
Imagen: IA Educativa
Por Miguel Angel Maciel González
Cada vez que hago preguntas a estudiantes de posgrado acerca cuál creen que es el futuro de la educación, existe al unísono una misma respuesta: “a la tecnología”. Por supuesto, cada uno con sus matices; algunos hablan del internet como herramienta la cual permite contar con información al alcance de la mano; otros mencionan las ventajas de la Inteligencia Artificial (IA) en cuanto ahorrar tiempo en la búsqueda y análisis de la información; otros más, con relación a las plataformas digitales, las cuales permiten de manera remota sea o no en tiempo real conectarse, realizar actividades y comunicarse con profesores y estudiantes. Esto podría observarse como un fenómeno positivo, sobre todo en temas de acceso, cobertura y desarrollo de habilidades educativas digitales.
No obstante, existen un conjunto de aspectos que a nadie se les ocurren y mucho menos cuestionan, los cuales sólo se indicarán algunos a modo de pregunta; ¿qué se está entendiendo por tecnología? ¿quién está detrás de ella? ¿qué es educación? ¿cómo se conecta formación con tecnología educativa? y ¿qué condición humana se está engendrando cuando se obvian las reflexiones educacionales e instrumentales?
No se trata en este espacio de dar respuesta a estas interrogantes, porque además de amplias y complejas, se siguen debatiendo, sino de comprender dos cuestiones; la primera es la actitud tomada por los alumnos cuando no se les da la razón, es de molestia, menosprecio e indiferencia, lo cual indica cómo ellos mismos no están educados en la democracia de dialogar y en la eticidad de respetar, pero aún así, se empeñan en entregar en un maremoto de pasiones sus datos a los entornos educacionales.
Y es aquí donde vamos a la segunda perspectiva, por la cual se tiene la impresión en donde hay un enorme desconocimiento (o ignorancia de segundo orden; es decir, no se sabe que no se sabe), sobre las implicaciones cerebrales, emocionales y relacionales de estas herramientas en el ámbito de la educación, con lo cual nos atreveríamos como nuestra existencia se reordena en una psique de irrealidades y promesas, las cuales me parecen no llegarán y más bien estamos ocupando los asientos para el siguiente movimiento de las corporaciones en donde desde la educación, se continue el proyecto de aislamiento, control, fragmentación y adolescentrismo de la especie humana.
Pensemos un solo ejemplo; si alguien está gustoso de recibir sus clases en línea, con su ordenador, tableta, teléfono, conexión a internet y listo en su lugar preferido para disfrutar de las mediaciones tecnológicas y si esto se une al tiempo de exposición de tales lógicas intervenidas con IA, incluyendo el no salir de casa, entonces deberíamos preguntarnos, ¿no será que lo humano organizado de esa manera, ya se convierte en herramientas de sus propias herramientas y por tanto empieza a mutar en un yo superfluo, lo cual facilita su asunción o sometimiento al totalitarismo de la pantalla o al resurgimiento del mal como lo había indicado Hannah Arendt:
Solo una cosa parece discernible: podemos decir que el mal radical ha surgido en conexión de un sistema que hace que todas las personas sean igualmente superfluas. Los manipuladores de este sistema se consideren a sí mismos superfluos, tal como consideran superfluos a todo el mundo y los asesinos totalitarios son precisamente más peligrosos porque les da lo mismo estar vivos o muertos, les da lo mismo haber vivido o nacido. […] Hoy, mientras la población y el desarraigo crecen por todas partes, a las masas de gente se las vuelve superfluas en la medida en que pensamos el mundo en términos utilitarios. (Pigem, 2023, p. 56).
Lo anterior fue escrito por Hanna Arendt en 1951, en una de sus obras más importantes de cuestionamiento al régimen nazi; Los orígenes del totalitarismo. Nunca pensó que aquella infamia, podría no sólo volver a nacer, sino ahora estar en todas partes. Parte de esta visión consiste en la cuestión por la cual mientras las conexiones virtuales nos generan la simulación de estar formándonos gracias al imperio de las máquinas inteligentes, se está estructurando un orden ilusorio, de sueño y confusión mental, cuya promesa está en la posibilidad de sintetizar en nuestro organismo toda la información posible producida en tiempo real y la venidera. Un régimen de hipnocracia:
La sociedad algorítmica es una sociedad hipnótica en la que cada aspecto de la existencia está mediado por tecnologías de sugestión. El capital digital ha comprendido que el verdadero valor no reside en el control de los medios físicos de producción, sino en el control de los estados de conciencia. (Xun, 2025, pp. 16-17)
¿Hacia dónde navegar? Quizá no haya un camino preestablecido, es posible más bien desde las lógicas intimistas en las escuelas y/o en los espacios de aprendizaje, hacernos nuevamente preguntas, a salir a jugar y volvernos dialogantes universales del conocimiento.
Referencias
Pigem, J. (2023). Técnica y totalitarismo. Digitalización, deshumanización y los anillos del poder global. Fragmenta Editorial.
Xun, J. (2025). Hipnocracia. Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad. Rosamerón.
- Miguel Ángel Maciel González es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva y posgrado en Sociología y es colaborador de Pedagogía. Además, es colaborador para Revista Razón y Palabra, Angel Metropolitano y Enpoli. Tiene más de 10 libros como coautor principalmente en temas de ciencias sociales, comunicación y tecnología desde un enfoque crítico.