Las no formas

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Por: Andra Navarro * 

¿Quién y cómo se determinan las formas correctas de luchar? Desde que somos niñas/os las y los adultos nos enseñan a “comportarnos” a atender sin rezongar, nos enseñan que las niñas/os que gritan y patalean están haciendo un berrinche, que se están comportando mal, que esas no son las formas de pedir algo. Cuando podemos acceder a la educación sistematizada, o sea, cuando tenemos el privilegio de acceder a la educación, la formación es similar a la que se tiene en casa, se nos obliga a obedecer las ordenes de las maestras/os para que ellas puedan llevar un control de la clase, las niñas y niños deben de estar quietos de 5 a 7 horas diarias, 5 veces a la semana, dejando sus horas más hiperactivas en los pupitres de madera, deben a toda costa controlar que sus pies no se muevan rítmicamente contra el piso, que sus manos no utilicen como baqueta de batería al color azul, deben no hablar para no interrumpir a la maestra/o, para no ser sancionadas/os frente a toda la clase, para que, quien está frente a grupo no tenga motivos para gritarle o antes, cuando nuestras madres y padres fueron educados, para que no existiera razones que justificaran los reglazos en las manos o las jaladas de oreja.

    Aprendemos entonces, desde casa y en la escuela que “las formas correctas” de pedir algo son bajando el tono de voz, con tranquilidad, desde la obediencia y la gratitud… “tengo hambre, ¿podrías darme algo de comer?”, “la lección es difícil, ¿podrías explicármela nuevamente?”, “no me gusta que me grites, ¿puedes hablarme bajito?”, eso último podría desatar violencia a pesar de que se pidieron las cosas de la dichosa forma correcta ya que quien las pidió en este ejemplo fueron niñas/os a una figura de autoridad como padres y maestros y si algo nos enseña el sistema educativo desde pequeñas/os es a aprender quién tiene el mando en tal situación y por ende quién tiene el monopolio de la violencia.

   El modelo educativo solamente es la primera fila de la fuerza del Estado, es el primer espacio donde debemos aprender cómo comportarnos como ciudadanas/os del mundo, es de los primeros lugares donde se nos enseña “la no violencia”, ahí aprendemos que gritarle al profesor no hará que nos escuche, sino que, por el contrario, terminaremos castigadas/os por una semana, pero es ahí donde también aprendemos quienes sí pueden gritar para ser escuchados y de ser necesario, hacer uso de la violencia física, psicológica etc para obtener lo que requieren, lxs docentes, directorxs, lxs adultxs, la no violencia es una herramienta del poder para controlar a lxs de abajo.

  Para el autor anarquista Peter Galderloos «La no violencia asegura el monopolio de la violencia al Estado»[1], en estos términos solamente la hegemonía del sistema, o sea, la supremacía blanca, el patriarcado, el capitalismo y el Estado pueden hacer uso de la violencia, ésta es requerida por el poder para seguir manteniendo el estatus quo, es por ello que el cuento de las luchas pacifistas no es más que una leyenda hippie para perpetuar el poder de los de arriba mientras lxs de abajo hacen esfuerzos porque sus luchas no se vean como “violentas” y así no puedan ser desacreditadas, señaladas o incluso, reprimidas.

   Pongamos ejemplos cercanos en territorio y temporalidad, el 8M en Zacatecas era “pacífico” y “no violento” al menos hasta 2017, ambos términos están entre comillas porque romper vidrios y rayar paredes no son acciones violentas si las comparan con las verdaderas violencias que las niñas, jóvenes y mujeres zacatecanas llevan viviendo en este territorio desde hace décadas. Marzo de 2018 fue el primer año que en la ciudad de cantera se leyó en un espacio tan sagrado para los zacatecanos (más sagrado que la vida de cualquier mujer, nos quedó claro ya) como lo es la catedral de la capital un “ni una más”, “Estado feminicida” entre otras consignas de la lucha feminista.

   Quienes vivimos nuestra infancia en el sexenio de Calderón crecimos en una realidad muy distinta a las generaciones anteriores y posteriores, aprendimos en el jardín de niñxs y en la escuela primaria a colocarnos pecho tierra por si a dos grupos delictivos se les ocurría enfrentarse justo afuera de las instalaciones, o incluso dentro de, crecimos viendo cómo los familiares, vecinxs o amigxs desaparecían de un día otro y nadie sabía decirnos dónde estaban, crecimos casi en cautiverio, recogiéndonos temprano para no ser una cifra de desaparición forzada más, de feminicidio, de violación, de trata…

   Esa generación de niñas que vivió su infancia durante la guerra contra el narco ahora es una generación de mujeres zacatecanas que aprendió a sobrevivir esquivando balas, corriendo de acosadores, escondiéndose de los agresores, bajando las manos ante un peligro latente para no ser presa fácil por “ponerse violenta”, una generación que después de la universidad no encuentra trabajo digno en un país que desaparece personas justo cuando va en búsqueda de un empleo estable y bien remunerado, esa generación que ha crecido viendo a las madres dejar la cocina para aprender a usar una pala y buscar entre la tierra a sus desaparecidxs. A nuestra generación, como a muchas otras que llegaron antes o vinieron después nos enseñaron que “calladitas nos vemos más bonitas”, que “las mujeres deben ser tranquilas” que “hay formas de comportamiento para las mujeres, buenas formas”, sin embargo, el pacifismo y las buenas formas no han funcionado para que las mujeres, niñas y jóvenes zacatecanas tengan una vida digna, segura, no violenta.

   La mentira más grande que puedes encontrar en los comentarios contra la “violenta” manifestación del 8M en el estado es que “la violencia genera más violencia”, no es así, pues por siglos el patriarcado se ha encargado de otorgar casi exclusivamente la habilidad y el derecho del uso de la violencia a los hombres, privando a las mujeres de, incluso, la autodefensa. Las mujeres en México y en Zacatecas deciden desde una posición política hacer uso en sus manifestaciones de la iconoclasia, la cual es una práctica política y simbólica de lucha que lleva practicándose desde el siglo VII y no ha dejado de utilizarse como representación de resistencia a lo largo de la historia, se utilizó en la revolución francesa cuando se intervinieron estatuas que representaban a la monarquía, en América latina se usó contra dictaduras y en México ya se había empleado antes durante la revolución mexicana.

   La iconoclasia que es empleada por el movimiento feminista en el país y en el estado como medio de lucha, resistencia y visibilización de las violencias que las mujeres encarnan en este territorio, es vista por la sociedad, sobre todo por la parte masculina de esta, como “actos violentos y vandálicos”. Aseguran que las feministas somos violentas, que somos incivilizadas, que estamos locas porque hacemos uso de la fuerza en un sistema que nos ha relegado a no usarla, porque somos violentas en una realidad donde la violencia se la han reservado para ellos.

   Nos piden a las mujeres que seamos pacificas en un país que tiene 11 feminicidios diariamente, nos dicen “esas no son las formas” a nosotras que fuimos acosadas sexualmente por señores desde que tenemos 7 años, nos piden manifestarnos “tranquilas”, sí ya sé que tu abuelo te violó cuando eras pequeñas, sí ya entendí que tu ex esposo te golpeaba y que cuando lograste separarte de él te quitó a tus hijos, okey ya me dijiste que tu papá te vendió a ese viejo del que ahora eres esposa, pero igual, “esas NO son las formas”, “¿qué culpa tiene la pared?” la pared nada, pero esa pared es la fachada del bar donde Melissa fue abusada, y “¿Qué ganan rayando la cantera?” que todos en Zacatecas lean los nombres de nuestras desaparecidas, “¿qué resuelven pintando ese monumento?” nada, nosotras no tenemos que resolver nada, es el Estado quien debe velar por la seguridad de todas y ese monumento es símbolo de ese Estado que nos ha fallado en todo, por ende no representa nada.

   Las mujeres en este país feminicida, en este sistema patriarcal-capitalista, en esta realidad de un Estado narco no podemos no ser violentas, porque ya lo hemos sido, llevamos siglos siendo sumisas y lo único que hemos conseguido es que sigan pasando por sobre nosotras, la no violencia es una posición cómoda, privilegiada y en esta realidad que habitamos las mujeres somos muchas cosas, menos privilegiadas, «El pacifismo simplemente no resuena en las realidades diarias de la gente, al menos que esta gente viva en una extravagante burbuja de privilegios» [2]bajo un sistema feminicida las mujeres no podemos renunciar a la violencia, sino lo contrario, apropiarnos de ella, necesitamos sobrevivir y no lo haremos dando abrazos y flores, menos a quienes nos someten, como a los cuerpos de fuerza y represión del Estado como la policía, la guardia nacional y el ejército, pues estos están entrenados y diseñados para el control y disciplinamiento de las clases subalternas.

   Así que no, señores, las mujeres en Zacatecas, en México y en el mundo no vamos a ser “tranquilas”, ni “calladas” ni “pacíficas” porque nos están matando y vamos a utilizar todas las formas incorrectas, las ruidosas, las violentas, las NO formas para ser escuchadas, vistas, respetadas y dignificadas hasta que podamos derrumbar al sistema completo, a la hegemonía racial, al patriarcado, al capitalismo y al adultocentrismo porque las niñas también están luchando y están aprendiendo las No formas de hacerlo.

 

  • Andrea Navarro: Egresada de la licenciatura en letras, tallerista, ponente y Activista lesbofeminista. Escritorio de barrio

Citas rescatadas del texto:

[1] Peter Galderloos, Cómo la no violencia protege al Estado, ediciones Anomia, 2010.

[2] Peter Galderloos, Cómo la no violencia protege al Estado, ediciones Anomia, 2010.