
Imagen: creada con DALLE
Por: Jorge de la Torre*
(Primera parte)
Una vez que se dio la primera revolución humana, la revolución cognitiva, hace más de 2 millones de años, que nos permitió ver el mundo bajo una luz nueva; el cerebro humano no ha cambiado ni un ápice a nivel de la especie biológica llamada Homo sapiens. Lo único que ha cambiado y ha configurado una realidad distinta, es el cambio cultural. Esta diferenciación cultural es una prerrogativa del instrumento civilizatorio que llamamos lenguaje, desde el cual concebimos el mundo y a nosotros en él. Desde el tiempo de las cavernas en donde los hombres plasmaban su mundo y realidad, a través de rituales de corte simbólico, hasta nuestra época; el hombre no ha dejado de ser un animal simbólico para representarse el mundo imprimiéndole un sentido particular desde su subjetividad.
Veamos cómo se lleva a cabo esta representación simbólica en el escenario actual, a partir de una propuesta llamada, la racionalidad comunicativa, del pensador alemán Jürgen Habermas, heredero de la concepción revolucionaria marxista del siglo XIX, plasmada en la obra de Marx y Engels: “El manifiesto comunista”, de 1848; aquella obra que enarbolaba la consigna: “¡Obreros de todo el mundo, únanse, no tienen nada que perder, salvo sus cadenas!”.
Habermas pertenece a la llamada Escuela de Frankfurt, aquella que fundaron Max Horkheimer y Teodoro Adorno a principios del siglo XX, para continuar con la predica marxista, en tanto crítica hacia el sistema capitalista y su lógica de poder; para mantener el crecimiento continuo del capital industrial y financiero internacional, desde el acaparamiento y el despojo; generando condiciones de explotación generalizada para la clase trabajadora y con consecuencias funestas para la naturaleza en el mundo moderno. La tesis principal frankfurtiana pone el acento en que para que el sistema capitalista puede mantenerse vigente, es necesario y vital, mantener el control y dominio del entorno publicitario y cultural, y con ello, el ámbito de la conciencia pública, es decir, el dominio de la subjetividad.
Por otro lado, Habermas, es también, al mismo tiempo, un defensor de la vía liberal; esto es, la apuesta por que sea el Estado liberal democrático moderno el que puede salvar a la humanidad de la barbarie, en tanto éste condensa todas las revoluciones modernas de la sociedad occidental. El sentido moderno de revolución implica, ruptura, cambio, o giro radical ante el orden actual de cosas. Podemos señalar que el primer giro o revolución, en sentido moderno, arranca con la publicación del texto de Nicolás Copérnico: “Sobre la revolución de las orbitas celestes”, en 1543. Esta revolución científica a su vez impulsará a la revolución industrial, de la cual, con la IA, estamos actualmente en lo que llaman la cuarta revolución.
La apuesta de Habermas hacia la configuración social y política moderna conocida como Estado nación, será por la vía de la democracia deliberativa, en tanto el campo de la lucha ideológica sustentada en la deliberación racional, o el debate de ideas, sobre cómo habrá de vivir la humanidad que se mueve en la esperanza moderna de la emancipación. Aquella que Kant resumió con su opúsculo llamado ¿Qué es la ilustración? de 1784, y su famosa sentencia, Sapere aude, que se traduce como “atrévete a saber”, y que básicamente invitaba a la emancipación humana de toda forma de tutelaje y de dependencia. Así pues, la humanidad ilustrada moderna, desde este ideario, ha tenido desde entonces el afán de una emancipación ilustrada por la vía del ejercicio del entendimiento humano.
Kant escribió este opúsculo poco antes que diera comienzo la revolución francesa de 1789. Con ello, podemos conjeturar, que lo que se estaba cocinando a fuego lento, era el advenimiento de una nueva humanidad, que habría de enfrentarse a la necesaria indagación de qué elementos ponderar; o bien, cuáles eliminar, y a cuáles invertirles tiempo, dinero y esfuerzo, para la construcción de una sociedad buena; es decir, emancipada de sus condiciones de opresión y de miseria. Igualmente se puede citar en este terreno el caso de la revolución inglesa, que se oponía al absolutismo monárquico a favor del parlamentarismo, entre 1642 y 1688; así como la misma revolución norteamericana de 1776, conocida como la revolución de las trece colonias.
Podemos situar este ideario liberal y democrático revolucionario, como una búsqueda de emancipación de la población en general, tanto de origen burgués como de origen obrero, que aspiraban a mejorar sus condiciones de vida dejando de lado las dinámicas y patrones culturales de la sociedad feudal. Pronto, el Estado moderno de corte liberal democrático fue consolidando y promoviendo a la economía liberal burguesa. Aquella que permitió que el capital industrial y financiero se expandiera a nivel internacional y que hoy en día sigue manteniendo su estatuto hegemónico.
Una nueva revolución se estaba preparando para darle una nueva dirección al moderno afán emancipatorio revolucionario moderno que había comenzado con Copérnico. Se trataba de la revolución de los trabajadores, quienes llevaron la lucha política ideológica retomando algunas ideas de los utopistas franceses, quienes también al igual que Kant, buscaban la emancipación de una nueva humanidad.
Esta revolución proletaria tiene varios episodios. El ciclo revolucionario liberal continuó en 1820 y 1830, pero a partir de 1848, fecha que coincide con la aparición del Manifiesto comunista de Marx y Engels, cobra un matiz de corte proletario, y no es sino hasta la llamada comuna de París en 1871, que se puede señalar el proyecto político como independiente, o alterno a las revoluciones liberales.
Los intentos de consolidar una revolución de corte social, a favor de la clase trabajadora, pronto fue apagada por el poder de la nueva clase social política y económica de liberales capitalistas, que ya estaban en el poder desde hace algunos años, y que habían desplazado el viejo orden monárquico feudal y aristocrático. Las revoluciones políticas desde entonces, podemos decir, tienen una fuerte carga de tintes liberales y democráticos conservadores, pero en el fondo, se esconde la revolución que no se ha podido fraguar, que es la de la clase trabajadora.
La revolución rusa, la cubana, y la china, en el siglo XX, han sido intentos de llevar a cabo el ideario revolucionario con una orientación, no de revolución liberal burguesa, sino de una revolución estrictamente socialista, es decir, un movimiento político emancipatorio que surja desde las aspiraciones de la clase obrera y campesina; no de una clase mercantil como ha sido la clase burguesa que se emancipó bastante bien del orden aristocrático feudal por medio del liberalismo económico y político.
Retomando a Habermas y su idea de democracia deliberativa. Podemos decir que teóricamente la democracia deliberativa parecía una buena propuesta ilustrada. Sin embargo, en la práctica, la propuesta para el devenir de la sociedad global del siglo XXI no parece ofrecer este espíritu emancipador ilustrado, sobre todo, porque operan intereses de gran peso, que no tienen nada que ver con las condiciones de un terreno neutral que convoque verdaderamente al diálogo político entre actores sociales con interés y condiciones disimiles.
Habermas escribió un texto en 1989, cuya tesis me gustaría comentar, pero antes quisiera poner en contexto lo siguiente a partir del propio Habermas. El año de 1989 fue el año en que el muro de Berlín cayó, dando comienzo, al actual orden mundial y geopolítico en el que nos encontramos. Es decir, con la caída del muro de Berlín, se acabó el mundo bipolar y la confrontación ideológica entre capitalismo y el llamado socialismo real, pero también termina el siglo XX, que comenzó, según Habermas, con el comienzo de la primera guerra mundial en 1914.
Así pues, lo que definió al siglo XX, fue la barbarie de las guerras y las confrontaciones ideológicas. Uno podría pensar, que, si esto fue así durante el siglo XX, entonces el siglo XXI, será un siglo de sosiego y de reflexión. La propuesta deliberativa democrática de Habermas, tiene su punto de apoyo y arranque a partir de aquí.
El texto al que me remito se llama: “La crisis del estado de bienestar y el agotamiento de las energías utópicas”. En este texto se puede ver que Habermas considera que con el fin del siglo XX, y comienzo del siglo XXI, estaba naciendo un nuevo paradigma que sustituiría el proceso de subjetivación del utopismo emancipatorio moderno, tanto de carácter burgués, como de carácter obrero; así como su influencia en la configuración del Estado liberal, desde dos proyectos, que han luchado por la disputa por la hegemonía, entre una especie de progresismo liberal con aspiraciones socialistas, mucho más marginal y fragmentario; y el campeón ideológico del liberalismo conservador de corte capitalista.
El nuevo paradigma naciente en el siglo XXI será el de la comunicación. Pero la comunicación no únicamente en el sentido débil del término, que podemos decir tiene que ver con la industria de los mass media, y su papel protagónico para promover componentes ideológicos a favor o en contra de uno de los bandos en disputa; generalmente hay que decirlo, a favor del bando liberal conservador. A este fenómeno se le ha adjudicado el término de posverdad. Con ello se señala cómo los interés políticos y económicos dominan el espectro informativo que alimenta a la conciencia y opinión pública, manipulando la información y cargando los dados, como se dice coloquialmente, generando un discurso de verdad y validez sobre la realidad y el mundo, desde una visión parcial y fragmentaria de la verdad, pretendiendo que ésta se absolutice.
Continuará…
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.