
Por: Miguel Angel Maciel González
En los momentos actuales, se viven distintas formas de incertidumbre y desasosiego, que nos invitan a pensar, si los modelos de vida, los cuales hemos desarrollado al menos desde la revolución industrial hasta la fecha, pueden no sólo seguir vigentes de acuerdo a las necesidades materiales, sino también en función de la tranquilidad psicológica necesaria tanto para la especie humana, como también las entidades vivas y no vivas que nos acompañan en este viaje planetario. En ese sentido, una manifestación de descontento, pero sobre todo de aflicción orgánica registrada hoy, refiere al vínculo entre humanidad y ecosistema, condición decisiva para saber quiénes somos, en dónde estamos y hacia dónde queremos transitar con las nuevas generaciones.
Una buena parte de esta relación ya de por sí compleja, refiere al modo en que la cultura occidental ha tratado a la naturaleza. En este ámbito, se le ha observado como una entidad menor de la cual poder sacar provecho de ella, mediante su objetivación a través de la razón y el conocimiento científico, y/o vislumbrarla como materia prima, producción y mercantilización para la satisfacción sobre todo de quienes han sostenido el poder desde hace dos siglos, siendo los dueños del capital los principales inversores de esta empresa encargada de rentabilizar al mundo vegetal y animal. En ese sentido:
Es preciso invertir, pues, toda la ideología occidental desde Descartes, que hacía al hombre sujeto en un mundo de objetos. Es la ideología del hombre como unidad insular, mónada cerrada en el universo, contra la que el romanticismo sólo logró reacciona poéticamente, contra la que el cientificismo sólo pudo reaccionar mecánicamente, convirtiendo al hombre en una cosa. El capitalismo y el marxismo continuaron exaltando “la victoria sobre la naturaleza”, como si aplastar la naturaleza fuese la más épica proeza. (Morin y Hulot, 2008, p. 16)
Para los modernos, esta forma de esenciar o sustancializar al hombre como entidad primigenia, ha sido causante no sólo de problemáticas ecológicas, si se reduce este concepto al ambiente próximo, sino también a patologías mentales obsesionadas por el reduccionismo técnico de las existencias, el control de los recursos, la fijación por el consumo y la visibilización de los demás como objetos a cumplir los caprichos de tales potentados. Lo que está en juego, no es sólo si se producen toneladas de polución en los campos y ciudades, sino en el contrato que hemos firmado con lo otro y los efectos de guerra que se han producido en forma de rebote para nuestra identidad, historia y contexto.
De tal manera pensar de distinta manera a las alteridades, es parte de un compromiso para fundar alternativas a estos mundos, los cuales cada vez se cierran más. Un ejemplo de ello, está relacionado con las cosmovisiones y comportamientos revelados sobre la pluralidad humana, se va a encontrar en algunos rituales desarrollados por los pueblos de la costa oeste de Norteamérica, desde el norte de Estados Unidos hasta Alaska. Aquí, se van a encontrar varios relatos acerca de las concepciones vinculadas con la naturaleza, desde posturas completamente alejadas de la instrumentalidad científica moderna. Uno de ellos es aquel en donde se cuenta la historia de un hombre extremadamente bondadoso, quien ayudaba a los miembros de su tribu a sus actividades cotidianas relacionadas con el sustento y el abrigo. Este personaje, muere, sin embargo, una de las leyendas contadas y la cual se ha mantenido por generaciones es la que este ser, para seguir perpetuando su bondad, los dioses de esas tribus, trasmitieron su espíritu a uno de los árboles más grande de ese ecosistema.
El propósito de ello, era que esa vegetación absorbiera las bondades de ese ser etéreo y pudiera otorgar bienestar a los pobladores y esto, se hacía a través de lo que ese follaje ofrecía a las mujeres de esa región, lo cual era ropa térmica, cunas y otros utensilios para llevarlos a su vida y utilizarlos para solventar sus necesidades. Sin embargo esta actividad no se hace de forma desnuda acudiendo al lugar, cortar la corteza , recogerla, procesarla y que la población la utilice, sino se gesta toda una narrativa ritual, en donde tres generaciones de mujeres -abuela, madre e hija- quienes al acudir al bosque, se paran enfrente del cedro rojo (Thuja plicata) y cada una realiza un oración, la cual pide permiso a la planta, a los espíritus de la floresta y en general a ese ecosistema para recoger del lugar los materiales orgánicos con los cuales sostener a las familias. En ese sentido:
Un mito de los pueblos de la costa Salish nos cuenta que el Gran Espíritu creó este árbol en honor a un hombre que siempre ayudaba a los demás. El cedro rojo, por tanto, ayudaría eternamente a las comunidades. Existen múltiples ejemplos sobre las relaciones entre el cedro y los pueblos nativos. Por ejemplo, se sabe que las mujeres recolectaban la corteza de los cedros en una actividad que reunía a distintas generaciones (abuela, madre e hija) y, una vez que encontraban el árbol que sería aprovechado, se paraban frente al gigante para orar antes de arrancar su corteza, la cual tendría los más diversos usos (cobijas, sombreros, ropa térmica, forros de cunas y almohadillas menstruales, entre otros). Fue esta relación tan estrecha de interlocución y cuidado mutuo la que caracterizó el aprovechamiento y conservación del cedro rojo por parte de los grupos indígenas en el Pacífico noroeste. (Deschamps, 2019, p. 1)
En ello, no sólo se genera otra relación con lo otro (árbol, bosque y lo ecológico), sino también lo hacen de modo en que transformen la corporeidad del árbol, de acuerdo sólo a lo que están solicitando o requiriendo en ese momento. Por tal motivo, no tienen -aunque no se cumple esto en todos los casos- una concepción vinculada a la sobreexplotación del bosque, a través de usar, rentar o vender el follaje para recurrir a la figura de la comercialización como garante de la vida económica y social de su comunidad, sino equilibrio entre ellas y su entorno, lo cual también en ejercicio de entendimiento con la frondosidad.
Referencias
Deschamps Ramírez, P. (2019). Apuntes sobre el lenguaje entre bosques y comunidades. Revista de la Universidad de México, (6), 82–87. https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/fc19a6a8-b5b8-41c0-9557-9530d64bd202/apuntes-sobre-el-lenguaje-entre-bosques-y-comunidades.
Morin, E y Hulot, N. (2008). El año I de la era ecológica. Paidós.
- Miguel Ángel Maciel González es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva y posgrado en Sociología y es colaborador de Pedagogía. Además, es colaborador para Revista Razón y Palabra, Angel Metropolitano y Enpoli. Tiene más de 10 libros como coautor principalmente en temas de ciencias sociales, comunicación y tecnología desde un enfoque crítico.