
Por: Mauricio González González
La matriz energética fósil ha llegado a límites planetarios que hacen de técnicas radicales como el fracturamiento hidráulico o fracking, aceptables para un modelo civilizatorio que se funda por mucho en la combustión de hidrocarburos. Ello activa las alertas en un momento en que la extracción de fósiles es por demás cuestionada ante la emergencia climática. La reducción contundente de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) habría de lograrse en no más de 15 años si se quieren sostener las condiciones favorables para la especie y para innumerables otras, según el último reporte de 2022 del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC).
Las alternativas más sustentables no sobran, mas no pocas tienen implicaciones que aún se están evaluando. Dentro de las que resultan francamente alarmantes son aquellas que proponen al Gas Natural Fósil (GNF) como energético de transición, no sólo porque mantienen los impactos de la extracción de combustibles fósiles sino, porque además, en gran medida para su recuperación utiliza técnicas ecocidas como el fracking. En nuestro país esta técnica ha sido ampliamente utilizada para explotar hidrocarburos convencionales y no convencionales en cuencas petrolíferas como la de Tampico-Misantla, que corre por una amplia franja territorial que acompaña al Golfo de México la cual, hasta hace un par de años, la ya extinta Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH) proponía como prioritaria para la extracción de combustibles fósiles no convencionales, como el gas shale o de lutitas que requiere del fracturamiento de la roca madre de los yacimientos petroleros. Ello implica a su vez intervenir una región, la Huasteca veracruzana y poblana, co-creada bajo esfuerzos de pueblos como el maseual, tutunakú, nhühú, tepehua y no indígenas, que han sostenido una producción agrícola milpera y citrícola desde tiempos inmemorables.
Todo indica que la matriz energética fósil no cederá de cualquier modo, sus últimos estertores harán lo necesario para sostener sus multimillonarios dividendos a costa de lo que sea. Benjamin Chavis, activista afroamericano, a mediados de los años 70 fue uno de los primeros que denunció prácticas perjudiciales para poblaciones subalternizadas y racializadas a través del manejo de desechos tóxicos destinados a zonas habitadas por dichos bloques de población, mostrando que ello era un engranaje más del racismo que opera en la sociedad norteamericana. Robert D. Bullard en los años 90 llamó “racismo ambiental” a las prácticas y políticas con altos impactos medioambientales que operan en territorios de poblaciones con bajos recursos e históricamente racializadas. Si el racismo, según el antropólogo colombiano Eduardo Restrepo (2009), es “una serie de prácticas más o menos institucionalizadas en formaciones sociales específicas, cuyo despliegue garantiza la inscripción en el cuerpo social e individual de relaciones de desigualdad, asimetría y exclusión”, habrá que considerar su advertencia de que ello es en plural, racismos, lo cual es evidente en las prácticas de extracción de energéticos fósiles que están tomando curso en estos momentos. La matriz energética contemporánea se ha valido de ello, y no dejará de ejercer su poder ahí donde los condenados de la Tierra han sido destinados. Lo cierto es que esos condenados hoy, a la luz del calentamiento global, seremos todxs si no se toman las medidas adecuadas y urgentes para intervenir la injusticia ambiental imperante.