La búsqueda de la identidad femenina

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Por: Jorge de la torre *

 

Parte primera

La búsqueda de la identidad nunca ha sido una tarea fácil. Sobre todo, si se piensa que tal identidad se tiene que ir revelando poco a poco por medio de una búsqueda que puede significar, entre otras cosas, un proceso gradual de autoconciencia de sí. Entendiendo con ello, una auto-revelación, o una auto-constatación que va de lo fáctico o empírico, a lo noético. Esto es, una evolución de la materia física, desde que somos una realidad primigenia celular; hasta ir paulatinamente pasando de lo inmanente a lo trascendente, en tanto esto último implica el despliegue gradual de eso que llamamos espíritu, en tanto densificación de la realidad ulterior que nos termina de constituir.

    Si asumimos esto como una realidad primordial, lo que llamamos experienciar la realidad, a lo largo de las distintas etapas de nuestra vida, implicaría la capacidad de irnos relacionando con el mundo, y con otras entidades, de una manera única y particular, situada desde la corporeidad que nos ha sido dada, y desde el logos que también somos, y que nos permite experimentarnos de manera paralela como una unidad particular frente a toda otra realidad. Eso que experimentamos tanto afectivamente como intelectivamente como una unidad independiente de todo lo demás, lo llamamos, pues, identidad de sí.

    Mircea Eliade, en su obra: “Lo sagrado y lo profano”, le llama al proceso de reconocimiento de las cosas que pueblan la realidad, cosmización, en tanto, cosmos, significa el conjunto de significados constituyentes de sentido; es decir, la huella de lo humano sobre el éter informe de la realidad. Así pues, es imposible que el hombre no marque la realidad con su potencia logificadora, es decir, con la marcha del logos sobre nuestras vidas, en tanto proceso de apertura a las cosas y a toda entidad. Por ello, el hombre se reconoce dándose forma ante lo informe; da cuenta de sí, ante lo ignoto; y, se sitúa y apersona, ante lo no situado e impersonal. Es por esto, que, la marca de la cosmización, es la marca de lo simbolizado sobre lo no simbolizado, lo que tiene sentido, frente a lo que no tiene sentido. En cambio, lo profano es todo aquello que no ha sido sacralizado, simbolizado, cosmizado. La identidad, sería así, el proceso de cosmizar, es decir, de dar reconocimiento de lo real a lo irreal, de simbolizar, de sacralizar la propia unidad apercitiva que tenemos del mundo.

   Ahora bien, si esto que llamamos sacralizar y simbolizar, implica darle sentido a algo que no lo tiene. Entendamos el sentido del propio término simbolizar. symbolon, significa darle poder de sentido a una realidad dada y determinada. sym, en tanto partícula que significa: “con”; y boleo, que significa: “lo puesto ahí”. Esto señalaría que symbolon, o símbolo, es la unidad de algo que es identificable, algo que ha sido marcado. cosmizado, como dice Mircea Eliade. Lo sagrado, lo cosmizado, representa una unidad de sentido, de inteligibilidad. La identidad es pues aquello que representa una unidad de inteligibilidad. Posee un discurso y una narrativa de sentido. Entre mayor capacidad de reconocimiento de eso que está puesto ahí, es mayor la carga de lo sagrado, de lo cosmizado.

    La carga de sentido tiene una mayor hondura y va cobrando una nueva referencialidad cuando el yo se vuelve un símbolo, un cosmos, una realidad que posee su propia consistencia. Cuando tal unidad apercitiva se vuelve un territorio, una frontera, una corporalidad y un discurso situado, inteligible. Por otro lado, podríamos decir que lo opuesto, puede aplicarse también. Cuando lo ignoto acecha, cuando lo informe, la desarticulación, la des-estructuración prevalece, cuando la estructura de significado es vacía, cuando el significante ha perdido su valor, cuando hay cero reconocimiento del territorio propio, cuando la unidad apercitiva no es tal, sino una mancha dispersa; entonces, lo que podemos ver que tenemos es lo opuesto al symbolon. Lo que tenemos es la experiencia de la malignidad, en tanto experiencia de desacralización del espacio y del tiempo que nos tendría que constituir.

    Si la profanidad es la nota dominante, entonces, le podemos llamar a esta vivencia diabolon. En lugar de tener la partícula “syn” que significa: “con”, es decir, lo que une, aglutina, unifica; tenemos a la partícula, “dia” que señala lo que está separado, lo disperso. Si esto es la nota dominante, entonces, el espacio y tiempo de la unidad apercitiva de lo real, no existe, y en su lugar, lo que tenemos es la separación de tal unidad. Es decir, no hay symbolon sino diabolon. Lo sagrado cede su lugar a lo profano, a lo diabólico. Lo diabólico es entonces eso que me nulifica, eso que no tiene nominación, ni marca alguna, no existe, es nulidad y futilidad, es aquello informe. Más que apelar a la unidad, apela a la separación. No puede pues haber unidad identitaria, sino una fragmentación identitaria, un alejamiento, ocultamiento, vacuidad del ser. ¿Cómo poder experimentar el mundo sin una narrativa de sentido? ¿Cómo se puede encontrar una unidad de sentido sin una estructura de significado que dé soporte a lo que se vive afectivamente e intelectivamente?

   Volvamos ahora a la premisa básica con la que comenzamos. La identidad es aquello que gradualmente, o problemáticamente, se va encontrando en nuestra marcha experiencial por el mundo; es decir, la aparición de la conciencia es algo que de suyo no se tiene como algo ya dado, sino que se va descubriendo o aconteciendo de forma gradual. Sigmund Freud, por ejemplo, nos habla de cinco etapas de desarrollo de la conciencia identitaria a nivel sexual. La primera etapa es la etapa oral; luego, viene la etapa anal; luego, la etapa fálica; luego, la de latencia; y finalmente, la genital. Antes de la etapa de los cinco años, realmente es muy poco lo que podemos tener registrado al nivel de la conciencia, en tanto información o registro de las experiencias vividas. Es decir, la etapa oral, anal, y fálica, se vuelven un misterio para nosotros. No es sino hasta la etapa, quizá la más bella, que es la que tiene que ver con el juego social, que se da en la etapa de la latencia, entre los 6 y 11 años, en que empezamos a registrar nuestros recuerdos de vida con los demás. Luego viene la etapa más complicada de todas. La etapa genital que comienza a los 15 años. Aquí es donde tenemos que asumirnos con una identidad sexual determinada, y es en donde empieza nuestra andadura por el mundo con una bandera identitaria que seguiremos descubriendo y problematizando de cara al mundo heteronormativo. Así pues, esa experiencia de unidad identitaria irá registrando la fuerte carga simbólica de sentido que nuestra cultura específica nos irá legando en tanto unidad discursiva. Freud le llamo el súper Yo, y su tarea fundamental estriba en someter al Yo, a la conciencia identitaria que se experimenta desgarrada, pero que busca unidad, que busca la síntesis.

    La cuestión se volvió mucho más problemática, como podemos ver con esta nominación del psicoanálisis, es decir, cuando nos situamos dentro de las coordenadas de la problematización con aquello que se registró desde la vivencia a partir del pronombre personal Yo. Podemos decir incluso, que toda la Modernidad es la andadura del Yo, pues se define así, desde la irrupción de Descartes con el uso de este pronombre personal. Así, la sentencia cartesiana: je pensé, donc, je suis. (Yo pienso, luego, Yo soy), nos señala que el horizonte del sujeto cognitivo, es el horizonte real del sujeto. Quienes somos o pretendemos ser, pasa por la constatación de la facultad del entendimiento. La facultad más desarrollada como animales simbólicos, es decir, animales que marcan la realidad del mundo poblado de entidades por medio de marcas de sentido.

    George H. Mead, dentro de lo que se conoce como el interaccionismo simbólico, igualmente hace sus propios acercamientos a la noción del Self, o del Yo. Según Mead, el yo social se forma también desde un proceso de graduación que va desde la conciencia primaria del darse cuenta del entorno, como cualquier organismo vivo que interactúa en un ambiente determinado. A este nivel, la conciencia es muy básica y primaria. Luego, aparecerá progresivamente la conciencia más compleja al nivel de la conciencia trascendental; dirá Kant, en donde aparece el Yo trascendental. Este nivel de la conciencia, es el nivel en donde aparecen las facultades más importantes del entendimiento, o del espíritu; a saber, la memoria y la imaginación, constituidas ambas por las impresiones del yo empírico o fáctico, situado desde el mundo fenoménico con el que interactuamos por medio de los sentidos, y en donde las sensaciones registradas adquieren otra consistencia al volverse imágenes y fantasías en un movimiento de conversión de lo sensible a lo inteligible.

    Finalmente, señala Mead, está el proceso de constitución social. La etapa de la conciencia última y definitiva, que pasa por el proceso de lo que llama la imagenería, es decir, la producción de discursos, de sentencias de significado desde la gestualidad vocal, desde la palabra y el discurso que se crea al interior de una comunidad dada. Cuando se llega a este nivel de conciencia, lo que estamos viviendo o experienciando, es la comunidad lingüística de significados, de mandatos, de órdenes y de prohibiciones, que nos serán legadas para conformar nuestro Self, nuestro Yo; es el momento en donde el súper Yo freudiano aparece.

    Así, pues, la identidad del sí mismo, podemos ver, según todos estos autores, en un proceso de autoconciencia que entra en varios procesos de modulación de la conciencia. Tal proceso de desarrollo paulatino nos conduce siempre de un estado a otro. Pasamos de un estado de luz de la conciencia, a otro. En tales brincos cualitativos, es necesario que reparemos en otro autor, para quien la conciencia del yo pasa también por varios momentos o graduaciones.

    Según Hegel, el proceso de la historia de la humanidad, es un proceso de menor a mayor conciencia, es la marcha inquiriente del logos, es el proceso de cosmización que nos refiere Eliade, pero Hegel, le llama la marcha del espíritu. Primero nace en un primer momento, al nivel de la experiencia sensible con el espíritu subjetivo; luego, viene el espíritu objetivo, con la aparición de la conciencia social, que es al mismo tiempo, una conciencia desgarrada, la mácula de la historia está aquí depositada; finalmente, esta marcha progresiva culmina con el espíritu absoluto. El máximo momento de lucidez del entendimiento humano, dado por la religión, el arte y la filosofía. Al llegar al espíritu absoluto, el nivel de reconocimiento del sí mismo, será completo y definitivo, sin fisuras y sin fracturas de ningún tipo. No puede haber pues, desfragmentación. Sino más bien, la unidad total.

    Presumiblemente, con todo lo dicho aquí, y quedándonos sobre todo en Hegel. La conciencia identitaria que hemos forjado es una conciencia desgarrada, esto quiere decir, que tenemos una conciencia como humanidad limitada, estrecha, desprovista aun de su estado de cosmización y de sacralización plena, ya que no vivimos la unidad social y política, sino más bien pasa por la mácula del mundo desfragmentado, de la multiplicidad de discursos que generan más bien caos y ruido.

    Arriesgándome a hacer una interpretación a modo, podría decir, que la búsqueda de la identidad femenina, que implica una búsqueda histórica de graduaciones y cualificaciones de diverso orden, no se puede despreciar al momento de articular un proyecto común de sentido colectivo; antes bien, su puesta en marcha en el escenario de la historia y los acontecimientos más actuales, pueden ser la clave para ver cómo nos vamos constituyendo en esa andadura inquiriente, en tanto, vamos logrando una mayor apertura al estado de lucidez y comprensión de sí. La marcha de la autoconciencia identitaria de quiénes somos como sociedad y como mundo, pasaría pues por la concreción de la identidad femenina tanto de su consistencia inmanente, así como de su consistencia y proyección trascendente.

    Mientras tanto, hemos de soportar, las lacerantes experiencias de eclipsamiento, de negación, y reconocimiento, que el sistema patriarcal, en su larga travesía, ha posibilitado de forma diabólica. Puesto que ahí, en las sombras del sentido de la marcha histórica del espíritu, se incoa, o se aglutina a la par, la nueva posibilidad de darse una nueva identidad, una nueva narrativa, que desde el extravío y desvarío del experienciar, podemos aventurar que ha de surgir, la conciencia transformada, más plena, en lo intelectivo y en lo afectivo. En ese resurgir identitario hemos de ser otros y no estos que somos.

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.