
Por: Jorge de la Torre*
Cuando hablamos de los principales problemas actuales que pasa el mundo, y en particular, nuestro país, es muy común que nos encontremos con el problema de la violencia. Vale la pena señalar algunos puntos sobre el tema.
Heráclito de Éfeso, en siglo VI a. C. señalaba en sus sentencias que “el origen de todo es la guerra”. La idea sugiere que el conflicto es la base o el fundamento de lo real. La oposición, o la lucha de los contrarios, es lo que genera el dinamismo de las cosas. Las cosas no surgen de la nada, o desde la quietud, surgen más bien del dinamismo que da la oposición y el conflicto. Hay que señalar que en el horizonte cognitivo que escribe Heráclito está buscando una hipótesis consistente sobre el origen de la naturaleza. La oposición de lo caliente y lo frío, lo húmedo y lo seco, genera por ejemplo las estaciones y los distintos climas. Así pues, la oposición está implícita en la naturaleza misma de las cosas, siendo su forjadora principal. Por ello, su elemento natural es el fuego transformador. Varias cosmogonías, es decir, relatos sobre el origen del mundo y el hombre, subrayan el elemento del caos y el conflicto, como el elemento primario forjador de la realidad.
Thomas Hobbes, en el horizonte de la formación del Estado moderno en el siglo XVII, considera que el hombre es el lobo del propio hombre. Sólo el miedo a ser castigado puede hacer respetar el orden que impone la ley. Por lo tanto, el Estado leviatánico moderno, desde entonces se prefigura como la organización política en donde el “otro” es mi “enemigo”, y sólo el miedo al castigo puede hacernos respetar las leyes que mantienen el “contrato social” para que no nos matemos unos a otros en la lucha por la vida.
Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, considera que el último instinto primitivo, que aún no hemos podido trascender, después de años de evolución natural, es el de la violencia. El primero de todos los instintos naturales, en la lucha por la sobrevivencia, fue el canibalismo; luego el incesto, y, por último, el de la violencia, el cual no hemos erradicado. Freud, tenía esperanzas de que en algún momento la humanidad lo trascendiera, como trascendió los dos primeros. Además, consideraba que Tánatos, el dios de la muerte en la mitología griega, opera como una pulsión de la psique humana, tal pulsión nos incita o inclina a la agresión y el conflicto, por ello, le llamó la pulsión de muerte. Esta pulsión se enfrenta a su vez, a la pulsión de vida, encarnada por el dios del amor, Eros. La actividad psíquica de cualquier persona, se ve acechada de continuo, por estas dos pulsiones. El que prive una, sobre otra, es determinante para saber el nivel de morbilidad o de gozo que oscila en la órbita de una persona, de una familia, y de una sociedad.
Byung-Chul Han, el filósofo coreano que ha hecho fama en el mundo tardo-capitalista, en su obra llamada, “Sobre la violencia”, sostiene la tesis de que la violencia en el mundo antiguo estaba soportada por el aparato de poder del Estado, así como por el orden religioso. Por ello, era muy común ver, como un espectáculo, una carnicería humana en el Coliseo romano, como quien ve una película hoy día. La ventaja de que la violencia estuviera diseminada en la vida cotidiana bajo el auspicio de los poderes establecidos, era que la violencia al ser externa y explícita, podía ser vista como un acontecimiento controlado y regulado. En cambio, en el actual sistema capitalista tardomoderno, la violencia está introyectada en la mente humana, ocultada por mecanismos sutiles que el sistema social pretende manipular. Así pues, la misión del sistema social, es tiranizar a la mente humana desde lo más profundo, para que el sistema capitalista pueda ser funcional, manteniendo el instinto de pulsión de muerte bajo control; aunque a veces, éste se salga de control.
Achille Mbembe, historiador camerunés, sostiene que vivimos en la era del necrocapitalismo. Tal hipótesis sostiene que el sistema capitalista sólo puede producir valor económico a cambio de la producción concominante de la muerte. Una alta tasa de ganancia de capital, principalmente de los países más desarrollados, es proporcional a una tasa alta de violencia en cualquiera de sus formas y manifestaciones en los países no desarrollados. Así pues, el costo de la alta producción y el alto consumo, tiene su lado oscuro, en donde la mayoría de las sociedades neocolonizadas por el capital, viven depredadas por formas de violencia declaradas y manifiestas. El gran negocio de la guerra, y la emergencia de todas las prácticas sociales depredatorias contra el hombre y la naturaleza están en el fondo de esta hipótesis de lo que se conoce como la necropolítica. Así pues, el culto a la acumulación de capital, es el culto a la acumulación de muerte, al mismo tiempo.
Rosa Luxemburgo, autora marxista de comienzos del siglo XX, sostenía que el sistema capitalista desde su primera etapa mercantil, pasando por su etapa de conquista de territorios, explotación colonial, hasta llegar a la primera guerra mundial europea, es el causante directo de la violencia del mundo moderno. Cabe decir, que sus análisis no llegaron más lejos, porque fue asesinada en 1919. Así, pues, el sello distintivo del capitalismo, es que su desarrollo histórico, lleva aparejado el desarrollo también de nuevas formas de violencia.
Sayak Valencia, feminista española, habla de “capitalismo gore” para señalar precisamente, como desde el feminismo, se considera que el capitalismo patriarcal, es el causante principal del sistema de opresión y de muerte. Así pues, no se puede entender el mundo actual, sin precisar que el sistema social posee un sesgo maligno, la competencia y lucha por la vida la han establecido los hombres. Por ello, la participación del sistema capitalista patriarcal, que correlativamente produce exceso de testosterona en la configuración de nuestras formas de convivencia y vida, se traduce en mayor producción de violencia y muerte.
Nils Cristie, sociológo y criminólogo noruego, sostiene la tesis de que la industria de la cárcel, es una de las industrias que mayores beneficios reportan al gran capital. La inversión en armas, y sobre todo en cárceles, siempre será un jugoso filete a servir en la mesa de los altos potentados que dirigen y controlan los flujos de capital, bajo el discurso de la defensa y protección a la ciudadanía. Así pues, el discurso de la lucha contra el crimen, que se vende al ciudadano capturado por la publicidad mediática, para exorcizar a los demonios de la violencia que azotan las buenas conciencias, en realidad asoma su cola maligna por detrás.
En todos estos casos, podemos darnos que el tema de la violencia, la guerra, y todo aquello que podamos entender como manifestaciones violentas y criminales, de nuestro contexto social, tanto a nivel internacional, como en nuestro propio país, México, no es un simple dato que pueda articularse únicamente desde un discurso político que asume que a la violencia y al crimen organizado hay que hacerle frente directamente persiguiendo a las mafias y cárteles del país. Asumir esta hipótesis, es sumamente naif, ya que se parte del mero sentido común, y lo que es peor, ahí se queda, sin ir más lejos; y, sobre todo, sin tomar en cuenta, las múltiples implicaciones del fenómeno global en términos del patrón civilizatorio dominante, así como de otras consideraciones y variables, que también se tendrían que tomar en cuenta. Esto mismo opera con el discurso mediático de tintes políticos, que se está enarbolando a favor de que el gobierno de USA, intervenga en México, para detener a la delincuencia organizada para el bien de la sociedad mexicana, y así, por fin alcance su tan anhelada paz, y posteriormente, su desarrollo económico.
Creo que una hipótesis más consistente, es ver al capitalismo militarizado, como el sistema que organiza de forma sistematizada, con su complejo industrial, técnico y militar, la vida social desde la conformación política del llamado Estado policía, al cual Michel Foucault, dedicó buena parte de sus últimos análisis, en lo que llamó la biopolítica, y que podemos seguir en su libro, “Seguridad, territorio y población”. De este mismo análisis sobre el Estado policía o gendarme, podemos agregar el adjetivo de carcelario, que alcanza un mayor desarrollo en el actual proceso del sistema mundo en donde el patrón civilizatorio se entrega al modelo de un estado mercadocéntrico, es decir, en donde el flujo de mercancías priva y el poder lo tiene el mercado.
La impronta política de este modelo del Estado policía y carcelario no solo cancela los modelos de participación democrática que puedan surgir por parte de la sociedad civil, y sus aspiraciones a una vida mejor, sino que además se impone como el modelo de poder gubernamental que puede resolver los conflictos generados por las fuerzas disímiles dentro de un territorio. Con ello, se refrenda la famosa tesis de Max Weber de que el Estado es el único que puede ejercer el monopolio de la violencia.
Se puede constatar esto último si se consultan los siguientes datos: “Índice Global de Armamento”: https://www.globalfirepower.com ; el “Índice de Militarización global” en: https://gmi.bicc.de/ ; así como el Índice de exportación de armas” en https://www.sipri.org/ en donde se puede comprobar que, los Estados policía o gendarmes, así como carcelarios, no sólo son los más acaudalados en términos de poderío económico, sino que también lo son también en posesión de armas. También se puede consultar la siguiente nota de Andrea Rizzi y Yolanda Clemente Pomeda, del 13 de julio de 2025, del diario español “El País”, titulada: “11 gráficos para descifrar la carrera desatada de la industria armamentística global” https://elpais.com/internacional/2025-07-14/11-graficos-para-descifrar-la-carrera-desatada-de-la-industria-armamentistica-global.html
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.