La búsqueda de la identidad femenina

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Por: Jorge de la Torre *

 

Parte segunda

En la entrega del texto anterior había referido algunos elementos primordiales más de carácter teórico sobre lo que han dicho algunos estudiosos sobre la cuestión de la identidad. Esto para acercarnos a la noción de identidad femenina, y, sobre todo, para entenderla como algo que se ha ido generando y construyendo partiendo de lo que la tradición académica ha ido especulando sobre lo que se conoce como la identidad. Principalmente recurrimos a autores que han escrito y estudiado sobre el tema, y que considero pueden aportar luz al momento de querer responder sobre qué va eso que podemos llamar la identidad femenina.

    Sobresalió como un elemento central, y que se usa como un término afín, la noción de conciencia. En particular, “conciencia de sí”, o, “autoconciencia”. Otro elemento importante fue la noción de lo simbólico. Es decir, el conjunto de ideas y representaciones que dominan nuestras imágenes de la realidad, tanto del mundo, como de nosotros mismos, y que están en el orden de lo ideológico y lo cultural, constituyendo los contenidos de nuestra conciencia. Estos contenidos pueden estar bien integrados, o bien, pueden no estarlo. Dependerá de muchos factores. Pero las consecuencias de una buena integración, o no, pueden definir la experiencia personal y social, para bien, o para mal.

    Otro elemento muy importante que se destacó, y que se deriva de esto último que hemos dicho, es que la integración o desintegración es histórica. Es decir, interviene el aspecto temporal. Ello significa que irá cambiando con el tiempo forzosamente la manera cómo entendamos qué significa ser mujer, y con ello, se puedan vivir nuevas experiencias a nivel social, cultural, y político.

    En este último aspecto, podemos ver el ejemplo de lo que está pasando en México, en donde quizá era impensable que hace 100 años una mujer pudiera ser la presidenta de un país, y quizá mucho más extraordinario si nos vamos 2, 400 años atrás en la historia, cuando el divino Platón escribe su obra maestra: “La República”, que constituye su idea de la sociedad perfecta, en donde no desecha la idea de que la mujer, si se le prepara y educa adecuadamente como a los hombres, puede ser parte de la clase social más importante, la de los gobernantes. Su proyecto político evidentemente era en su momento una utopía, pero hoy día es una realidad. Esto es así porque la identidad de sí, o, autoconciencia, va adquiriendo esos contenidos particulares, los cuales hacen que se vaya desarrollando y complejizando cada vez más la noción de identidad femenina, y con ello, el conjunto de discursos y prácticas que definirán a las mujeres.

    Quisiera, en esta ocasión, poder agregar algunas ideas nuevas que nos puedan ayudar a ampliar lo que se ha dicho sobre el tema que nos ocupa, es decir, la búsqueda de la identidad femenina. En primer lugar, quiero extenderme en la idea de que la identidad, no es algo dado de suyo. Por lo menos hablando en términos culturales. Es decir, sin apelar únicamente al discurso dentro de una explicación adscrita a determinismos biológicos, es decir, que señale que ser mujer sólo tiene que ver con la forma particular de su estructura fisiológica. Así pues, ponderando la cuestión cultural o simbólica. En este sentido no es lo mismo ser mujer en un país pobre, a ser mujer en un país rico. O ser mujer como directiva en una empresa, o serlo en una casa llena de hijos. Los roles, en tanto actividades y formas de comportarse de las mujeres no pueden universalizarse, sino más bien comprenderse dentro de contextos muy determinados. Así, por ejemplo, ser mujer en una sociedad urbana, de clase media alta, con estudios universitarios, con trabajo remunerado, prestaciones de ley; no es lo mismo, a ser mujer en una sociedad rural, de clase baja, sin estudios, sin trabajo alguno, y ningún tipo de seguridad social.

    Exagero en la comparación para señalar que es difícil adscribirse a que la identidad femenina puede ser una y nada más. Sino que pasa por distintos conjuntos de elementos que van constituyendo el tipo de contenidos, o de representaciones, que en ella se están anidando dentro de su conciencia, y la hacen tener una conciencia de sí, que lo mismo incluye la capacidad de conocerse bien a bien, y con ello, conocer las cosas que se pueden hacer, y a lo que se puede aspirar.

    ¿Qué puedo conocer? ¿qué puedo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es la mujer? con estas preguntas hacemos alusión a las preguntas fundamentales, que señala el pensador de Königsberg, del siglo XVIII, Inmanuel Kant, habrían de hacerse para que el hombre moderno ilustrado, en búsqueda de autodeterminación de sí, pudiera desarrollar su capacidad de agenciamiento o autoemancipación. Podríamos, así pues, decir, que la mujer contemporánea, se tendría que responder estas mismas preguntas de una manera distinta dependiendo del conjunto de circunstancias en las que esté situada en el mundo social y cultural en que le ha tocado vivir.

    Ahora bien, la cuestión de la autoconciencia, y su capacidad de autoderminación, o capacidad de empoderamiento, no es una cuestión que se tenga que responder de forma personal. Esta capacidad también opera a nivel social; es decir, las representaciones sociales sobre la mujer que tienen los colectivos sociales son distintas y diferentes, dependiendo de varios factores. Entre ellos, lo histórico, por ejemplo, cuando mencioné a Platón, y lo que pensaba acerca de la mujer. Platón escribía esto que era muy osado en el contexto histórico de su tiempo, que era una sociedad de hombres ricos e ilustrados en la filosofía; y, además, esclavistas y terratenientes, como lo fue el imperio griego. Desde ese estado de cosas propias de su mundo antiguo, a los griegos de la antigüedad les costaba trabajo pensar que la mujer pudiera pertenecer a la élite gubernamental, y, sobre todo, que dirigiera los destinos de toda la comunidad política desde el uso de su razón o su capacidad de entendimiento.

    Hoy en día la mujer está más empoderada que hace 2400 años, e incluso, que hace 50 años; así pues, las mujeres de hoy, y quizá mucho más las niñas que están naciendo en este año de 2025 en el mundo, tienen, y tendrán más posibilidades de ocupar cargos gubernamentales y pertenecer a la burocracia dorada que durante miles de años estuvo sólo delimitada a los hombres en casi todo el mundo urbano civilizado.

Para concluir, quizá uno de los elementos que tenemos que señalar o criticar dentro de la sociedad tardo-capitalista del siglo XXI, que fundamentalmente es una sociedad montada sobre la vanidad, y sobre la ostentación de bienes de lujo, o, de bienes conspicuos, es decir, no necesarios; que el rol asignado a la mujer, es el de un producto o una mercancía más, para que este sistema económico se siga perpetuando. La vanidad es capitalista, y por extensión, femenina. Es la predica del sistema económico hegemónico a nivel global que gobierna el destino de millones, no sólo de hombres y mujeres, niños y viejos, sino de múltiples especies y zonas naturales que están siendo depredadas por la vorágine del lujo que necesita convertir los recursos naturales en bienes de ostentación.

    En ese marco, pensemos qué pasaría con el sistema capitalista que depende del consumo de bienes, no sólo básicos para la continuidad de la vida, sino fundamentalmente, de bienes conspicuos, que son bienes de distinción, bienes que alimentan el fogón del deseo siempre insatisfecho, para que siga ardiendo la hoguera de las vanidades, y así se siga perpetuando el sistema económico más global que ha existido, y, por lo tanto, más opresor. ¿Acaso no se vendría abajo, si en ese carnaval cotidiano de compras que se mueven a diario, la autoconciencia femenina, rompiera el estereotipo de la vanidad manipulada por el sistema publicitario? Pienso en la canción contestataria y antiestablishment de los años 70´s: Woman is the nigger of the World (La mujer es el negro del mundo) de John Lennon, cuando éste canta cual profeta bíblico del antiguo testamento arengando a su sociedad putrefacta en la perdición del pecado: ¡¡¡We make her paint her face and dance!!! (¡¡¡La hacemos que se pinte la cara y baile!!!).

    Lo que señala esta canción no es que propiamente se le tenga que imputar a la mujer que ella se comporte así, y que los contenidos de conciencia y su capacidad de agenciamiento, es decir, de ser un agente social autónomo y emancipado, sean un problema solamente personal, sino que es una cuestión de toda la sociedad, de todo el sistema. No que se esté en contra de la belleza femenina, y de sus habilidades artísticas como bailar; sino que éstas, en realidad están puestas al servicio del sistema, y mientras las mujeres y la propia sociedad, en su marco referencial más general, sólo asigne la capacidad de la autorepresentación de sí, desde el lujo y la vanidad, es decir, que las mujeres se vean a sí mismas como mercancías que pueden ser vendidas. Desde esta imagen autoperformativa que le conviene al sistema económico de la vanidad capitalista, entonces, no sólo nos habremos extraviado como humanidad, sino que nos hemos estancado en la historia del espíritu, como conciencia de sí. ¡¡¡Dance, dance, dance…!!!

 

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.