
Por: Ellie Lobos*
Villa derrotado era un dios caído. Y los dioses caídos ni son dioses ni son nada.
Los de abajo, Mariano Azuela
El encanto había terminado hace mucho tiempo. La mayoría sabe que lo que hubo entre nosotros fueron restos de una infinidad de oportunidades que ya no daban para más. Su terrible carácter me consumió. Su presencia se volvió desagradable. Mi admiración por ella se desvaneció tan rápido como el crepúsculo. Súbitamente se volvió un desabrido ser sin oficio ni beneficio que malgastaba su tiempo en apreciaciones disparatadas de la vida.
Luciana vivía bajo cúmulos de mentiras que ella misma había construido, mentiras que al paso de los años terminé aprendiendo y las utilizaba únicamente cuando se trataba de ella. La engañaba diciéndole que era el amor de mi vida y que sería la madre de mis hijos. Me daba cierta satisfacción decirle tales falacias. Me causaba gracia pensar en que se tragaba cualquier palabra que escupía. Supongo que a ella le causaba lo mismo al timar a sus amigos y conocidos, pero todos sabíamos que era estúpida… estúpida y falsa.
A veces soñaba cómo se sentiría no estar con ella jamás. Era un anhelo. Y es que aunque lo intentáramos, no podíamos dejarnos ir. No la quería cerca, pero tampoco podía tenerla lejos.
La última pelea que tuvimos nos distanció por dos semanas. Durante seis años dos semanas fueron el tiempo máximo que duramos sin interacción. Me sentí ansioso por saber de ella. Si había algo que no podía soportar, era su iniciativa de dejarme. Tal vez por eso volvía una y otra vez: para ser yo quien la mandara al carajo. Tomé la decisión de buscarla; no obstante, recibí su llamada primero.
Contesté con voz frívola intentando ocultar mis ansias de reconciliarme con ella.
—Necesitamos hablar. Ven a mi casa —exclamó sin dar más explicaciones.
No demoré, luego de 15 minutos ya la esperaba en mi auto. Cuidé que mi sed de volver a verla pasara desapercibida. Me moría de ganas de que ella me rogara un poquito. La escuché durante un rato. Honestamente, esperaba la parte donde me decía que me extrañaba, que me amaba y que esta vez sería todo diferente. Pasó más de media hora y ella no llegaba a ese punto. Preocupante. Mi cuerpo mostraba la tensión: rechinaba los dientes, tronaba los dedos, me pellizcaba la cara. «¿Cuánto más va a tardar?», pensaba.
El proceso de insultarme, de enojarse, de llorar, de besarnos y encontentarnos se notaba a leguas que no llegaría, así que saqué mi as que guardaba bajo la manga y le dije antes de que ella lo hiciera; solo para satisfacer mi ego.
—Luciana, no sé a dónde quieres llegar con toda esta habladuría, así que prefiero ser directo: No hay negociación. Quiero terminar contigo definitivamente.
Ella se quedó boquiabierta, con los ojos extendidos. Afirmó con la cabeza y apartó su mirada de mí. Su respuesta no fue para nada lo que esperaba, y me asustó.
—Yo también he llegado a mi límite —exclamó con una ligera sonrisa de labios—. No has sido el único en sentirse desesperado por salir de esta relación; sin embargo, —continuó— necesito un último favor, pero no puedo decirte de qué se trata aún, ocupo que nos movamos a otro lugar en tu auto.
» Sí me ayudas con esto, te juro que jamás volverás a verme. Nunca más serás molestado por mí: ni una llamada, ni un mensaje incluso en la calle no te miraré. Seremos completos desconocidos con sus asuntos cada quien, pero para eso necesito que confíes en mí y me ayudes. Es mi última voluntad antes de terminar contigo. ¿Qué dices?
No tenía motivos para dudar de Luciana, tampoco creí que estuviera metida en asuntos peligrosos porque no era una mujer que buscara problemas. Acepté porque creí que su petición sería algo tan absurda como sus berrinches. Acepté porque su propuesta era bastante buena y quería librarme de ella de una vez por todas. Acepté porque no podía ser el único con la intención de regresar. Puse el auto en marcha y conduje hacia el Cerro de la Bufa.
La Bufa no solo es una colina con atracciones turísticas, tienditas de souvenirs y gente disfrazada de revolucionario. A sus alrededores se extienden 174 hectáreas donde se alzan peñas con caminos sinuosos, grava suelta y voladeros mortales. A las faldas del cerro estacioné el carro. Luciana entró al Oxxo y compró un costal de carbón y un encendedor que metió en una bolsa roja.
Caminamos hacia la cuesta.
Yo imaginé que subiríamos a la Bufa, que nos sentaríamos en la Plaza de la Revolución Mexicana, o que incluso escalaríamos hasta el Crestón —uno de nuestros planes que en seis años no pudimos hacer—. No. Nos desviamos hacia el Crestón Chino que se alejaba del Cerro de la Bufa aproximadamente 3 kilómetros.
Durante una hora o más anduvimos. Caminamos por distintas intersecciones. En este lugar es muy difícil encontrar gente, ya que son caminos muy peligrosos. Si acaso, rondan ciclistas expertos de montaña.
A nuestro entorno se alzaban gigantes árboles de eucalipto, maleza seca, yerba y flores que apenas crecían y pintaban la vista. Nuestro paraje era un mirador natural. Las construcciones se veían como pequeñas estrellas en el cielo.
Después de media hora, dejamos de subir y comenzamos a descender hacia el desfiladero que se extendía bajo el Crestón Chino. Nunca supe de nadie que hubiese bajado hasta allí, y no creo que alguien lo hubiera hecho. No se veían marcas de vandalismo como en el resto del trayecto. Las rocas estaban intactas. El aire era frío. El sonido no llegaba allí abajo. La tierra no estaba trabajada. Literalmente Luciana había descubierto un lugar nuevo.
—Hasta aquí —dispuso.
Nos encontrábamos en el agujero maldito. Las paredes rocosas que se alzaban formaban figuras insólitas de espectros del averno custodiándonos. La poca luz que llegaba reflejaba tintes rojizos debido al color de la rocosa. Sí, estábamos en el infierno.
Pese a lo tenebroso, el semblante de Luciana exhibía un brillo eterno. Una gloria que le reavivó el alma. Ni en su mayor éxtasis la vi así.
—Es aquí —. Me miró y sonrió ensimismada. —Ayúdame a encender un fuego.
Otra de sus peticiones pendejas. Ya me tenía harto con tanto misterio.
—¿Qué hacemos aquí, Luciana, y para qué quieres el fuego?
A diferencia de ella, a mí, el coraje me cegaba.
—Ya pronto lo sabrás —Rió con una sonrisa de oreja a oreja.
Entonces exploté.
—¡Ya me tienes hasta la madre con tus putos secretos! ¿Qué chingados, Luciana? ¿Qué más quieres de mí? ¡Ya te di todo! Me exprimí hasta la última gota de paciencia durante años para dártela. ¿No crees que es suficiente?
Su encantadora actitud cambió al escucharme. Se devolvió hacia mí y profirió:
—¿Acaso eres el único que ha sufrido? Ya te lo dije y lo aceptaste: ayúdame con esto y pondremos fin entre tú y yo.
A regañadientes, acomodé el carbón junto con un poco de yesca. Luciana vació gasolina que portaba en la bolsa roja. Con un simple chasquido del encendedor, prendió la llama. La avivamos hasta hacerla brillar como brasas del hades.
Estaba complacida.
Mientras atizaba el fuego, Luciana me tocó el hombro.
—Ya es hora. No te has dado cuenta, pero el favor ha comenzado desde que aceptaste venir. Estamos por culminar con la parte más pesada, pero estoy segura qué, será sencilla si los dos ponemos de nuestra parte.
No le dirigí la mirada. La rabia me hervía por dentro. Quería golpearla. Quería que me rogara detenerme. Quería escupirle, gritarle… abandonarla.
—Ya no te amo y estoy segura qué lo sabes. No deseo estar más contigo. He conocido a alguien más —una lágrima se desprendió de sus ojos—. Encontré a un ser divino al cual estoy luchando por mantenerlo en mi vida. Y quiero que lo conozcas.
Se enfiló hacia una especie de ruinas. Allí se encontraba una cueva, como las demás que nos encontramos en el camino, aunque, el interés de esa caverna escondía a una criatura de belleza perpetua, desbordante, casi insoportable para la mirada humana.
Un ser humanoide atado emergió despacio de las sombras. Arrastraba unas majestuosas alas emplumadas que se desplegaban con una gracia sobrenatural. Una banda negra, sucia, cubría sus ojos, y de ellos brotaban —como lágrimas eternas— dos amplias líneas de un líquido turquesa que caían solemnes por su rostro. Brillaban iridiscentes como colorines azules que surcan en el cielo.
Estaba desnudo, pero no había pudor en su figura, sino un respeto casi sagrado. Su rostro, parcialmente oculto por una melena pelicana larga y enmarañada, irradiaba una belleza prodigiosa.
Juro, con todo el peso de la palabra, que jamás he contemplado una creación tan exquisitamente perfecta. Era tan hermoso y detallado que mi memoria, por más que me esfuerce, no alcanza a recordarlo y describirlo del todo.
Dicen que la belleza no existe por carecer de una figura física, por ser abstracta. Palabrerías de un filósofo carente de visión. Yo vi la belleza, la toqué, la escuché.
A pesar de sentirme embelesado con semejante criatura, y de que su preciosidad me produjera una especie de fiebre lujuriosa, me consternó su origen, y, sobre todo, ¿de dónde lo había conseguido Luciana? Ella sonreía vehemente. No hubo manera en que me estuviera mintiendo; ella ya no me amaba, y ahora que lo pienso ¿alguna vez lo hizo? Porque nunca me miró de esa manera. Sus ojos emanaban efluvios de devoción, de bienquerencia.
Lo sentó cerca de mí. Le acarició el rostro con sus delgados dedos.
—Ya estoy aquí, amor mío —le susurró—. Lamento que te duela. Haré todo lo posible para sanarte.
Supongo que le pareció graciosa mi expresión de desconcierto y se atrevió a preguntarme:
—Sorprendido, ¿verdad?
No solo era la impresión. La presencia de lo divino te entra por los poros y genera un estremecimiento en la carne. Ahora entiendo su amor.
Me incliné para admirarlo de cerca. Cada vez más sentía cómo el corazón se me salía del pecho. Su extraordinaria figura me incitaba a los deseos carnales más salvajes que cualquier humano podría realizar.
—¿Qué es? —pregunté mientras tocaba sus piernas.
—Te acabo de decir: un ser divino «literalmente». —Soltó una risotada—. No te lo esperabas, ¿cierto?
—¿De dónde lo sacaste? —De cerca era aún más precioso. Su piel vidriosa exhibía venas donde corría esa sustancia turquesa. Su magnificencia me produjo llanto. Me produjo fascinación. Me produjo amor.
—La semana pasada —respondió—, se me ocurrió hacer un paseo en bicicleta a la Bufa. Me encontré con otros chicos y me dijeron que ellos vendrían al Crestón Chino. Los seguí. Llegamos al mirador, bebimos agua, descansamos un poco y decidimos regresar. Yo, sin experiencia en esto, les comenté que me iría caminando, que estaba muy cansada para pedalear. Ellos se adelantaron.
» Quise quedarme un poco más. Necesitaba aire, claridad… Intentaba sacarme de la cabeza el regresar contigo. Sabía que de alguna u otra manera terminaríamos reconciliados, pero eso ya no me hacía ilusión. No me producía felicidad; sin embargo, tenía mucho miedo de quedarme sola.
» Sabes que no soy nada religiosa, pero ese día… simplemente sentí la necesidad de hablar. No con una persona. Con algo. Sentía qué si algo me escuchaba, tal vez yo podría empezar a escucharme a mí misma.
» Descendí el Crestón Chino caminando y con mi bicicleta a un lado. O tomé el camino erróneo o soy demasiado torpe para estas cosas, ya que en el descenso tropecé, las rocas me hicieron resbalar, me caí y mi bicicleta cayó al desfiladero. Dejarla no era una opción, así que hice un esfuerzo extraordinario por bajar a recuperarla. El gran problema era volver a subir con diez kilos encima.
» Al descender las rocas, la luz se volvía más tenue. Cuando llegué al suelo, tomé mi bicicleta. No había sufrido más que unos raspones. Entonces me enfilé a buscar una salida. Al estar en esta parte del camino, el ambiente se volvió espléndido: las vetustas paredes parecían hablarme, el ambiente se volvió suave, la estancia, serena. Una especie de fe nació en mí. Entonces tuve la necesidad de entregarme en oración. Bajé de la bici, me arrodillé frente a esas ruinas que forman un nicho, un santuario. Supliqué en mi mente, solo palabras sueltas. Pero fue ahí, justo en ese silencio, que sentí una presencia. No fuerte, no violenta. Era sutil, tibia. Poco a poco desplegué mis párpados y lo vi de reojo. También rogaba al cielo. Me aterroricé. Pero ya sabes cómo somos: gatos asustados ante lo novedoso… pero inevitablemente atraídos a ello.
» Él no se perturbó, al contrario, siguió con sus oraciones. Me quedé aquí durante horas y él no hizo otra cosa más que seguir hincado y rezando. Solo oía que mascullaba tranquilas palabras, pero ninguna comprendí. Volví al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Y él siempre estaba ahí. Rezando. Esperándome. Solo eso hacíamos. Nunca hablamos, de hecho, creo que no habla español o ningún otro idioma actual. Nunca me ha dirigido la palabra. Está bien, no me importa.
» Hace cuatro días estuvo desaparecido. Esperé todo el día y toda la noche, más nunca llegó. Al amanecer lo vi volando por encima del cañón. Al principio la euforia me recorría el cuerpo; a pesar de ello, me di cuenta qué había un problema…
» Y le quemé los ojos. Se los quemé para que no supiera a dónde ir.
Mi momento de gloria se desvaneció al escuchar su manifiesto. Miré al desdichado ser que entre labios profería algo. Se mostraba temeroso, ingenuo, débil. En ningún momento demostró resistencia o agresividad, sino resignación.
—Y te he traído aquí —continuó—, porque quiero que me ayudes a cortarle las alas para que ya no pueda volar y no tenga a donde ir.
Mis lágrimas le clamaron no cometer tal osadía, pero declaraba ya haber tomado una decisión. Era descomedida mi tristeza, la pena que sentía por aquella criatura que sin darse cuenta se había topado con el diablo. Y que la perfección que lo revestía iba a desaparecer. En lugar de preservar su hermosura y gozar de ella. Podría esconderlo para que nadie pudiera violentarlo. Pero me olvidé de que era estúpida y que pertenecía a ese clan de idiotas que actúan bajo sus problemas de dependencia emocional.
— ¡Ei! Tranquilo, no te preocupes, ¿recuerdas nuestro trato? Esto nos beneficiará a ambos. No es nada malo, es que… no quiero que me abandone.
» No puedo dejarlo ir. Sin ti, sin él: me quedaría sola —su voz se cortó—. Hay un vacío en mí que no me deja continuar. Cada cosa que hago no me produce nada: ni felicidad, ni enojo, ni tristeza, nada, no hay nada dentro de mí —su llanto la ahogaba—. Soy una carcasa andante sin nadie con quien hablar, con quien compartir. Sin compañía.
» No me siento capaz de existir sin un alguien que vele por mí. La vida me sofoca con todo y sus trampas, sus destinos, sus casualidades y causalidades; con sus experiencias y sus aprendizajes. Todo es un revoltijo de emociones que no logro escuchar cuál es cuál, y quiero escapar, pero no puedo. Sola no puedo. Y míralo, sin habérselo pedido me acompañó en momentos de quebrantamiento, de súplica. El Universo, Dios, el Destino o lo que sea que tenga esa grandeza y poder, sabía de mis dolores y me regaló un pedacito de su creación para sanarme y salvarme la vida. Para glorificarle juntos. Estoy dispuesta a todo con tal de mantenerlo conmigo siempre.
Sequé sus lágrimas. Secó las mías.
—Ayúdame a dejarte ir —dijo.
Besé sus manos. Besó las mías.
—Que estas alas nos sirvan para volar lejos.
Luciana apoyó su cabeza con la del ser místico. Lo abrazó. Musitó algo que solo él escuchó, algo que selló el instante.
Luciana tomó un ala y yo la otra. Lo hicimos en silencio. No fue con rabia ni con odio, sino con esa ternura cruel que solo puede nacer del miedo a perder lo amado. Luciana no temblaba, pero sus ojos, al igual que los míos, parecían un océano a punto de desbordarse. No fue limpio. No fue breve. Nada se compara con cortar carne viva. El bellísimo néctar color calaíta resbalaba sobre nuestras manos. Caliente. Bello.
Nunca gritó, solo gemía y en ningún momento dejó de susurrar. Quizá le hablaba a su fe. Utilizaba una lengua desconocida. Se veía tan entregado al sufrimiento. Aceptaba su destino.
Con cada corte Luciana se deshacía por dentro. Y aun así, continuaba. Porque amaba demasiado. Porque temía demasiado. Porque no podía dejarlo ir.
Fuimos el diablo y le quitamos la libertad.
Con el fuego cerramos las incisiones. Luciana le colocó una manta. Lo volvió a dejar atado en la cueva y nosotros nos retiramos al caer la noche.
…
No duermo. Esta noche es distinta a las demás. Las llamas de mis pensamientos me calientan la mente y emergen recuerdos de Luciana… siempre termina en mi cabeza. Este día algo cambió dentro de mí. Nunca había conocido algo más que la belleza de Luciana. Toda mi vida he sido fiel seguidor de cualquier figura que muestre un fulgor, una perfección, una pureza.
La beldad de Luciana ardía, seducía, pecaba. Era un deseo pagano. Un escalpelo que te atraviesa la carne. Una llama fulgurante que te quema los labios. Un veneno al cuerpo que te somete. Pero hoy, cuando vi a la entidad alada con su carne expuesta y su sangre reluciente, algo nació de mí: conocí a una belleza que no debería de existir en este mundo; y aunque le cortamos las alas y Luciana le quemara los ojos, su encanto no se disipó. Su pureza no se puede fracturar. Pienso en su sangre turquesa, en lo fresco de su piel extraña, en su cabellera blanca, en su desnudez. Pienso en cómo, incluso roto, sigue pareciendo eterno. Y me odio por esto. Pero también me arde el pecho de imaginarlo conmigo. Mío. Solo mío. Luciana encarnó lo exquisito. Él la supera. ¿Cómo se captura algo tan inmenso? ¿Cómo se guarda una divinidad?
…
En plena madrugada me subí al carro y manejé hacia la Bufa. Estacioné nuevamente el auto frente al Oxxo. Apeé y encendí una linterna para alumbrar mi camino. Subí por más de una hora hacia el Crestón Chino. La luna destellaba como si hubiera sido bruñida. Bajé al cañón, y de nuevo, esas sombras. Ahora parecían eminencias del cielo, coronadas con los astros.
Encontré la cueva. En el aire aún permanecía el olor a humo y la calidez del fuego. Entré a la caverna. Caminé lento. En el piso yacían restos de comida podrida, platos y vasos desechables, páginas de libros, colillas de cigarros, bolsas de papas fritas y gotas de la sublime sangre azul del ser divino. Allí estaba él, mi bello deseo, acurrucado y atado. En cuanto me sintió comenzó a susurrar en su idioma.
Me aproximé e intenté tranquilizarlo. Temblaba y se arrinconaba más: era una criatura muy asustadiza. Entonces le susurré:
—Ven conmigo, voy a liberarte.
Sujeté sus firmes brazos y lo ayudé a levantarse. Aproveché para acariciarle la piel vidriosa. No podía dejar de verlo, su bendita existencia alimentaba mi espíritu, era como cubrir con músculo mis huesos.
Siguió mis pasos. Salimos de la cueva. Lo senté en una roca, frente a las ruinas donde Luciana había orado. Rompí sus ataduras, le quité la banda de sus ojos: el universo, atrapado en dos oasis, centelleaban en su semblante.
Lo desnudé. Me arrodillé frente a él. El brillo de sus huecos me cegaba. Le rodeé el torso con mis brazos buscando palpar lo inhumano. Experimentar en vida la furia de la belleza misma. Del placer que produce el consuelo.
Lo besé.
Su piel temblaba bajo mis manos, tibia, palpitante, viva.
En ese instante lo supe: no quería salvarlo. Quería poseerlo. Tenerlo para mí, pero no como Luciana: para sanar sus vacíos emocionales, sino para enaltecer la perfección de aquello quién creó a tal criatura a su imagen y semejanza. Hacerlo eterno en mi memoria, en mi carne, en mis manos. El deseo me corrompió como una flor que se pudre desde dentro pero sigue oliendo a gloria.
Mis dedos tantearon su pecho. Lo abracé con más fuerza y apoyé mi oído en su corazón. Era una música delicada, un tambor perpetuo, un canto celestial encerrado en materia.
Lloré.
Y mientras lo hacía, cercené su piel translúcida con la navaja con la cual había cortado sus ataduras e introduje mis dedos en su pecho.
La piel se abrió sin resistencia. Su cuerpo sabía que ese era su destino. Hundí mis manos entre las costillas, sentí el calor, la fragilidad, y aún palpitante, la sangre y el corazón puro salían con fuerza y se esparcían en torno a la herida. Lo extraje como quien roba un relicario. Y al tenerlo entre las manos, creí sostener el universo.
Y entonces, murió. Murió entre mis brazos.
Aquella vez, la última que estuve en el Crestón Chino, me volví dueño del deseo.
- Ellie Lobos (Villanueva, Zacatecas, México, 2000) es egresada de la Licenciatura en Lenguas Extranjeras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha participado en talleres dedicados al arte y la literatura del siglo XIX, como Brujas y Vampiras y Muerte y Espanto, coordinados por Denisse Taborn Espejel (2025), así como en espacios de formación narrativa impartidos por Daniel Sibaja Tuz y Andrea Hernández Olivares (2025). Su obra ha sido publicada en medios digitales e impresos como Rueda de Mujeres, Revista Nemea y la antología Lágrimas de Sombra (2024), de la editorial Alas de Cuervo, dentro de la colección Terror Cruel.