
Por: Pilar Pino
“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo.”
Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz y
superviviente del Holocausto
El colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco realizó un macabro hallazgo el pasado 5 de marzo, un campo clandestino de adiestramiento criminal y exterminio, así como tres crematorios subterráneos, lo que ha indignado y horrorizado a todo México. Pese a estar acostumbradxs a las masacres y atrocidades cometidas por el crimen organizado, Teuchitlán es la cicatriz viva de la normalización de la brutalidad, pues, nos recuerda la vulnerabilidad e indefensión en la que nos encontramos como ciudadanos en un país cuyo Estado no nos garantiza ni nuestra seguridad ni el goce pleno de nuestros derechos humanos, ¿cuántxs de nosotrxs sale a la calle a realizar cualquier actividad cotidiana con miedo de no regresar?
El hecho una verdad de Perogrullo que a todxs nos cuesta aceptar, las fiscalías no buscan a nuestros desaparecidos. No lo hacen porque se encuentra colapsadas por falta de personal y capacidad, falta de voluntad política y, en algunos casos, por colusión con los grupos del crimen organizado.
Este tipo de campos son una realidad que recorre todo el país, algunos se encuentran escondidos y otros a la vista. El reclutamiento forzado, es la razón por la cual cada día aumenta el número de jóvenes desaparecidos, no porque anden en malos pasos, conocer lo que ocurrió en Teuchitlán me puso la carne de gallina y me inquieto el sueño por días.
La mayoría de las víctimas llegaron captados por una falsa promesa laboral. Devalando la verdad económica de México, los jóvenes carecen de oportunidades para tener una vida digna. Vivimos una realidad de precariedad laboral y social, de empobrecimiento, la pérdida de la esperanza de movilidad social y con ello, la posibilidad de mejorar la calidad de vida de las familias mexicanas.
Los jóvenes que estuvieron ahí fueron esclavizados, obligados a realizar trabajo forzado, a ser entrenados como sicarios, a matarse a unos a otros por cosas básicas como un poco de alimento, sus órganos vendidos en el mercado negro, para que finalmente sus cuerpos fueran incinerados. Negando así una despedida y un cierre a sus familias. Al conocer los testimonios de sobrevivientes el cuerpo se llena de escalofríos, las condiciones en las que eran obligados a sobrevivir superan a la trama de cualquier película de terror.
Fueron obligados a realizar jornadas de dominación doblegando su voluntad y borrando de su existencia la dignidad con la que debían vivir sus vidas. Se les preparaba para resistir y alimentar la maquina de guerra sin desearlo y ni entenderlo. La lucha entre las organizaciones criminales y la simulación de las instituciones de seguridad han generado un modelo de despersonalización, los jóvenes son meros objetos desechables.
También nos plantea preguntarnos porque los colectivos de búsqueda, las madres y las familias de los desaparecidos (víctimas), son quienes tienen que sacrificar su salud física y emocional, buscando a sus familiares cuando hay instituciones especializadas para hacerlo. No hay nada que nos alcance para pagar la deuda que tenemos como sociedad con los jóvenes desaparecidos y sus familias.
Fotografía: tomada de la web, créditos a quien corresponda.