
Por: Jorge de la Torre
Primera parte.
La búsqueda de la vida buena siempre ha sido un motor para nuestra especie. Desde las primeras migraciones transcontinentales que hicieron que nos expandiéramos desde el continente madre hacia otros continentes en la búsqueda de mejores tierras para lograr el autosustento; hasta la actualidad, en que el nuevo orden geopolítico internacional busca ajustarse a partir de la pugna entre las tres potencias tecno militares, y tecno económicas del mundo; a saber, USA, Rusia, y China, que no sólo mantienen la pulsión del poder buscando la hegemonía en estos campos, y otros tantos; sino que además, plantean la posibilidad de lo que podría ser la siguiente gran migración que modifique a la especie, la migración transplanetaria, que le permita a la humanidad la continuidad de la vida en el cosmos galáctico. Como se puede ver, la pulsión por la continuidad de la vida, ha sido el elemento primordial para hablar de la vida buena.
Una tradición mistérica de la antigua Grecia llamada la tradición órfica pitagórica, que recoge y sintetiza el mito de Orfeo, un mito iniciático, que plantea la posibilidad de la continuidad de la vida para los iniciados a estos misterios, quienes pueden liberarse del ciclo continuo de vidas corrompibles para ascender hacia la inmortalidad divina; se une a la tradición Pitagórica, inaugurada por Pitágoras de Samos, quien en el siglo VI a.C. no sólo era considerado un gran matemático, sino un gran maestro espiritual, que planteaba que el universo se movía de forma armónica bajo tres principios numéricos a modo de arquetipos fundamentales o principios universales.
El primer arquetipo fundamental o principio universal, es la Mónada, representado por el número 1. Representa a nivel ontológico o metafísico, el origen creacional de todo lo existente, por ello, puede considerarse en una perspectiva místico religiosa, como el padre creador de todo orden cósmico. La primera sustancia creadora desde donde todo emerge. También puede verse, en el orden del conocimiento, como la tesis principal. El primer enunciado con sentido y significado, es decir, aquella predicación que postula lo inteligible, lo que se puede conocer; o bien, lo que es susceptible de ser conocido. La metáfora del sol, como poder lumínico que ilumina lo real, es bastante fiel y podemos quedarnos con ella para entender este primer movimiento.
Posteriormente, ocurre un segundo movimiento, que surge de esta primera manifestación, es el arquetipo fundamental o principio universal de la Díada, representada por el número 2, que representa la disolución del uno primordial, para que prevalezca la confrontación por medio de la dualidad. Se puede ver también bajo la figura de la madre, o bien, la segunda sustancia que se extiende en el universo para reconfigurar y refundar nuevas realidades, que en primera instancia se oponen al orden primordial. La figura en el orden del pensamiento es el de la antítesis como un enunciado negativo, que es contradictorio de la primera predicación, o afirmación. Podemos plantearlo, en términos metafóricos como la aparición del mal, de la oscuridad, y la corrupción del bien primigenio. Es el momento de la caída del primer momento creacional.
Por último, aparece el último movimiento, la aparición del arquetipo fundamental o principio universal llamado la Tríada, representado por el número 3, un número sagrado, de unidad, que representa al hijo, y que se puede ver como la síntesis, la recuperación de la unión primordial, en tanto restauración y redención del universo. Es la posibilidad de la continuidad de la vida, por medio, del retorno al padre generador del cosmos para que con ello la reconciliación universal se haya completado.
La tradición mistérica brevemente enunciada, es recogida por el filósofo Platón, en particular en su obra de la República, en donde plantea una visión muy parecida a la órfica pitagórica, cuando señala la correspondencia de esta visión con lo que él considerará es una ciudad buena. Así, pues, para que esta correspondencia suceda, se ha de respetar el orden órfico pitagórico que hemos enunciado anteriormente. El número 1, es representado por el padre, y representa a la facultad de la razón, y por ello, tiene la capacidad de buscar el bien de forma intelectual. Para Platón, esta es la función principal de la máxima autoridad y del gobierno. Quienes se educan y trabajan para lograr desarrollar las capacidades intelectuales y de autoridad tienen un alma de oro. El número 2, representado por la madre, tiene la función de ser una clase auxiliar de la clase política en el poder, por ello, se encarga del cuidado y protección de la ciudad. Su elemento representativo es la facultad de la voluntad. Las personas que se han preparado desde niños para llevar a cabo estas funciones tienen un alma de plata. El número 3, representado por el hijo, implica que, en el último nivel de la organización política de una ciudad buena, está el pueblo, representado por todas las clases productoras, artesanos, comerciantes, labriegos, etc. En este nivel aparece la facultad del deseo como la nota característica de las clases sociales que tienden a dejarse mover más por sus deseos de acumulación de riqueza, que, por la voluntad o la razón; por ello, les recomienda la moderación y la templanza, para evitar caer en la hybris, o la intemperancia, o desmesura, la cual alteraría el orden y la armonía tanto en la arquitectura de sí mismo, como también en el orden arquitectónico político y social, así como la propia arquitectura del cosmos. Su alma si es adecuadamente trabajada por la templanza y prudencia, es de bronce; pero si son arrastrados por el tsunami de todas las pasiones mundanas, su alma se torna de hierro, el menos noble de los metales.
En otra de sus obras, llamada el Fedro, Platón, usa la alegoría de la carroza alada, usando también los tres elementos de la tradición órfica pitagórica. El cochero o jinete, llamado el auriga, es el que tiene el máximo poder sobre la carroza, es el que guía la carroza, representando a la razón como la que puede visualizar el mejor camino a seguir en la búsqueda de la vida buena, es decir, la vida divina. La voluntad, como cualidad subordinada a la razón, es representada por un noble caballo blanco que por naturaleza tiende a lo divino; y el deseo, como la cualidad final, es representado por un brioso caballo negro, que por naturaleza tiende hacia lo mundano. Si la razón conduce y gobierna con firmeza a la voluntad y el deseo, entonces se puede alcanzar la vida buena; pero si la razón no gobierna, o renuncia a su potestad, si el principio de jerarquía, de poder y de mando, se altera, por ejemplo, que el brioso caballo negro sea el que impera de forma desbocada, entonces, no se puede conducir la carroza hacia la vida buena, la vida excelsa alcanzada sólo por los dioses, y más bien, se habrá de seguir el ciclo continuo de rencarnaciones constantes en el mundo de los hombres en donde impera la ley de los deseos mundanos.
Como se puede ver, para Platón, las tres cualidades o atributos órfico pitagóricos, están además de instaurados en el orden del universo, lo están en el orden de la ciudad, y al mismo tiempo en el orden de la persona. El que se respete esta jerarquía, este principio de poder, sólo es posible por la armonía; podría decirse por ello, que la armonía es el elemento real, que hace que el bien florezca, y con ello, la justicia impere. Así, pues, la justicia social, política, económica, están alienadas a un orden cualitativo universal que no se puede alterar bajo riesgo de penas y sufrimientos, dentro del ciclo continuo de rencarnaciones sin fin.
Además, seguir este orden jerárquico implica no sólo estar armonizado interiormente a nivel personal, poniendo en orden las facultades mencionadas, la del intelecto, la voluntad, y los deseos, que son arquetipos fundamentales; sino también implica estar armonizado políticamente y socialmente, dentro de lo que podríamos llamar una adecuada organización del trabajo, en donde cada cuál desempeña sus funciones de acuerdo a sus capacidades, o al tipo de alma, o psicología personal que se tiene, contribuyendo a la armonía social y política de la ciudad, sino que, principalmente con ello, se estaría reproduciendo la arquitectura del orden órfico pitagórico en armonía también con en el nivel cósmico, en tanto se siguen sus tres principios universales.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.