
Por: Jorge de la Torre*
Los tiempos modernos son tiempos convulsos. Eso implica que estamos en momentos de no estabilidad, de continuidad, de reposo, de construcción, y de cuidado de instituciones de largo plazo. Sino de transformación, de cambios, y de rupturas. La Modernidad, como narrativa del progreso de los últimos cinco siglos, ha asumido esto como un mantra, como una condición indispensable. Nuestra condición moderna, es la condición de una sociedad global que de forma acelerada se está reconfigurando constantemente, modificando escenarios, territorios, cuerpos e identidades. Aquellas sociedades mucho más tecnologizadas a nivel industrial y técnico, se mueven bajo ese imperativo de constante transformación. Esta es la dinámica del sistema aceleracionista comandada por el sistema capitalista bajo la premisa de la máxima ganancia y el máximo rendimiento, bajo la ley de oferta y demanda. A mayor eficiencia técnica y económica, mayor capacidad y poderío de transformación en el tiempo y en el espacio.
A nivel moral e ideológico, el giro moderno, está anclado a la política como el arte de hacerse del poder, y hacer todo lo posible para no perderlo, cueste lo que cueste. En este escenario, la construcción del Estado, como la unidad política que condensa todas las aspiraciones sociales a una vida digna para todos los que viven en un determinado territorio, en una determinada demarcación, bajo la noción del Estado nación liberal, compartiendo ciertos valores, ciertas experiencias, y ciertas condiciones, como características lingüísticas, religiosas, y étnico tribales; se ve subordinado, igualmente, a la lógica que sigue el poder económico moderno, la de la reconfiguración del orden actual de cosas, la de la transformación constante.
Así pues, la ley de la oferta y la demanda, como ley de poder económico; y la ley del poder político, como la ley del orden moral, representan aquellos poderes que organizan la vida de los hombres, llevando a cabo un binomio de influencia total sobre la vida de las personas. De esta forma, la base de nuestro actual sistema de vida social, desde donde se conjugan los poderes que determinan toda ulterior vivencia humana, está construida bajo el imperativo de la lucha por la vida, en su expresión material, así como la lucha por el poder, en su expresión moral.
La lucha por la vida es una lucha por el acaparamiento de los recursos de distinta naturaleza, sean recursos naturales, tecnológicos, materiales, etc. En el caso de la lucha por el poder, es una lucha sobre quiénes habrán de ser los privilegiados; es decir, qué grupos, y con qué características, serán los que pueden accesar, en cantidad y calidad, a estos recursos materiales. Además, en la lucha por el poder político, lo que tenemos no es sólo una lucha sólo por el poder moral, sino también por el poder simbólico; es decir, por el reconocimiento a ser valorado y respetado como un suculento objeto de deseo; o bien, a ser denigrado y sometido, tratado como un paria indeseable; o, en su defecto, como pasa la mayor de las veces dentro de la lógica del sistema social, a ser ignorado, silenciado e invisibilizado.
Las sociedades modernas altamente industrializadas y tecnologizadas, consideradas las más avanzadas en el orden internacional de los distintos pueblos y naciones, se caracterizan por la lucha por la vida y lucha por el poder, de forma descarnada y grosera. El patrón social que se desprende de este patrón económico de acumulación, y del patrón político de posesión, nos ha hecho naturalizar y normalizar el comportamiento depredatorio y acaparador. Nos hemos de volver acaparadores y depredadores si hemos de sobrevivir en la lógica del sistema mundo que se nos impone, si hemos de ser escuchados y visibilizados, si hemos de ser parte del mundo de los deseos a los que aspira la sociedad global del siglo XXI.
Podemos decir, que los sucesos que hemos estado viviendo en este joven siglo XXI, que van desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 en lo que se conoció como el ataque a las torres gemelas de World Trade Center, en el corazón financiero del sistema capitalista, en New York, USA; pasando por la debacle en el 2008 de lo que se llamó la explosión de la burbuja inmobiliaria del sistema financiero internacional, que comenzó, igualmente en USA; las subsecuentes crisis políticas y sociales denunciadas por una generación bautizada como “el precariado”, que posterior a esta crisis financiera empezaron a surgir con consignas contestarias al actual orden de cosas, tanto en varias partes del mundo desarrollado como no desarrollado; la multiplicación constante de pandemias que se han ido manifestando con mayor contundencia; las constantes guerras del Medio Oriente desde la invasión de Irak pasando por Afganistán, los bombardeos a Siria, los ataques genocidas al pueblo palestino, la actual guerra entre Israel e Irán; la guerra de Rusia y Ucrania; así como la criminalización a los llamados “Nobody” (Nadie), migrantes provenientes de la periferia del mundo, huyendo del Sur depredado, buscando el nivel de vida, en tanto reconocimiento y acceso a los objetos de deseo de los países del Norte global; nos muestran un mundo convulso, una sociedad moderna caótica que pese a sus intenciones de proveer de valor económico y de valor moral a la vida humana, pareciera que es todo lo contrario.
¿Cómo entender este desvarío global? ¿Qué lectura dar a la avalancha de sucesos y eventos que parecen oscuros y apocalípticos de la civilización humana del siglo XXI? ¿Hemos de asumir que el progreso de nuestra civilización moderna por la instrumentación del sistema económico capitalista y el Estado moderno liberal es un drama falso, una distopía?
Heráclito de Éfeso, llamado el oscuro, considerado uno de los grandes filósofos de la antigüedad griega, señalaba que el cambio, era lo único que era constante. Pero ese cambio sólo era posible por la oposición de los contrarios. Esta continua oposición, esta lucha, no podía menguar, pues era el origen de la transformación, y el orden físico natural está manifestando todo el tiempo el cambio. Miremos por donde miremos, todo es cambio. Todo es transformación. Por ello, llegó a decir, que la lucha y la oposición de contrarios define lo que son las cosas, bajo la sentencia de que: “la guerra es el padre de todo”, y así mismo, “nadie puede bañarse dos veces en las aguas de un río”, pues estas aguas fluyen sin descanso, siempre son aguas nuevas. Con estas dos imágenes, Heráclito, aludía a que el estado de quietud, como un estado de cosas permanentes es algo ilusorio. Si miramos bien las cosas, nos daremos cuenta que más que permanencia, lo que prevalece es el cambio. La transformación del orden natural nos señala que el orden social también se ve sometido a contantes modificaciones. Si tomamos esta premisa de Heráclito, como una máxima, no sólo para comprender el mundo físico, sino también el mundo social en el que vivimos, podemos entender que los tiempos convulsos, son irremediablemente necesarios, y nada podemos hacer para detenerlos, o encauzarlos hacia un horizonte de vida mucho más apacible. En todo caso, hemos de vernos también como seres contradictorios, en constante cambio, entendiendo con ello, que no sólo nuestra vida personal, sino toda la vida física, y social, está modificándose, y que tal modificación duele, lástima, hiere, pero no hay más remedio que ajustarse a tales modificaciones. Así pues, no hay más que aceptar un hecho, nuestro tiempo de vida global y personal, es un tiempo pleno de convulsiones, y ello significa, que son tiempos heracliteanos, tiempos de oposición, tiempos de lucha, tiempos que nos señalan que no dejaremos de cambiar porque el flujo constante de cosas, de eventos, y de personas, nos los prescribe. Por ello, nos guste o no, hemos de sangrar…
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.