Revolución, posfundacionalismo y posverdad en el México del siglo XXI

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Imagen: creada con DALLE

Por: Jorge de la Torre*

(Segunda Parte)

Volviendo a Habermas, y su propuesta de que es en el uso del logos, es decir, de la palabra, que se va revelando quiénes hemos sido, quiénes somos, o quiénes seremos; vale la pena recuperar el término de: “gramáticas del reconocimiento”, para apelar a la idea de que es desde el discurso desde donde nos vamos constituyendo como entes sociales. Una primera lectura de ello, es que nuestra identidad personal y social está cimentada desde el discurso y la palabra. Otra lectura, es que la posibilidad de lograr la emancipación de la diversidad social y cultural, depende del reconocimiento de la diversidad de los modos del decir, del pronunciar y del referenciar. Si esto es así, entonces la sociedad del siglo XXI sólo se puede constituir sustituyendo el sentido utópico revolucionario de los liberales progresistas con aspiraciones socialistas; y los liberales conservadores de corte capitalista, por medio de la palabra y el discurso. La emancipación del logos, de esta forma, sería una emancipación cultural de la diferencia que permite trascender una ética de la mismidad, es decir, una ética etnocéntrica y supremacista en todos los niveles, raciales, religiosos y económicos.

Lo que Habermas nos dice con esto, es que, a partir del fin de la utopía emancipadora moderna, revolucionaria en todas sus acepciones, lo que nos queda, es decidir por la vía del discurso, desde una ética dialógica, el destino de nuestra andadura humana. El único fundamento con el que contamos es lo que surja de la deliberación racional, es decir, de la recuperación del logos para que éste nos permita la comprensión del tipo de humanidad en que habremos de devenir.

La conclusión de Habermas nos remite al posfundacionalismo. El posfundacionalismo se ha estudiado políticamente acompasado desde el desencantamiento de la modernidad ilustrada. La tesis fuerte es que no tenemos un sólo y único fundamento que sea genuino en términos esencialistas, es decir, que sea universal y necesario. Por lo tanto, si no hay una esencia única, o un fundamento, no hay un destino humano definido.

La izquierda heideggeriana se apropiará de esta conceptualización para darle un tinte político existenciario. El fundamento del hombre, es el hombre mismo, el hombre concreto que está aquí y ahora. No hay nada más allá de eso. Por ello, resulta sumamente necesario, que si no hay un fundamento en sí. Hay que crearlo desde la finitud humana, esto es, hay que decidirlo políticamente.

En estos términos, una última revolución es la revolución feminista, que de forma paralela está proponiendo el llamado: “giro afectivo”, un nuevo giro que va más allá del giro copernicano. Ésta es quizá la revolución que marque cómo se irá perfilando el siglo XXI. Con ello, se critica no sólo el sistema capitalista patriarcal logocéntrico, sino la hegemonía en la historia de la subjetividad masculina, la cual ha configurado el mundo en su dimensión cultural. Esta es quizá, la revolución política más actual y vigente, que confronta cómo hemos de vivir y cómo nos hemos de plantear la continuidad del proyecto civilizatorio moderno, si acaso merezca la pena su continuidad, que no la continuidad de la vida, o la especie, sino del sistema que nos hemos inventado culturalmente.

En México, también hemos tenido nuestras revoluciones, y podemos decir que todas las revoluciones modernas se conjuntan en lo que actualmente está pasándonos a los mexicanos. La primera fue emancipatoria e independentista para liberarnos de la corona española. Es decir, del orden monárquico feudal y absolutista, al igual que la mayoría de los países, en donde se gestaría la formación política de lo que conocemos hoy día como el Estado nación. Posteriormente, tuvimos otro conflicto que llamamos Guerra de Reforma, y que fue parte del eco de la revolución cultural de Martín Lutero; ya no sólo de Copérnico. La religión católica que se había enquistado en la vida política desde la etapa de la colonia, y se mantenía como un resabio del pasado monárquico virreinal, perdería con este acontecimiento su estatuto hegemónico en la vida del país. Finalmente, tendremos la más emblemática de las revoluciones del país, la llamada revolución mexicana de 1910 a 1917. Con ello, al igual que las anteriores, se marca un antes y un después en las condiciones de vida de la población. Un dato interesante, es que antes de la revolución mexicana, sólo el 5 por ciento de la población sabía leer y escribir, es decir, el 95 por ciento de la población era analfabeta. En cuanto a la tenencia de la tierra, ésta estaba concentrada sólo en el 1 por ciento de la población, mientras el 99 por ciento, no tenía ningún tipo de propiedad.

Actualmente en el México del primer cuarto del siglo XXI, a poco más de 100 años de la última revolución, y poca más de 200 de la primera, nos encontramos en un proceso político novedoso dentro de lo que ideológicamente podríamos clasificar como un movimiento político liberal progresista de aspiraciones socialistas. Para algunos, este movimiento, considerado dentro del espectro de la izquierda mexicana, comenzó en 1968 con la lucha estudiantil; es decir, con el alzamiento de los hijos universitarios de la clase media urbana naciente; para otros, comenzó en 1988, con la convicción de conjuntar a los partidos de izquierda en un sólo partido después del fraude electoral del PRI para imponer a Carlos Salinas de Gortari. Para otros, comienza en 1997 con el arribo de un gobierno de izquierda, el PRD, a la capital del país. Posiblemente para otros, apenas comienza en el año del 2018, fecha en que, por primera vez en la historia moderna del país, llega la izquierda política al máximo órgano de poder, es decir, al de la presidencia de la república con Andrés Manuel López Obrador. Posteriormente este mismo proyecto político, logrará aumentar su cuota de poder ampliando su influencia al adjuntarse a la mayoría de los estados del país, así como al Poder Legislativo. El segundo poder en importancia en la jerarquía institucional del país. Quizá para otros, en realidad apenas esté comenzando a partir del año 2024, fecha en que la primera mujer, Claudia Sheinbaum Pardo, logra alcanzar la máxima investidura de poder y gobierno del país. Para otros, las dos figuras son parte de un mismo proyecto, en donde se van acumulando triunfos políticos como el de la reforma al Poder judicial, es decir, la conquista del tercer poder a nivel institucional.

Todo esto nos hace suponer que tendremos hasta el 2030, en términos formales, 12 años de un gobierno progresista que pondrá en la balanza de la historia si hay efectivamente un cambio revolucionario, es decir, un proceso de emancipación que permita suponer que las condiciones de vida de un país han mejorado y cambiado para bien, y que efectivamente se puede hablar de un antes y un después. Hemos visto que los cambios históricos son procesos que paulatinamente se van fraguando, por lo que podemos pensar que son pocos años para ver un antes y un después a nivel sustantivo. Sin embargo, si revisamos los procesos revolucionarios que hemos mencionado, estos sí han marcado el sentido o la direccionalidad histórica que habrá de tomar una sociedad determinada, aunque sus resultados se vean posteriormente.

Vale la pena resaltar cuál es el escenario en que se está dando esta novedad histórica en nuestro país. En primer lugar, hay que señalar la propagación del ideario liberal conservador a nivel internacional, el cual se está conjuntando, utilizando la posverdad para confrontar, no en términos de lucha ideológica, al progresismo mexicano; considerado por algunos, como el ariete del progresismo internacional del siglo XXI; sino en términos de algo que se llama en lógica, una falacia ad hominen, es decir, con ataques a la persona. Alejándose con ello, de cualquier posibilidad de una ética dialógica, es decir, de la posibilidad de ejercer las gramáticas del reconocimiento entre universos culturales disimiles.            Considero que unas coordenadas pertinentes para hacer una propuesta que permita superar esta confrontación político ideológica, tendría que darse a partir de lo que he tratado de enunciar a lo largo de este texto. Lo deseable, insisto, sería asumir una ética dialógica desde la propuesta de la racionalidad comunicativa habermasiana, ante una sociedad desencantada dentro de un contexto posfundacionalista y manipulada desde la posverdad. Lo no deseable, considero, sería ver la crecida de la posverdad en un escenario radicalizado en donde a partir de la IA, los mass media, y una orquestación a nivel internacional, se busque cargar los dados a favor del proyecto político hegemónico de la Modernidad, y con ello, la perpetuidad del aburguesamiento del mundo, sepultando nuevamente a la revolución de la clase trabajadora, cuyo proyecto emancipador no se ha concretado, en gran parte por la contención que de suyo ha hecho el proyecto liberal hegemónico de corte conservador.

El afán emancipatorio de los modernos, que incluye a ambos proyectos en su punto de arranque, considero que no tiene que quedar en el olvido de la historia. Creo que si hay algún punto en común que puede unir a ambos proyectos políticos, es este afán emancipatorio. En este sentido, la propuesta habermasiana puede ser un referente ante la discordia imperante. Sobre todo, considerando el sentido fuerte del término comunicación, en donde el discurso y la palabra son los generadores de sentido, del significado que nos conforma a nivel personal y a nivel social. ¿Será pues, el discurso en sentido fuerte, como creador de sentido y significado, aquel que nos permita trascender el contexto de la deriva posfundacionalista y de la posverdad que actualmente estamos viviendo en el México del siglo XXI?

 

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.