Por: Angélica Meneses
Vivimos el primer cuarto del siglo XXI, que se mostró en nuestro imaginario como el nuevo siglo de los avances tecnológicos con sus promesas de progreso, y mentira no es. Todos los esfuerzos en materia de ciencia y tecnología se han puesto en favor del capital financiero a través de instrumentos cada vez más sofisticados, volátiles y rapaces con la Tierra, telecomunicaciones que conducen al hiperconsumo y vox populi, mecanismos de economía digital que precarizan aún más las relaciones de producción y trabajo, nanotecnología, inteligencia artificial que respalda el retroceso de la educación; la promesa de progreso vuelta realidad para la población inversionista de BlackRock (gestora de activos a nivel mundial) y el puñado de empresas trasnacionales y gente rica que sigue teniendo que ver con las grandes mercancías, las de siempre: elementos químicos, transporte marítimo de mercancías, armamento…minería, extractivismo; presenciamos un hibrido muy curioso del colonialismo del siglo pasado y sus nacionalismos/extremismos religiosos vs. los “avances” de este siglo de lo intangible pero que aún se basa en recursos naturales, productivos y la economía de la guerra, permítaseme explicar lo que quiero decir:
“Es evidente que las crisis globales de los últimos años han afectado a la mayoría de los países, pero más a quienes se autodenominaron las potencias mundiales, ya que son ellas quienes intervienen de manera directa todos los días (sólo basta ver los gobiernos que reconocen el Estado de Palestina y no aparece ninguno de estos países), y más allá de las potencias, las élites multimillonarias beneficiadas más que proporcionalmente a partir de la pandemia por Covid-19. La narrativa del conflicto religioso entre Palestina e Israel que fue tan cuidada durante el siglo XX, se diluye ante los notorios intereses personales y utilidades proyectadas a partir de la ocupación en Gaza, a esa gente no le interesa que el mundo entero pueda observar en tiempo real un genocidio sin precedentes. No invisibilizo lo que sucede en la República Democrática del Congo, ni los desplazamientos indígenas al sur o la gentrificación de nuestro país, que podrían tener lecturas similares, lo que hago es poner sobre la mesa el grado de brutalidad y carga simbólica que implica mostrarnos los efectos de negarse a entregar lo que sea que se considere propio o común”.
Además de la importancia vital que tiene la reproducción social para que cualquier sociedad perdure, ya que es esta población (mujeres y niñeces) es el blanco central del proyecto financiero-sionista, lo que crea una fractura en la noción de población en situación de vulnerabilidad, o de ciudadania de segunda clase, en que aún se conciben estos grupos etarios. La crisis de cuidados ha alcanzado su escala global al rebasar fronteras, ¿Quién cuida a la población en movimiento, a la damnificada, la desplazada por sus propios países?…¿Qué podemos esperar? Hace poco leí en algún lugar que la esperanza se activa con acciones, en este caso, muestras en favor del pueblo palestino a nivel mundial a partir de organizaciones de la sociedad civil, ciudadania activa y algunas personas con presencia en el ámbito internacional: presión social, boicot al consumo, manifestaciones a nivel mundial, no dejemos de hablar sobre el tema, porque en el derecho penal, la omisión conlleva consecuencias jurídicas, y en el ámbito de lo moral y ético, omitir es olvidar nuestra responsabilidad histórica social.
Consulta el movimiento BDS, y aplicaciones como No thanks, para saber más al respecto.