
Por: Jorge de la Torre
“Nada en demasía”, o “nada en exceso”, es uno de los famosos adagios de la filosofía antigua griega, tal y como la sentencia: “Conócete a ti mismo”. El pueblo griego, cuya sabiduría era proverbial, al grado que las clases más adineradas de la antigüedad, solían contratar a un maestro griego para que les enseñara a sus vástagos diferentes técnicas o habilidades. Entre ellas, las más importantes eran: la dialéctica, o el arte del pensamiento lógico; la gramática, o el arte de la escritura; y la retórica, o el arte de hablar bien y persuadir a los demás. Tal cultura, nos ha legado a la posteridad varios elementos que soportan nuestro modo de vida, nos demos cuenta o no. Un concepto que puede ser parte de esta herencia, es el de sibarita. El término sibarita, en la actualidad, se utiliza para hablar de las personas que gustan de la buena vida, entendiendo con ello, las fiestas, la diversión, los bailes, los vestidos lujosos y grandes banquetes. En síntesis, sibarita, implica tener gusto por el consumo conspicuo u ostentoso. Podríamos decir que un sibarita es cualquier proneocapitalista; es decir, alguien a favor de la doctrina económica que sustenta el modelo económico actual basado en la posesión de mercancías para obtener prestigio y reconocimiento social, emulando con ello el estilo de vida de las élites acaudaladas que gobiernan el mundo.
Particularmente, la referencia de sibarita, se debe a los habitantes de la antigua ciudad griega de Síbaris, que fue una ciudad próspera comercialmente hablando, que floreció en el siglo VII a.C., en donde sus ciudadanos acaudalados tenían aversión al trabajo manual, y sí en cambio gusto por un estilo de vida refinado. Sin embargo, esta inclinación a esta forma de vida que muchos en nuestros tiempos practicamos, o por lo menos, es parte de nuestra nebulosa onírica deseante, como tener un coche lujoso, viajar a una playa paradisíaca, vestir ropa de marcas de renombre, usar perfumes caros, joyas; entre otras cosas más, fue la causa de su exterminio. Cuentan los textos que al momento en que la ciudad fue sitiada por el ejército de una de las ciudades vecinas, deseosa de expandir sus dominios, Síbaris, la de gustos exóticos, preocupada sólo por las comodidades y los lujos; no sólo no contaba con hombres que realizaran trabajos manuales, como herreros y carpinteros, sino que no tenía tampoco, ni soldados, ni mucho menos, generales; es decir, hombres recios, disciplinados por la vida dura y preparados por ello mismo para sufrir todo tipo de penas, como padecer hambre, frío, y todas las demás calamidades que asustan a los hombres, pero que los forman y los hacen grandes ante la adversidad. Incluso, sus caballos, eran caballos que sólo sabían bailar al escuchar el sonido de las flautas de los músicos. Así, pues, si ni sus hombres, ni sus caballos eran guerreros, era de esperarse que, en una época en donde el modo de vida dominante era la guerra de conquista, fueran fácilmente eliminados del mapa y de la historia, más temprano que tarde.
La lección histórica que pagó con la aniquilación, la ciudad de Síbaris, nos puede aleccionar a quienes vivimos en una sociedad neosibarita bajo la égida del capitalismo neoliberal que tiende al consumo conspicuo y a la vida refinada. La forma de acceder al consumo es por la vía del trabajo. Usualmente, el trabajo tiende a ser férreo, eso implica, varias horas de trabajo a la semana. Desde que amanece hasta que anochece. El tipo de hombre que exige nuestra sociedad proneoliberal, es pues, el “homo faber”; es decir, el hombre que vive y se pasa la vida trabajando. Hemos de decir, que el trabajo significa en nuestro contexto hipermercantilizado, en donde todo es mercancía, tener dinero sólo para poder comprar las mercancías que las élites comerciantes nos ofrecen vía la publicidad de un estilo de vida similar al sibarita; es decir, que gusta de las bebidas y platillos refinados; y por ello, vive sólo para la fiesta, el juego, y para realizar actividades no productivas, sino lúdicas y recreativas. Este es el modo de vida del “homo ludens”, dentro de nuestras ciudades aburguesadas y gentrificadas, que ha expulsado a sus obreros manuales de sus barrios como el zapatero, la costurera, el panadero, el alfarero, entre otros muchos más; y ha puesto en su lugar, al starbuckero, y al pachanguero que baila salsa, merengue, y demás bailes tropicales exóticos.
Como podemos ver, el “homo faber”, el hombre que vive para el trabajo; y el “homo ludens”, el hombre que vive para la diversión, son dos opuestos, dos contrarios que parecen repelerse. Podríamos agregar también, que el “homo faber”, ha sido colonizado por el “homo ludens”. Es decir, que se ha vulgarizado la noción de trabajo. O bien, que, en todo caso, el “homo ludens” se ha vulgarizado, y por ello, ha vulgarizado al “homo faber”. Esta discusión no se puede desarrollar ahora mismo, y más bien tiene que ser materia de otro momento. Sin embargo, el punto central al que quiero llegar, es que, en el arte de vivir bien, o de alcanzar una vida buena, así como en el arte de construir una ciudad buena, conducida por un buen gobierno, la noción más importante está en el adagio de: “Nada en demasía”, o “nada en exceso”.
Platón, uno de los hijos prodigios de aquella cultura griega antigua, llegó a señalar en su obra: “El político”, que el buen político, es aquel que tiene la virtud de realizar la organización de dos caracteres que son vitales en un dirigente, y así igualmente, figuran como virtudes de una buena ciudad y de un buen ciudadano. Esta virtud, consiste en encontrar la justa proporción entre la firmeza y la dureza, y, la blandura y la laxitud. Así, pues, aquel que sabe tejer la trama social con virtud; es decir, con arte, entre el esfuerzo propio de la vida dura de las clases trabajadoras, que, por ello mismo, se vuelven conquistadoras; y la vida fácil y cómoda de las clases acaudaladas y privilegiadas, propia de los herederos; ese es el buen político, el que hará una buena ciudad, que, a su vez, engendrará buenos ciudadanos.
Ahora que son tiempos de vacaciones de verano, en donde se come de más, se duerme de más, y en general se vive de forma despreocupada por el tiempo, nos encontraremos siendo “homo ludens”; después de un periodo de trabajo arduo como “homo fabers”, que no sólo nos quitó horas de sueño, de comida, y de convivencia, sino que también nos cobró nuestra cuota de humanidad, maquinizándonos y en el peor de los casos, bestializándonos como bestias de carga que sólo saben obedecer órdenes, sin ninguna iniciativa o participación creativa en el mundo. Ahora, mejor que nunca, es que tenemos la oportunidad de reflexionar esa justa proporción entre el trabajo y el descanso. Entre el realismo de la dureza de la vida, el esfuerzo y la asperidad; y aquello que nos da placer, aquello que se vuelve un sueño u utopía. Si somos de los blandos y confiados, y nos movemos por el principio de placer únicamente, pensemos como ser más duros y más sagaces, menos confiados e inocentes, y sí mucho más realistas; si somos de los que nos movemos por el principio de realidad, de los duros, de los que no duermen, ni de día ni de noche, pensemos en qué cosas conviene que soltemos y seamos más confiados y busquemos gozar de forma más auténtica.
Aristóteles, el mejor de los estudiantes del sabio Platón, escribió su propia obra sobre “La Política”, y en ella, plantea una idea muy parecida a su dorado y preclaro maestro. El buen político, la buena ciudad, y el buen ciudadano, sólo pueden ser aquellos que encuentren la justa proporción entre los dos extremos, ya sea tanto en lo económico como en lo político. En lo económico; es decir, en la generación y distribución de riqueza, señalaba que ni riqueza, ni mendicidad, en demasía, ya que lo ricos se vuelven soberbios e inhumanos; es decir, inútiles para el bien de la ciudad; y más bien, es todo lo contrario, se vuelven en contra de ella, siendo sus tiranos y opresores. Por otro lado, los pobres, por su débil carácter y constitución, se vuelven serviles en demasía hasta finalmente devenir esclavos, incapaces de producir un bien, y más pronto que tarde, se vuelven un problema o una carga. En lo político, es decir, en la convivencia en materia de intereses personales y colectivos, señalaba que se ha de buscar el equilibrio entre los dos, el interés particular y privado; y el interés colectivo y comunitario. Para lograr tal arte o virtud, hay que buscar al buen político; es decir, a aquel que sabe mandar y dirigir a los demás. Este buen político, que será un gran benefactor, tiene que poseer el arte de la mesura, de la medida; y para ello, es vital, que la vida haya sido áspera en algún momento de su formación. Por ejemplo, primero que nada, tuvo que haber recibido órdenes por alguien superior a él, porque sólo puede dar órdenes quien primero las obedeció. Primero se es soldado, y luego general.
De esta forma, la justa proporción del buen político, se extiende a la buena ciudad, y al buen ciudadano, ya que la virtud o el arte de la mesura, como camino para la vida buena, no está en los extremos; es decir, ni en la mendicidad, o la blandura, o la dejadez; ni tampoco en la riqueza, o la soberbia, y la altivez. Por ello, dice el dicho popular a la mexicana, repitiendo a su modo, lo que estos dos maestros del pensamiento de la antigüedad nos legaron: “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.