
Imagen: Generada por la DALLE
Por: Jorge de la Torre
Las recientes noticias del joven Lex Ashton de 19 años, nos debe interesar para revisar qué está pasando con la salud mental de las juventudes, así como los distintos contextos en los que se mueven, y con ello, poder avizorar el tipo de individuos que está produciendo el sistema social actualmente, y así mismo, poder entrever qué tipo de humanidad hemos devenido, y, por lo tanto, poder entender qué tipo de humanidad podremos esperar en los próximos años.
Lex Ashton quien estudiaba la preparatoria en el CCH Sur (Colegio de Ciencias y Humanidades) de la UNAM, publicó en sus redes sociales, que iba a cometer un atentado, para después durante el suceso en cuestión, asesinar a un joven de 16 años que simplemente comía gomitas con su novia. Lex Ashton, además, hirió a la chica, así como a un trabajador del plantel que buscó detenerlo, y quien seguramente impidió que hubiera más víctimas. Ashton, después de llevar a cabo estos ataques, intentó quitarse la vida saltando del tercer piso de su escuela. Hoy después de varias semanas de recuperación, se encuentra en la cárcel.
Este hecho nos tendría que sacudir como sociedad, y así mismo nos tendríamos que cuestionar por la naturaleza de tal acto, ¿este acto es un hecho aislado de índole individual?, o bien, ¿es más bien parte de una dinámica general en donde todos nos deberíamos reconocer como personas vulneradas por el sistema social? En lo que sigue, intentaré esbozar unas breves líneas para tratar de responder ante este evento, con el ánimo de dar pistas a cualquiera que quiera responderse qué nos está pasando como sociedad.
En primera instancia quisiera partir de un hecho constatable. La tendencia creciente de la ausencia de vínculos reales, sustituidos por vínculos virtuales en sociedades digitales como la del siglo XXI, en donde las necesidades de vínculos tribales que han estado en el ADN de la especie, empiezan a transformarse y empiezan a mutar. Con ello, me refiero a los nuevos entornos digitales que permiten la creación de comunidades virtuales como refugio y campo de socialización de sus miembros. Es el caso de la comunidad “incel”, la comunidad virtual a la que pertenecía el joven Lex Ahston. Esta comunidad virtual se asume como una comunidad de miembros que han fracasado en el terreno sexual por no ser físicamente atractivos para las mujeres. Esto debería hacernos recordar a Emile Durkheim y sus estudios sobre el suicidio. Durkheim dice que la falta de sentimientos domésticos nos hace más proclives a una conducta mórbida como el suicidio. Así pues, sentirnos que no somos parte de nada, experimentarnos sin lazos sociales que nos den el sentimiento de integración y cohesión social, nos deja sumamente vulnerables ante el acelerado proceso de expansión industrial de las sociedades desarrolladas. En sus estudios, Durkheim señala que los individuos que viven en pequeñas comunidades, en donde son reconocidos por sus pares, están casados, y tienen familia; tienen un cinturón moral de protección que los hace menos vulnerables al suicidio, comparado con aquellos que viven en ciudades grandes, que además de ser entornos despersonalizados, viven en soledad. Así pues, son los solteros los que presumiblemente pueden recurrir a este tipo de conducta, siendo más vulnerables que los que están casados y tienen familia.
Hay que recordar, por otro lado, que Durkheim además de este tipo de suicidio, que llamó anómico, por la ausencia de lazos morales, estableció una tipología en donde hay otros 3 tipos de suicidios. El suicido altruista, que es un suicidio en donde se arraigan los sentimientos de integración a nivel superlativo. Esto puede hacer que los sujetos se sacrifiquen a sí mismos al sentirse intensamente identificados o integrados a algún ideal o proyecto. Por otro lado, está el suicido fatalista. En este tipo de suicidio, lo cometen los sujetos que padecen un exceso de control de normas sociales. En un entorno asfixiante los sujetos cometen este acto como un signo de rebeldía. Finalmente está el suicidio egoísta, cometido por sujetos incapaces de sentir empatía o solidaridad hacia los demás, o sentirse parte de algo, o por lo menos parte de un proyecto de cualquier índole ya sea: religioso, deportivo, cultural, político, etc.
En todos los casos se revela la difícil tensión de devenir sujetos sociales normados por un colectivo. En este sentido es indudable que devenimos seres sociales gracias a la interacción con otros humanos. Giacomo Rizzolatti, un neurocientífico, acuñó a finales del siglo XX, el término de neuronas espejo para señalar la importante función de algunas partes del cerebro humano, en donde se encuentran estas neuronas, y que posiblemente sean las causantes de que nos volvamos seres sociales. Prácticamente, sostiene este neurocientífico, que, las neuronas espejo son las que nos permiten desarrollar el lenguaje, que es un atributo de nuestra condición de seres sociales, así como la empatía; es decir, la capacidad de comprendernos frente a los demás como seres igualmente necesitados de estima y afecto; entre otros elementos, como el hecho, sumamente relevante, de que aprendemos por imitación al entrar en relación con los demás.
Por otro lado, tenemos otro importante estudio realizado por Georg Simmel quien señalaba que vivir en las grandes metrópolis afecta el sistema nervioso generando una condición que llamó blasé, y que se puede traducir como hastío, desánimo, o aburrimiento. La tesis de Simmel señala que las grandes metrópolis nos han hiper-estimulado al grado de generar una gran conmoción nerviosa. El producto de tal conmoción nerviosa es la intelectualización propia de las grandes capitales, así como la economía monetaria que es una prerrogativa de las metrópolis del mundo. Así pues, cualquiera que viva en una megalópolis como la ciudad de México, ente otras más, padecerá de constantes conmociones nerviosas. Se den cuenta o no los sujetos, esto es necesario, porque es la única forma como nos adaptamos a las nuevas condiciones materiales y objetivas del nicho ecológico en el que nos desarrollamos.
Ahora, sumemos a estas explicaciones, la canonización de la belleza como un elemento performativo en la constitución de nuestra identidad social contemporánea. Hoy más que nunca a partir de las redes sociales, se hace evidente la paradójica vacuidad social en la que vivimos, que al mismo tiempo que nos niega la posibilidad de tener vínculos reales, nos pone modelos y estereotipos de vidas logradas, felices, exitosas, adineradas, bellas, y fitness. Nuestro contexto social nos señala que estamos cada vez más ante la necesidad imperante de ser good looking, es decir, de vernos bien físicamente, como si fuera un mandato social en una sociedad hipermediatizada e hipersexualizada. La resultante no puede ser otra cosa que una creciente producción de individuos cada vez más frustrados con la vida y con su apariencia; pero, sobre todo, en estado de blasé, de hastío, de desánimo, por carecer de vínculos reales, entre ellos, los de vínculos afectivos de pareja.
Sumemos a ello, otro elemento más, el cual considero, termina por cerrar la pinza perfecta para que se desate una tragedia como la ocurrida, a partir de una nueva conceptualización que podemos llamar la hegemonía del posmachismo mexicano, y que señala que en México, y en cualquier otra parte del mundo, presumiblemente ya estamos viviendo la paridad de género, producto de años de luchas y reivindicaciones feministas, y que la vieja identidad de una masculinidad hegemónica patriarcal ha quedado en el pasado.
Ante esto, el posmachismo surge como una nueva categoría que se está desarrollando en el ámbito de los estudios de género, para señalar cómo el sistema patriarcal hegemónico ha reciclado el concepto del machismo ampliamente denostado por sus connotaciones peyorativas, es decir, por su uso políticamente incorrecto. Esto es que una sociedad que se precie de ser justa, equitativa y desarrollada no se puede permitir que se le diga que es machista. Por ello, en el discurso más general, México no puede ser machista porque eso nos pondría años luz atrás de sociedades más adelantadas en el ámbito de las conquistas sociales. Como actualmente, estamos viviendo una avanzada progresista que le apuesta al ámbito social como ámbito de desarrollo, no cabe pensar en ello, pero la realidad se impone y nos genera una situación que nos hace pensar, ¿por qué un chico sin novia que no ha tenido relaciones sexuales a los 19 años se tiene que sentir mal como si su vida no fuera digna, sino es por el peso de una sociedad hipersexualizada en un contexto posmachista? Algo definitivamente no está bien. Quizá habrá que revisar mejor ¿qué estamos haciendo como sociedad? ¿qué está generando y produciendo estas identidades erráticas que nos muestran el vacío social y lo endeble de nuestra condición? ¿Queremos seguir así? o bien, ¿qué tenemos que hacer ante ello? Quizá debemos empezar por el ámbito educativo, revisando la salud mental de las juventudes como un elemento tan importante como su formación académica, o bien, incluso quizá, aún más.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.