
Por: Mauricio González González
Un genocidio está en curso, contamos con imágenes, testimonios, análisis, declaraciones, juicios internacionales, condenas, espanto, incredulidad y un dolor que no es posible acallar: la violencia y hambruna sobre el pueblo palestino se torna cada vez más inenarrable.
Mientras, el gobierno de Netanyahu anunció el control total de la Ciudad de Gaza frente a la insípida y timorata respuesta de parte de la comunidad internacional que llama a reconsiderar tal decisión. El argumento del Estado de Israel es la caricatura del otrora esgrimido por Estado Unidos sobre Medio Oriente y numerosos países a los que ha intervenido: restaurar el orden democrático depurándole de cualquier influencia terrorista. ¿Cómo es que un Estado creado bajo la narrativa de resarcir un genocidio se convirtió en el siguiente genocida? Edward W. Said, uno de los referentes intelectuales más importantes del siglo XX de origen palestino, escribía en un prefacio de 1992 a su libro La cuestión palestina:
Ya desde su fundación en 1948, Israel ha disfrutado de un asombroso predominio en materia de erudición, discurso político, presencia internacional y valorización. Se consideraba que Israel representaba lo mejor de las tradiciones occidentales y bíblica. Sus ciudadanos eran soldados, sí, pero también granjeros, científicos y artistas; su milagrosa transformación a partir ‹‹de una tierra árida y vacía›› fue objeto de la admiración universal, etcétera, etcétera. Mientras tanto, los palestinos eran bien ‹‹árabes››, o bien creaturas anónimas de una clase que sólo podía perturbar y desfigurar una narrativa maravillosamente idílica. Y lo que es aún más importante: Israel representaba (por más que no siempre hiciera ese papel) una nación en busca de paz, mientras que los árabes eran belicosos, sanguinarios, propensos al exterminio y presas de una violencia nacional, más o menos por siempre jamás.
Estremece encontrar la vigencia de estas líneas en la prensa actual, pero sí, sin duda, Israel es paradigma de la colonización y despojo occidental, y sí, sin duda es ejemplo de la pacificación a través de la violencia y la aniquilación de un adversario que aparece como tal bajo la operación de una maquinaria ontosemiótica largamente acuñada, donde el agredido se vuelve un enemigo digno de aniquilar. No obstante, esa maquinaria falla, no han sobrado muestras de indignación, exigencia de justicia y solidaridad en todo el mundo.
En territorio zapatista, durante la inauguración del encuentro “Algunas Partes del Todo” celebrado este mes de agosto, la comandancia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) afirmaba “nuestra humilde palabra para ellos y ellas es: todos somos niñas palestinas, todos somos niños palestinos”. ¿Qué implicaciones tiene esta posición? Extraigamos consecuencias acudiendo a nuestros clásicos, a aquellos que habitaron dos guerras infames. En 1932, en un ejercicio epistolar promovido por La Liga de las Naciones, Albert Einstein preguntaba a Sigmund Freud sobre las posibles vías de inhibir la guerra y destrucción entre humanos. Freud nunca se caracterizó por optimista, sin embargo, después de un breve rodeo sobre la relación entre derecho y poder, sobre su teoría de las pulsiones, escribía:
Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraria, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra.
Para Freud dichas ligazones pueden ser de dos tipos: amorosas (con meta sexual inhibida), e identificatorias, que si bien genera lazos comunitarios también se muestran peligrosas por lo que hoy sabemos en mucho gracias a las teorías queer, ya que toda identidad que emana de identificaciones es también un aparato de captura que produce exterioridades y potenciales enemigos. No obstante, y en esto resulta por demás potente la afirmación de que todxs somos niñas y niños palestinos, identificarse hoy con ese sector de la población sometido a aniquilación produce un movimiento defensivo común que, incluso, asumiendo la premisa del “todos”, anularía al agente agresor, es decir, a los militares asesinos israelíes y a la colusión de sus aliados sionistas.
Más aún, localizar a las infancias en su cualidad palestina permite no arrojarles a la masa de indistinción, de indiferenciación, a la insignificancia que produce toda abstracción que, en materia de violencia, vela la vida de quienes les ha sido arrebatada. Hannah Arendt lo explicaba de forma muy concisa a finales de los años 40 en Los orígenes del totalitarismo:
La paradoja que implica la pérdida de los derechos humanos es que semejante pérdida coincide con el instante en que una persona se convierte en un ser humano en general –sin una profesión, sin una nacionalidad, sin una opinión, sin un hecho por el que identificarse y especificarse– y diferente en general, representado exclusivamente su propia individualidad absolutamente única, que, privada de expresión dentro de un mundo común y de acción sobre de éste, pierde todo su significado.
Las y los niños palestinos están siendo asesinados en una guerra de exterminio que a todas luces consolida un proyecto de ocupación que es un eslabón más donde cualquiera, en un momento de expansión territorial capitalista, puede verse comprometido. Si todxs somos niñas y niños palestinos asumimos esa condición sistémica y sus posibles respuestas. Escribo estas líneas a la sombra de las acciones de francotiradores israelíes sobre jóvenes y niñxs que se ven en la necesidad de ir por alimentos a centros de acopio coludidos con el ejército asesino; escribo indignado por el bombardeo israelí al banco de semillas de la Unión del Comité de Trabajo Agrícola en Palestina; escribo como una forma de colocar una veladora más a la miles ofrecidas a los periodistas de Al Jazeera asesinados esta semana; escribo con la rabia y la tristeza de la hambruna palestina. Duele Gaza, el genocidio debe parar, el Estado criminal de Israel debe parar, no habrá perdón ni mucho menos olvido.
- Mauricio González González estudió la licenciatura en Etnología, así como una maestría en Teoría Psicoanalítica, y la maestría y doctorado en Desarrollo Rural. Ha sido profesor de diferentes programas de estudio y posgrados tanto en escuelas privadas como públicas y comunitarias. Asimismo colabora en diferentes organizaciones y redes de la sociedad civil, principalmente ambientalistas. Escribe en el suplemento La Jornada del Campo y la agencia informativa Desisnfomémonos. Actualmente forma parte del colectivo CORASON, con quien participa en Radio Huaya “La voz campesina” dentro de la barra de opinión.