
Fotografía: Tomada de la web, créditos a quien corresponda
Por: Mauricio González González*
En un libro fundamental para el afrofuturismo publicado en 1993, La parábola del sembrador, Octavia E. Butler mostraba, bajo un despliegue de ficción especulativa, una distopía en la que el colapso hídrico y las condiciones de desigualdad eran extremas. Esta obra tomó su actual relevancia no sólo por su sensibilidad ante problemas ambientales acuciantes, sino también por presentar un poder de Estado que despojaba impunemente los derechos del grueso de la población en favor de una pequeña élite, que abiertamente se beneficiaba de la catástrofe, de las condiciones de segregación y violencia que imponía. Hoy con profunda preocupación vemos que en países como Estados Unidos de América (EUA) el futuro nos alcanza, esta vez mediante políticas antiinmigratorias que se ejercen con excesos represivos característicos de sus intervenciones en otros países, aquellos históricamente agredidos bajo un discurso de defensa de derechos.
El chamán yanomami Davi Kopenawa en el libro A queda do céu (2010), apoyado por el antropólogo Bruce Albert, elaboró lo que hoy conocemos como la crítica chamánica al capitalismo, donde aborda la pregunta en torno al por qué “el pueblo del dinero” produce un régimen de muerte que se ensaña sobre aquellos que protegen y conservan los espíritus de la floresta, meditando las razones de la violencia que ejercen sobre los encargados de sostener las condiciones para que el mundo permanezca, haciendo de él uno que no sólo pone en riesgo la supervivencia de colectivos amazónicos, sino también la de ese mismo pueblo que, canibalísticamente, devora las posibilidades de su existencia. Ese tipo de cuestionamientos son los que nos asisten al constatar cómo las redadas en ese país norteamericano golpean a un sector de la población particularmente industrioso, tal como lo es la inmensa mayoría de trabajadores inmigrantes, criminalizados por el delito de sostener junto a la valorización de mercancías de EUA, un aporte a economías de países que en el concierto de las naciones han sido condenados a sólo ser fuente de materias primas y fuerza de trabajo pauperizada.
Pero no son pocas ya las enseñanzas que ofrece la resistencia inmigrante que, valiéndose de cualidades multilingües, operan radios comunitarias para dar aviso de las acciones antiinmigrantes, que usan las redes sociales para hacer organización, de vínculos que fraternalmente protegen a través de dilación, que dan la vuelta, simulan y evaden la injusticia imperante. Las rondas de vigilancia popular sobre las acciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) permiten que no pocos zafen las deportaciones. Hay quienes, incluso, doblan su carga laboral en sus jornadas para que, en su turno, no asistan todos aquellos en riesgo de detención y, así, si existiera algún operativo, el daño sea controlado y sólo perjudique al menor número de trabajadores. No ha sido fácil, nunca lo fue, son momentos excepcionales.
Y sin embargo la dignidad no espera, se muestra, las cada vez más numerosas protestas que se despliegan en no pocas ciudades anuncian la forma de la disputa. Si en 1992 Rage Against The Machine en “The Battle of Los Ángeles” destacaba el componente de clase que las revueltas de entonces traslucían, hoy podemos complementarle con las de racialización que subyacen a las condiciones de explotación en aquel país, tal como la colonialidad del poder nos enseñó a leer, cuyo efecto no es otro que el ninguneo de gente particularmente valiosa. Las calles están agitadas, la solidaridad también, la indignación como acto de insumisión toma fuerza, una nueva batalla está en curso y la no colusión es lo mínimo indispensable: F*ck ICE! Venceremos.
- Mauricio González González estudió la licenciatura en Etnología, así como una maestría en Teoría Psicoanalítica, y la maestría y doctorado en Desarrollo Rural. Ha sido profesor de diferentes programas de estudio y posgrados tanto en escuelas privadas como públicas y comunitarias. Asimismo colabora en diferentes organizaciones y redes de la sociedad civil, principalmente ambientalistas. Escribe en el suplemento La Jornada del Campo y la agencia informativa Desisnfomémonos. Actualmente forma parte del colectivo CORASON, con quien participa en Radio Huaya “La voz campesina” dentro de la barra de opinión.