
“El diálogo”. Imagen del portal académico CCH, UNAM.
Por: Angélica Meneses
El uso actual de las redes sociales como medio de comunicación y marketing, se ha distanciado progresivamente del que se la daba cuando emergieron. En sus inicios, se nos promovieron como espacios para quienes nos conocíamos, incluso para conocer otras con intereses afines y formar comunidades virtuales. Fuimos del compartir nuestra cotidianeidad a considerarlos como plataformas profesionales y/o de negocios, al mismo tiempo comenzamos a consumir anuncios publicitarios sobre mercancías que los propios algoritmos nos configuraron y opiniones de un montón de instituciones y personas sobre literalmente cualquier cuestión y a todas horas. En esta era de la sobreexposición que ha sido llamada también de la posverdad…¿a quiénes les concedemos el derecho de opinar? Y lo más importante, que es tema de este escrito, ¿por qué es que hay un montón de personas opinando sobre todo, y otras han decidido dejar de opinar?
El siglo XXI ha traído consigo una sensación de que el tiempo va más de prisa; sin duda el escenario neoliberal de los avances tecnológicos y las crisis económicas recurrentes tuvieron como consecuencia la pérdida de conquistas laborales históricas como la jornada de 40 horas, asignación de plazas definitivas y los sistemas de pensiones, han provocado que las generaciones pasadas que no se beneficiaron por el sistema así como a las actuales a permanecer prácticamente toda la vida en incertidumbre, teniendo empleos temporales donde se solicitan perfiles en redes sociales, reduciendo comunidades por falta de tiempo, agotamiento, estrés, pero también una sensación de que no tenemos los suficientes elementos para opinar o tal vez ni siquiera tenemos ganas de eso, lo cual resulta paradójico en sociedades con acceso a redes sociales donde se puede expresar lo que sea en tiempo real, sin la responsabilidad de mirar siquiera de frente al foro, chat o lugar virtual en que se emiten dichas opiniones.
Cada día hay más y más personas que se han posicionado como creadoras de contenido, formando comunidades virtuales que pueden ser de millones. A pesar de que las “reglas” son claras, existen un montón de faltas (de información, de valores, de crear comunidad, etc.) que van construyendo diálogos y narrativas alrededor de los temas que se abordan, lo que tal vez no es de interés de esas personas pero, hay otras personas justo por esta razón han dejado de tomar espacios públicos y virtuales. ¿En qué momento pensamos que carecemos de cualquier tipo de autoridad para hablar? Podría asegurar que por no querer lidiar con esos grupos, pero también por algo que es mucho más grave: las consecuencias de las opiniones en los círculos cercanos y un exceso de opinómetros que nos colocan en lo insuficiente o extremamente algo. No hacen pensar somos lo suficientemente sur para opinar sobre el sur, o pertenecemos a un lugar epistemológico distinto del epicentro de lo que sucede.
Nuestros tiempos aún cargan con la tendencia a absolutizar, polarizar y teorizar absolutamente todo, aunado a la creación de la posverdad como nuevos escenarios (que son una extensión de los viejos y conservadores); pero la buena noticia es que también este siglo invita a reflexionar todas aquellas leyes y verdades del siglo pasado que hoy día pueden ser cuestionables en tanto su alcance o que invitan a repensar la manera en que pueden complementarse con otras formas; es decir, que verbos como intentar, aproximar, problematizar y sentipensar pueden ser muy útiles a la hora de expresar lo que sea que queramos decir desde nuestros posicionamientos/conocimientos, dejemos a un lado las “verdades absolutas” y optemos por la oportunidad para seguir aprendiendo y reinterpretando, sigamos opinando sobre lo que sucede desde donde estamos, porque de esta manera volveremos al diálogo directo e invitaremos a nuestras comunidades a hablarnos desde su realidad y diversidad, tejiendo de este modo narrativas más a tono con esta realidad global multipolar que nos ha tocado vivir.
- Angélica Araceli Meneses López es mexicana, economista, diplomada en Economía y Negocios Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón (FES Aragón), especialización en Desarrollo Social por el Posgrado en Economía, maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras (FfyL), todas integrantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Experiencia en organizaciones sociales y perspectiva de género a partir de generación de la generación de instrumentos cualitativos y trabajo en campo para asociaciones de la sociedad civil, instituciones públicas y académicas. Actualmente doctorante de la Unidad Académica en Estudios del Desarrollo por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Intereses de investigación: feminismos, género y política social.