, se impone como el único modelo de poder civilizatorio. En términos de Thomas Hobbes y de Max Weber, el Estado carcelario es la única entidad política para ejercer el poder y el control de forma legítima y única, por medio del monopolio del uso de la violencia, siempre de forma vertical, es decir, avasallando y sometiendo a los más débiles. De esta forma el Estado carcelario es la única entidad política con permiso para vigilar y castigar a quien se considere un peligro, o sea señalado por el mismo poder como una amenaza, bajo el pretexto de consolidar la paz social, aunque alcanzar esta paz implique generar terror y asesinar.
Marx reparó en las contradicciones del Estado carcelario, pero incorporó un pequeño matiz, ya que el Estado, en tanto la entidad política que ostenta el monopolio de la violencia, no lo hace por mero impulso de muerte, o de poder; sino bajo una compulsión de acumulación. Así el uso del miedo y el terror del Estado carcelario, ha favorecido la actividad productiva como un elemento dinamizador de la nueva sociedad industrial, en demerito de las tradiciones comunales, es decir, del arraigo a un territorio común. La categoría que utilizó Marx fue “la acumulación originaria”, con ella cierra su obra más importante, El Capital, (1867), en tanto, estudio sobre el nacimiento del sistema capitalista y su lógica productivista:
A fines del siglo XV y durante todo el XVI, se dictasen en toda Europa occidental una serie de leyes persiguiendo a sangre y fuego el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios” como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas.[1]
Rosa Luxemburgo, hace igual pronunciamiento respecto al papel del sistema capitalista militarizado, y su dinamismo civilizatorio dentro de la matriz cultural del desarrollo del sistema mundo, como matriz hegemónica de producción de significado a partir de la lógica compulsiva de la acumulación de la sociedad moderna occidental:
El militarismo ejerce en la historia del capital una función perfectamente determinada. Acompaña los pasos de la acumulación en todas sus fases históricas. En el período de la llamada “acumulación primitiva”, esto es en los comienzos del capital europeo, el militarismo desempeña un papel positivo en la conquista del nuevo mundo y de la India. Así mismo más tarde, en la conquista de las colonias modernas, en la destrucción de las corporaciones sociales modernas, en la destrucción de las corporaciones sociales de las sociedades primitivas y en la apropiación de sus medios de producción, en la imposición forzosa del comercio de mercancías en países cuya estructura social es un obstáculo para la economía de mercado, en la proletarización violenta de los indígenas y la imposición del trabajo asalariado en las colonias, en la formación y extensión de esferas de intereses del capital europeo en territorios no europeos, en la implantación forzosa de ferrocarriles en países atrasados y en la ejecución de créditos del capital europeo provenientes de empréstitos internacionales. Finalmente, como medio de la lucha de los países capitalistas entre sí por la conquista de territorios de civilización no capitalista.[2]
Para Zigmunt Bauman, el sistema capitalista militarizado alcanza su mayor éxito al imponer un cerco sanitario, que no sólo es mediático, sino empíricamente efectivo distinguiendo a las sociedades entre violentas y pobres; o desarrolladas y civilizadas; entendiendo con esto último, sociedades que ostentan un alto consumo conspicuo; es decir, un consumo de mera ostentación, pero que funciona bien para establecer la tipología social entre integrados y afines al sistema capitalista militarizado; o bien, excluidos y enemigos del Estado carcelario.
Las fronteras del delito cumplen la función de las llamadas herramientas sanitarias. Cloacas a las que se arrojan los efluvios inevitables y tóxicos. Este es el estímulo principal de la sociedad de consumo. Las sociedades desarrolladas cercan sus fronteras. Lo que pasa fuera de ellas son imágenes de guerras, asesinatos, drogas, saqueos, enfermedades contagiosas, refugiados y hambre. Pero las armas que se usan en las guerras civiles de esos países salieron de las fábricas de los países desarrollados.[3]
El mismo Bauman, señala como el Estado carcelario, en tanto dispositivo de control penal y jurídico, alcanza su cénit con el auge y desarrollo del Estado neoliberal en las últimas décadas; convirtiéndose así en la mejor versión de la unidad política, geográfica y territorial, para la compulsiva acumulación de la riqueza, por medio del sistema y complejo militar; con la firme intención de regular, administrar y gestionar la vida opulenta, de la vida corrompida y miserable, pero sobre todo indigna.
En 1972, la Corte Suprema de EE.UU. Dictaminó que la pena de muerte era arbitraria y caprichosa y como tal inadecuada para servir a la causa de la justicia. En 1988, la Corte permitió la ejecución de jóvenes de 16 años de edad. En 1989, de retrasados mentales. En 1992, dictaminó que el acusado podría ser inocente, pero estaba en condiciones de ser ejecutado si los juicios habían sido realizados de forma debida y se ajustaban a la Constitución… A comienzos de 1994, 2,802 personas esperaban su ejecución en las cárceles estadounidenses, 102 eran afronorteamericanos y 33 eran menores de edad. La mayoría proviene de los rechazados por la sociedad de consumo. La clase marginal. La pobreza deja de ser un tema de política social para convertirse en un asunto de justicia penal y criminal”.[4]
Por otra parte, Nils Christie, señala en su obra: “La industria del control del delito, 1993”, cómo las distintas sociedades occidentales, dependen cada vez más de la industria carcelaria como un negocio redituable y altamente eficaz para impulsar el desarrollo económico, al realizar la separación de los productivos de los no productivos; los que aportan y los que no; los que participan del glamour y el deseo de avivar y perpetuar la sociedad de consumo, de los que son impresentables y merecedores de repudio.
Las sociedades occidentales enfrentan dos problemas principales. La distribución desigual de la riqueza y la distribución desigual del acceso al trabajo remunerado. Ambos problemas pueden dar lugar a disturbios. La industria del control del delito está preparada para enfrentarlos: provee ganancias y trabajo al mismo tiempo que produce control sobre quienes de otra manera perturbarían el proceso social. Esta industria cumple con tareas de limpieza, al extraer del sistema social elementos no deseados. El mayor peligro del delito en las sociedades modernas no es el delito en sí mismo, sino que la lucha contra este conduzca las sociedades hacia el totalitarismo.[5]
Así pues, uno de los grandes peligros de la consolidación del Estado carcelario y el capitalismo militarizado, bajo su compulsión de acumulación, es que éste devenga un sistema político totalitario en donde la población y la ciudadanía sea criminalizada, prisonada y guetizada de forma arbitraria. Otros autores como Michel Foucault, quien desarrolló el tema de Estado policía; o Giorgio Agamben, que desarrolla el concepto de Estado de Excepción, o, Loïc Wacquant, que desarrolla el concepto de Estado penal; son autores que nos permiten visualizar la estela de terror del fantasma que recorre el mundo. Un fantasma que está infiltrándose incluso ahora en las sociedades desarrolladas, como justo está ocurriendo en nuestros días al interior del propio USA, a partir de los sucesos que han estado ocurriendo en Minnesota.
[1] Cf. Marx, Karl. El capital. Cap. XXIV. Apartado 3. Leyes persiguiendo a sangre y fuego a los expropiados, a partir del siglo XV. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/eccx86s.htm
[2] Cf. Luxemburgo, Rosa. Capítulo XXXII. "El militarismo como campo de la acumulación del capital" en La acumulación del capital (1913). p. 225. https://www.marxists.org/espanol/luxem/1913/1913-lal-acumulacion-del-capital.pdf
[3] Cf. Bauman, Zigmunt. Capítulo 4. La ética del trabajo y los nuevos pobres. En Trabajo, consumismo y nuevos pobres. (1999). pp. 99-126.
[4] Cf. Ibid.
[5] Cf. Nils, Christie. La industria del control del delito. ¿La nueva forma del holocausto?, 1993.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.