Teuchitlán: violencia extractiva y semiótica

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Por: Miguel Angel Maciel González

En 1784, el filósofo alemán Immanuel Kant, escribió ¿Qué es la ilustración?, ahí había acuñado la siguiente reflexión “ten coraje de valerte de tu propio entendimiento!”. Esta sentencia, era una de las primeras en la historia de la modernidad temprana, donde se enmarcaba los ideales de progreso y emancipación que marcarían no sólo el sentido de su tiempo, sino también la ruta por la cual el ser humano lograría su mayoría de edad, consolidaría un régimen político de garantías para todos y permitiría construir uno de los anhelos más importantes; una sociedad buena.

Para ello, se gestó el programa político de la democracia liberal, la cual aseguraba el pleno ejercicio de las libertades y derechos de la naciente ciudadanía, mediante la construcción de un estado de derecho, quien no solamente estaba dividido entre tres poderes para garantizar su equilibrio y prevenir el abuso y/o la imposición de uno de ellos, sino también implicaba el pleno respeto a las decisiones autónomas de los gobernados.

No obstante, con el pasar del tiempo y la consolidación del capitalismo industrial, estos principios filosóficos y políticos, se eclipsaron debido a que ese sistema económico y cultural, buscaba cosas contrarias a esa forma estatal. Así en vez de otorgar un principio de justicia y reparto equitativo del salario y los bienes, el capital se orientó a concentrar la riqueza, a la especulación financiera y al entrenamiento de cuerpos y subjetividades para ser organizados en formas de explotación selectiva, la cual iba desde la expropiación de tierras, convertir a los dueños de ellas en obreros, hasta encerrarlos en las fábricas; uniformizar sus actos, someterlos a una rutina y eliminar su conciencia como seres humanos y trabajadores. Todo ello a partir de un modo de vida vinculado a la producción, el apoderamiento de la plusvalía y el ascenso de un sistema de vida reducida a la posesión económica y material.

Más de un siglo después de estas circunstancias, la penetración del capitalismo en la proliferación de este estilo de vida, más la precariedad en los contratos de las personas, generó que muchos de ellos, decidieran mejor pasarse al ámbito delictivo para gozar lo que sus patrones no les había otorgado y lo cual consistía en un mejor sueldo y por supuesto hacerse de los satisfactores materiales porque eso les daba la felicidad.

Eso implicó para este periodo en México, la aparición de dos fenómenos; la figura masculina del endriago (Valencia, 2016), quien sin contemplaciones afectivas y éticas, secuestraba, torturaba, asesinaba a personas con el único fin de obtener una riqueza prometida, lo cual representa una concepción donde la vida humana representa un fenómeno objetual, el cual puede eliminarse en cualquier momento, como lo visto en el caso de Teuchitlán, donde las ropas, los restos óseos y las cartas de los criminales encontradas, representan no sólo barbarie, sino la encarnación de la lógica del capital quien se aprovecha de la precariedad de los individuos usurpando sus cuerpos para usurpar otros. Esto remite precisamente al fenómeno de la violencia extractiva donde víctima y victimario son despojados de su mismidad identitaria, desubjetivados para reordenarlos en el orden semántico de la crueldad y la tensión:

En este sentido, la subjetividad que se produce en el dispositivo de extracción es en realidad una desubjetivación, una falta de sentido que se observa en el horror producido; en las formas de dar muerte, en la desensibilización que muestra en el goce que produce. (Fuentes, 2021, p. 72)

Sin embargo, este ejercicio de hegemónico sobre la corporalidad y las aspiraciones humanas, no es el único, también la misma comunicación pública a través del discurso televisivo, ha gestado al menos dos prácticas para promover ese sentido de destrucción de las narrativas particulares sobre todo de quienes fueron privados de su libertad.

La primera, remite como a través de contar las historias de los asesinados, se pretende no sólo imponer una visión/versión de lo acontecido, con el fin de controlar lo significado por la opinión pública para hacerla ver como verdad, en detrimento de otras posibilidades de observar de contar lo sucedido, sino también administrar los signos de tal manera que puedan crear en la teleaudiencia un sentimiento de temor y angustia para proferir cierta parálisis social:

La circulación del miedo, de la angustia o del pánico que constituye la atmósfera y la tonalidad en las que están inmersas nuestras sociedades “de la seguridad pública”, se activa por medio de máquinas de signos que no van dirigidos a la conciencia, sino directamente al sistema nervioso, a los afectos, a las emociones.

En lugar de estar centradas en la lengua, las semióticas simbólicas del cuerpo son actividad como tal por la producción industrial, maquínica, no humana de imágenes, sonidos, palabras, intensidades, movimientos, ritmos, etc. (Lazzarato, 2012, p, 717)

Finalmente, esta necrosemiosis, se acompaña de otros intentos de la televisión y es que, al mostrar las imágenes de los huesos triturados y las armas, también el público recree en sus mentes los chasquidos de los disparos y/o, los gritos de los secuestrados y/o la acústica de los cuerpos mutilados en una forma atroz de un capitalismo sonoro. Tales escenas nos recuerdan la posibilidad de reorganizarnos como sujetos de a pie para crear un sistema de vida el cual no sólo no nos carcoma la piel, sino también las entrañas del espíritu.

Referencias bibliográficas:

Fuentes Díaz, A. (2021). Fuerzas de trabajo excedente y destrucción corporal: una

nueva morfología de la violencia en México. En M. E. Sánchez (Coord.), Desgarramientos civilizatorios. Símbolos, corporeidades y territorios (pp. 53-77). Ausal.

Lazzarato, M. (2012). El funcionamiento de los signos y las semióticas en el

capitalismo contemporáneo. Revista Palabra-Clave, 15(3), 713-725. https://es.scribd.com/document/329906342/Lazzarato-El-Funcionamiento-de-Los-Signos-y-de-Las-Semioticas-en-El-Capitalismo-Contemporaneo.

Valencia, S. (2016). Capitalismo Gore. Control económico, violencia y narcopoder.

Paidós.

 

  • Miguel Ángel Maciel González es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva y posgrado en Sociología y es colaborador de Pedagogía. Además, es colaborador para Revista Razón y Palabra, Angel Metropolitano y Enpoli. Tiene más de 10 libros como coautor principalmente en temas de ciencias sociales, comunicación y tecnología desde un enfoque crítico.