
Por: Jorge de la Torre*
Segunda parte.
La arquitectura órfico pitagórica la podremos ver después por la mediación de Platón, en dos corrientes filosóficas conocidas como el estoicismo y el epicureísmo, en lo que se conoció como la filosofía helénica que permeó en el cristianismo primitivo, y posteriormente, en el cristianismo institucionalizado por el imperio romano. Uno de estos ciudadanos romanos conversos, maestro de retórica en Milán, educado en lo que se conoció como la tradición neoplatónica, y conocido en el mundo de la cristiandad latina del siglo IV d. C. como san Agustín, Obispo de Hipona; podríamos decir, que recoge la tradición de la tríada órfica pitagórica platónica, de la cual hemos venido discurriendo; y con ello, dará continuidad a los referentes metafísicos del mundo antiguo en una simbiosis cultural que generará lo que hoy conocemos como el mundo occidental moderno.
San Agustín, señala que hay una forma en la que se puede pasar de la vida corrompida, disoluta, sin orden, sin armonía, a la vida buena, llamada la vita beata, en tanto vida redimida. Esto es posible por medio del bautismo como un ritual de iniciación y de purificación; y por ello, un rito de paso de un estado de vida a otro.
San Agustín señala que hay tres tipos de bautizos, o ritos de paso. El primer bautismo, es el bautizo del agua; posteriormente el bautizo del fuego; y finalmente, el bautismo de sangre. El agua como sustancia primordial de la vida, podríamos señalarlo como el bautismo primordial, como el don gratuito del padre creador hacia el universo creado, es la gracia que recibe la creación entera al estar vinculada al principio vital. La imagen del génesis bíblico en donde el agua representa el símbolo más importante dador de vida, representando la fecundidad de este elemento en el jardín del Edén como morada divina para que la creación entera se solace de la vida buena, es una fiel referencia.
Posteriormente, podemos ver en el orden de los hechos narrados en el propio libro del génesis, la aparición del bautismo de fuego, que representa la oposición del elemento primordial, el agua. Entonces, en tanto antítesis de la vida buena, aparece la muerte, la enfermedad, que se le oponen a la vida divina original como las cualificaciones que se reciben después de que se ha salido de la morada primordial, el hogar divino, para morar en el hogar terrenal, la nueva morada, en donde el bautismo de fuego nos ha arrojado. Es por ello, que la mancha del mundo, la discordia, los conflictos, se hacen presentes en esta nueva morada. La cualificación que se ha recibido por ello, dista bastante de la cualificación primordial; sin embargo, es necesario que se dé este orden, para que finalmente, pueda aparecer el tercer bautismo, el de sangre, que es el bautismo final en que la historia de toda la creación se completa. Es el bautismo que lleva a cabo el hijo. En la tradición cristiana, el sacrificio de sangre llevada a cabo por el hijo, hace que la sangre se convierta en la sustancia primordial que permite la redención cósmico universal para que el padre vuelva a ser situado en el orden y armonía original del cosmos; y con ello, la sangre, en tanto sustancia divinizada, permite el acceso a la vida eterna, vista como la vida de plenitud, en donde la polilla no hace mella.
Otros dos autores, ya situados dentro del horizonte de la Modernidad, cuyos sistemas de pensamiento han modelado la reflexión filosófica política actual de las sociedades contemporáneas, y que retomaran esta tradición órfica pitagórica platónica, bajo los elementos que ya hemos analizado, pero reconstituyéndolos desde sus propias propuestas, son Hegel y Marx; en tanto ambos autores enfocan su sistema de pensamiento en el carácter dinámico y transformacional de la realidad; y en tanto buscan desde ahí, el motor principal, que mueve la historia humana. Pero quizá el elemento más distintivo de su sistema, es que ambos sistemas de pensamiento, aspiran, o desembocan, en el momento de la síntesis, en el momento de redención, por la vía del número 3, como el número sagrado que representa la superación o momento final, o momento teleológico, en donde se puede arribar a una nueva cualificación destinal de lo real que podemos llamar la vida buena.
En Hegel, esta restitución destinal, opera bajo la recuperación de la idea, o la conciencia, que recuerda al padre, a la razón, como el elemento central y dominante de su sistema; así pues, su sistema, incluye los tres momentos o etapas de la historia y del pensamiento, pasando por el Primer momento, que es el comienzo o momento iniciático, que es el momento que Hegel llama la aparición del espíritu subjetivo. El momento en que la naturaleza encuentra su revelación y realización. El Segundo momento, es el despliegue de la contradicción, como el momento de paso, o aparición del espíritu objetivo. Es el momento en que la sociedad política se revela y se realiza. Y finalmente, el Tercer momento, el fin, o el arribo al despliegue definitivo de la conciencia histórica universal, situada en el espíritu absoluto. El momento en que el arte, la religión y la filosofía como conciencia se revelan y se realizan recuperando a modo de síntesis universal histórica, la oposición de los dos momentos previos bajo la contradicción entre Naturaleza y Sociedad. Estos tres momentos del desarrollo de la conciencia son las partes indisociables del ciclo histórico del espíritu, y por ello, de la propia historia del mundo, en tanto totalidad de lo real. Es pues, como se puede ver, el sistema hegeliano, una narrativa mistérica emancipadora, y una narrativa teleológica escatológica, que persigue la unidad primordial como destino final. Así, el carácter de bondad y de plenitud de la vida, está puesto en la síntesis, en tanto que éste es el momento en que todo se realiza, es el gozo perfecto, puesto que es un deseo que está incluyendo y conteniendo a los dos momentos previos, al momento de la razón, al 1; y al momento de la voluntad, al 2. Así, pues, este deseo como número 3, no está por lo tanto en conflicto con ellos, sino en armonía perfecta. Por lo que se puede ver, todo este peregrinar del espíritu desde el sistema hegeliano, no es otra cosa que el mundo realizándose desde la conciencia lumínica dorada de la cual parte, hasta llegar a su completud final, y desde ahí desplegarse reencontrándose.
Lo mismo podemos decir del sistema de Marx, salvo que Marx, voltea a Hegel de cabeza, manteniendo la noción dinámica y transformadora de lo real, con la propuesta particular de que sea la acción y el movimiento, el principio material dinamizador de lo real, y no la conciencia o el espíritu, sino la acción física material; es decir, la acción de la propia vida que se está realizando y desplegando en un movimiento, que va desde las primeras manifestaciones materiales del universo físico, hasta el momento histórico cumbre en que la sociedad humana alcanza la capacidad de la autodeterminación y de autogobierno, con una sociedad sin clases, es decir, emancipada de toda forma de opresión, o contradicción, y con ello, encontrándose y revelándose como clase universal. Es pues, también, un pensador de síntesis que busca la armonía universal. Su sistema, aunque materialista, está puesto al igual que Hegel, en el carácter teleológico y escatológico, es decir, en el número 3, en donde la vida buena se realiza como fin y destino de la historia.
Como se puede ver, con este recorrido sucinto, la tradición mistérica que hemos llamado órfico pitagórica platónica, reúne elementos que podemos rastrear a lo largo de los distintos periodos históricos y los distintos escenarios culturales por los que ha andado la civilización occidental moderna. Posiblemente ello nos lleve a cuestionar la validez de las distintas tradiciones religiosas, éticas, políticas, y filosóficas, así como su carácter de originalidad y autenticidad. También nos puede hacer pensar en las posibles mixturas o combinaciones culturales que los pueblos hacen con sus propias categorías para resolver el enigma de la continuidad de la vida.
También se puede dar la siguiente lectura. Cada tradición cultural, con más o menos elementos, reactualiza, lo que podríamos decir, una misma pulsión arquetípica. La continuidad y plenitud de la vida. Entendiendo con ello, la máxima armonización cósmica, política, y personal; es decir, la armonización de todos los elementos puestos o conocidos en la totalidad de lo real, que implican, como lo hemos visto, los tres momentos en que nosotros mismos tendemos a narrar nuestra propia vida: 1. El momento de nuestra creación, nuestro nacimiento. 2. El momento de crecimiento y desarrollo, que se puede entender como nuestro modo de vivir o estar en el mundo; y el último movimiento, el 3. El momento destinal; es decir, el destino final de la propia vida, el momento de la síntesis, en donde el gozo perfecto se alcanza, en tanto todo se ha completado, y el alma, como elemento divino, retorna a su morada original. Magister dixit. (El Maestro lo dijo).
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.