La infinita hazaña de ir más allá de la literatura infantil

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Por:Victoria Giles Mercado*

 

Cuando creció, el niño
cumplió con lo que el ratón había prometido.
Los árboles
poblaron de nuevo las laderas de la montaña.
Regresaron los animales del bosque.
Los suelos volvieron a ser fértiles…

“El ratón y la montaña”, Antonio Gramsci.

Una aventura fantástica para encontrar a Leotolda, una elefanta que quiere jugar con sus amigos y primos, una mamá que se transforma en dragón, un cerdo que engaña al zorro, una y mil maneras de atrapar estrellas, un grúfalo que no es más que una quimera, la peor señora del mundo, una rana que no quería ser una rana, unas zanahorias que engañan al conejo, un gato sin nombre, una manta que se vuelve un botón.

    Definir la literatura infantil puede resultar una tarea tan compleja como lo es para cualquier tipo de producción artística, porque con la intención de ubicarla en categorías se termina abriendo más preguntas de las que se intenta responder. Desde algunos lugares la literatura infantil es definida como el tipo de producción que agrupa textos, creaciones artísticas literarias que pueden estar integradas con imágenes o ilustraciones, además de un lenguaje particular de sencilla comprensión dirigido a niñxs con una composición específica. Además, deben de tener una intención de entretener e incluso deberían de contar con un mensaje en forma de una lección sobre el bien y el mal.

    Si seguimos estas ideas entonces tendríamos que cuestionarnos qué hace que un escrito esté dirigido a niñxs. No sólo hacemos suposiciones adultocentristas que asumen que lxs niñxs comprenden mucho menos, que no tienen acceso a un tipo de lenguaje al que solo lxs adultxs pueden acceder. Pasamos por alto producciones bellísimas como la autobiografía “Jacominus Gainsborough”, o textos de guerras como “Colas de sueños”, incluso textos sin texto como “El granjero y el payaso”, o poemarios como “Ema y el silencio”, “Un abrazo” o “Pájaro del alma”.

     Asumir además que la literatura infantil tiene una función explicaría por qué son lxs docentes quienes escogen las lecturas que se revisan en las escuelas, limitando las posibilidades que tiene un texto de ser una y mil cosas en su lectura. La función no es solamente entretener, sino que entre sus páginas y líneas encuentren referentes sobre su vida, sobre sus aspiraciones y un mundo digno de habitar y construir, tal como nos invitan narraciones como “El ratón y la montaña”, o “Mounstro azul” y su amigo “Rana de tres ojos”, o “Lo que construimos”, y la increíble hazaña en “Wangari y los árboles de la paz”.

   Para algunxs la peculiaridad de la literatura infantil tiene que ver con características como lo maravilloso, pensado esto como algo fuera de lo común, pero con elementos cotidianos: eventos que no pueden ser explicados fácilmente y que les invita a preguntarse cómo, por qué y qué hacer; como en “Cómo atrapar una estrella”, o “¿Dónde está la luna?”, “Salvemos a nuestros monstruos”. ¿Pero no son éstas características propias de muchísimas producciones literarias dirigidas a todo lector? Tal vez no nos vendría mal escuchar y leer de vez en cuando historias con personajes de otro planeta que habitan en nuestras casas, o hazañas tan fantásticas como en las que andamos todos los días, y entonces no nos quede más que llevar la literatura infantil a algo más que textos entretenidos para edades de 0 a 10 años, sino claves para habitar infinitas posibilidades de increíbles maneras.

 

  • Victoria Giles Mercado es docente y practica el psicoanálisis en la Ciudad de México. Estudió Psicología, posteriormente una maestría en Teoría Psicoanalítica y una licenciatura en Educación. En el ámbito cultural ha participado en el programa de animación a la lectura en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil en la Ciudad de México. Asimismo, ha colaborado en publicaciones del colectivo Antígonas, en la revista Parábola de la Sociedad de Alumnos de Literatura Latinoamericana de la Universidad Iberoamericana, y en el portal Malvestida.