
Por: Pilar Pino
Las relaciones de pareja han evolucionado a lo largo de la historia. La concepción del amor de pareja o amor romántico, la función de la pareja y las expectativas sobre las relaciones han cambiado drásticamente en los últimos años con las transformaciones sociales culturales y económicas que han traído consigo el uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación.
El matrimonio por amor es historia reciente (siglos XIX y XX), antes no era el criterio para formar una pareja. En otras épocas las relaciones se basaban en necesidades prácticas como estabilidad económica, la supervivencia, preservación de la estirpe y alianzas políticas. En la actualidad las relaciones están más individualizadas y con un enfoque en la satisfacción personal, lo que ha llevado a mayor diversidad y a un mayor cuestionamiento de los roles tradiciones de género y las expectativas sobre las relaciones de pareja.
El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman habló del amor líquido, que se caracteriza por la fragilidad de los vínculos humanos desarrollados en la postmodernidad, si antes las relaciones objetales eran más largas, ahora son desechables. Me relaciono con alguno y lo desecho y me debo relacionar con otro, de otras características. Lo que ha traído confusión, desesperanza e insatisfacción en el ámbito de las relaciones de pareja, ante una generalizada incapacidad para crear intimidad y vínculos sanos.
Por lo anterior no es de extrañar que influencers, coaches y gurús relacionales nos vendan una imagen idealizada del amor, con conceptos como “mujeres y hombres de alto valor” así como “energía masculina y femenina”, que no son más que reproducciones de los estereotipos de género.
“Alto valor” y “energía masculina y femenina”
En los últimos años, ha resurgido un discurso en redes sociales que, bajo la apariencia de desarrollo personal o “coaching” emocional, reintroduce estereotipos de género tradicionales bajo nuevos nombres: “mujeres y hombres de alto valor” y las denominadas “energía masculina y femenina”. Estas etiquetas, promovidas por influencers y gurús de relaciones, han ganado fuerza especialmente entre las y los jóvenes, que buscan respuestas rápidas a su confusión afectiva en un mundo cada vez más incierto. Sin embargo, lejos de ofrecer soluciones sanas, estas ideas refuerzan roles rígidos, culpabilizan al feminismo de los cambios sociales y representan una peligrosa regresión en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres.
“Alto valor”: la meritocracia emocional disfrazada
El término “hombre y mujer de alto valor” sugiere que las personas pueden —y deben— convertirse en “productos premium” para ser amadas. Se promueve una especie de competencia por la validación romántica, basada en atributos como el éxito económico, la belleza física, la sumisión o la autosuficiencia emocional. Bajo este paradigma, las mujeres de “alto valor” son descritas como discretas, elegantes, deseables; pero, no demandantes; mientras que los hombres “valiosos” son autosuficientes, protectores, líderes natos y económicamente dominantes, es decir, proveedores. La lógica es clara: quien no encaje en estos modelos tiene menos “valor” en el mercado amoroso.
Nada más alejado de la realidad, ninguna persona vale más que otra. Todas tenemos el mismo valor por el hecho de existir. Porque la dignidad humana no varía por razón alguna. Este enfoque reduce las relaciones humanas a transacciones donde se negocian roles de poder. La vulnerabilidad, la ambigüedad, la negociación emocional y la diferencia individual se eliminan en favor de una fórmula de éxito afectivo que refuerza jerarquías de género. En el fondo, se reactiva una versión moderna del machismo y del mandato de la feminidad tradicional, pero con lenguaje de la superación personal.
Energía masculina y femenina: espiritualidad al servicio del control
Otra narrativa común es la de la “energía femenina y masculina”, donde se atribuyen características esenciales e inmutables a cada género. Según esta visión, la “energía femenina” está conectada con la intuición, la suavidad, la entrega y la receptividad, mientras que la “masculina” representa dirección, lógica, acción y liderazgo. Aunque se presenta como una forma espiritual o energética de entender las relaciones, en realidad perpetúa los mismos mandatos binarios que el feminismo ha cuestionado por décadas.
La trampa de esta idea es que se vende como liberadora, cuando en realidad reintroduce el deber de que las mujeres “se rindan” y los hombres “tomen el control”. Bajo este marco, si una relación no funciona, se sugiere que es porque la mujer está en su “energía masculina” —es decir, es demasiado independiente o asertiva—, o porque el hombre ha perdido su “dirección” o “poder masculino”. De esta forma, se patologizan los rasgos que no encajan en los moldes tradicionales y se responsabiliza al individuo, no al sistema.
¿El feminismo es el culpable?
Uno de los discursos más repetidos por influencers que promueven estas ideas es que “el feminismo ha destruido las relaciones” o que “las mujeres ya no saben cómo ser mujeres”. Se culpa al feminismo de que las mujeres sean “difíciles de amar” o “demasiado exigentes”, y de que los hombres se sientan desplazados, confundidos o “castrados” emocionalmente. Este relato, que mezcla resentimiento, nostalgia patriarcal y desinformación, cala especialmente en jóvenes varones que se sienten inseguros en un contexto donde las reglas de género están en transformación.
Lo que se omite en este discurso es que el feminismo no vino a destruir vínculos, sino a proponer otros más justos, más conscientes y más libres que se basen en la ternura. No es el feminismo el que ha generado la soledad o el vacío emocional, sino un sistema que enseña a los hombres a no sentir y a las mujeres a dudar de su propio valor si no cumplen con ciertas expectativas. Culpar al feminismo es una forma de evitar la incomodidad de cuestionar el modelo de masculinidad tradicional que, en muchos casos, ya no funciona para sostener vínculos sanos.
Consecuencias sobre lxs jóvenes
Estas narrativas no solo desinforman: generan daño. Muchxs jóvenes están formando su identidad afectiva en un entorno donde se valora más la dominación que la empatía, más la estrategia que la honestidad. En lugar de fomentar el autoconocimiento o la autenticidad, se promueve una actuación constante para ser “más deseables”. Esto puede derivar en relaciones basadas en el control, la dependencia emocional o la manipulación, disfrazadas de “dinámica energética” o “conquista de alto valor”.
Además, al presentar una visión idealizada y rígida del amor, estas ideas fomentan la frustración, la comparación constante y una autoestima frágil. Muchos chicos jóvenes que no se sienten líderes o proveedores pueden desarrollar inseguridad o incluso caer en discursos misóginos. Muchas chicas, al no sentirse “femeninas” según los estándares propuestos, pueden vivir con culpa o ansiedad.
En tiempos de incertidumbre, es natural que las personas busquen estructuras claras para entender el amor y las relaciones. Sin embargo, los conceptos de “hombres y mujeres de alto valor” y “energía masculina y/o femenina” no son nuevas respuestas, sino antiguos estereotipos disfrazados de sabiduría moderna. Bajo una apariencia de autoconocimiento, estos discursos imponen modelos cerrados, culpabilizan al feminismo y siembran confusión en las nuevas generaciones. Frente a eso, es urgente defender una visión de las relaciones más humana, más diversa y más libre de roles preestablecidos.