
Por: Jorge de la Torre
Quizá nadie en este mundo para proveer del hondo significado de alimentar el alma y el cuerpo, para la vida de cada ser vivo que viene al mundo, como la madre, que todo aquello que toma y come, lo convierte en leche, para que una vez de haber llegado a este mundo, inmediatamente estemos en posibilidades de sobrevivir en él.
Quizá también por ello es la encargada, sin caer en una falacia naturalista, de llevar a cabo la alquimia de procesar y transformar los alimentos en el hogar, pues todo su poder metafísico transfigurador queda al descubierto, así como su poder de influencia y benevolencia, cuando cualquier comensal, sea propio o extraño, algún familiar muy allegado, o incluso el más distante; se lleva a la boca, no sin cierto recato y sentido pecaminoso, los dedos para chupárselos después de haber participado de la ofrenda realizada.
Cocinando con fuego y con agua, ambos elementos primordiales del mundo físico, logrando obtener con ello los nutrientes de mezclas de condimentos y aceites, carnes, verduras, granos, leguminosas, tubérculos y frutas, procedentes de distintas regiones y tierras. Todos estos alimentos en conjunto representan el contacto y arraigo primigenio con la madre naturaleza, quien también realiza su propia transubstanciación creando vida de la materia degradada, por medio, de dos ciclos vitales, el del agua y del carbono. Con ello, todo se renueva, es decir, se transubstancializa. Así, pues, la mujer representa a su vez, está acción renovadora y continuadora, convirtiéndose en la gran transubstanciadora o transfiguradora metafísica del hogar, ícono de la morada vital del mundo de los hombres.
Hay mujeres que hoy día reniegan de esta misión. Faena que ven como una carga histórica maldita que les ha sido impuesta a la mujer por el patriarcado de la civilización occidental. A mi juicio quien así ve la realidad, vive en el olvido de que ella, es la custodia y la guardiana de tal poder metafísico. Así, impotente e inconsciente va por el mundo deseando otra vida y tener el dinero que le suplante de su poder transformador. La comodidad de la vida contemporánea le ha hecho olvidarse que, sin ella, el orden cósmico entero, al nivel de nuestra escala humana, depende de su poder.
Hay otro ser en la naturaleza, que también tiene una función parecida, las abejas. Imprescindibles también para la estabilidad y continuidad del orden cósmico natural y sus continuos ciclos de renovación que pasan de lo seco a lo húmedo, de lo caliente a lo frío, y viceversa. Sin ellas, sería la hecatombe. Pequeñas y diminutas, casi inofensivas, bellas y simpáticas a la vista, parecen no ser necesarias e importantes; pero nada como en este caso engaña tanto al sentido común, como decir que no necesitamos de su gran poder de transubstanciación; es decir, de su capacidad de poder producir la miel, y con ello, favorecer el proceso de polinización que permite la regeneración de la naturaleza.
Dentro del cuerpo de la mujer, se lleva a cabo la metamorfosis creadora de la vida. Así, pues, aquella revolución bioquímica y fisiológica que nos da la vida, es otro signo evidente de su trascendencia. Posteriormente, una vez que hemos llegado al mundo, su cuerpo continúa produciendo el primer sustento de la vida que conocemos como la leche materna. Luego, si la mujer sabe o intuye su papel histórico y creador en el mundo; y como el mundo, en este sentido depende de ella; llevará a cabo la faena alquímica y el ritual de la transubstanciación de los alimentos en la cocina. Algunas, insisto, preferirán renegar de su poder sustentador, y verán en aquella empresa, signos de decadencia y esclavitud. Pero esto a mi juicio no es más que la enajenación de sí mismas, y quizá también del mundo, que se ha olvidado, como hace con las abejas que producen la miel, de la gran capacidad de creación y transformación que tiene un ser tan diminuto, que insignificante, va ahí por la vida, pasando desapercibido, pero cuyo orden metafísico a una escala supracósmica respecto de sus dimensiones, depende directamente de su faena diaria. Imperceptible y simple, a los ojos de la percepción sacrílega y profana imperante; en realidad, logra unir el orden de la naturaleza, tejiendo con hilo fino y de oro, la trama de la vida.
Por ello, no hay mayor olvido de esta secreta, pero fundamental misión, la de la transubstanciación de la leche y la miel. Símbolos de vida, de dicha y plenitud. Sin ellas la decadencia del orden de lo natural se acelera y se extiende por el mundo. Quién sabe si tendremos que sobrevivir sin este ejercicio transubstanciador algún día en algún escenario distópico. De momento, después de miles de años de peregrinaje civilizatorio en este mundo y en esta naturaleza, esto no ha sido posible. Ante esto, tenemos algunas opciones inmediatas, señalo por lo menos dos. 1. La de seguir en el olvido de ello, y así vivir en el olvido de la morada primigenia que nos constituye con una serie de discursos, actitudes, estados mentales, y narrativas de desprecio, de competencia, de revanchismo; o bien, 2. Resacralizando la vida, con ello, sus escenarios y locaciones, sus acciones y procesos, sus tiempos y ciclos; pero, sobre todo, a quienes están realizando de manera imperceptible y continúa, la misma faena, el mismo ritual transubstancializador, que pareciendo insulso y anodino, nos hace olvidarnos del valor vital y renovador que tienen.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.