
Por: Miguel Ángel Maciel González *
¿Abogado?... definitivamente no. Entonces cuál camino (no existe, en realidad una ruta, más bien es nuestra objetivación en el mundo). Cuando me negué a los designios extrínsecos de mis padres para convertirme en legislador inoportuno, comencé a reflexionar (nuevamente pues ellos me habían interrumpido). Estaba entre historia, filosofía y comunicación. Y decidí la última -en realidad no era cursar una carrera, sino continuar el movimiento inercial desde la primaria hasta la universidad -y sería ¿soy, seré o ni si quiera fui periodista?
Pero lo mío no era reportear, más bien me gustaba opinar sobre lo que pasaba…, y pasaba que tampoco me hallaba escribiendo notas o columnas… Por ello cuando en Introducción a las ciencias de la comunicación, estudié las lecciones sobre epistemología de la comunicación, hallé (si es que alguna vez lo extravié un nuevo sentido, otra llamada del espíritu y conste aún no conocía a Wilhelm Dilthey).
Así ¿analicé? ¡analicé!, quien sabe…, la génesis de las expresiones colocadas en la realidad biológica animal y cómo los seres humanos hemos heredados de ellas a través de los siglos. Con ello pude ver las conexiones existentes entre la realidad etológica y la nuestra paleontológica.
Al encontrar a Max Scheler y los grados del ser psicofísico, resulta no sólo que la comunicación es patrimonio de ciertos entes del reino animal, sino de las plantas (mis amigos profes tienen listas las piedras por atreverme a decir eso), en sus impulsos afectivos muestran expresiones, término que también se aborda el saber comunicativo:
Ahora bien: la planta puede carecer de sensaciones, porque —químico máximo entre los seres vivos— se prepara ella misma el material de su arquitectura orgánica con las sustancias inorgánicas. Su existencia se reduce, pues, a la nutrición, al crecimiento, a la reproducción, a la muerte (sin una duración específica de vida). No obstante, existe ya en la existencia vegetativa el fenómeno primordial de la expresión, cierta fisiognómica de los estados internos: marchito, lozano, exuberante, pobre, etc. La “expresión” es, en efecto, un fenómeno primordial de la vida y no, como Darwin pensaba, un con-junto de acciones atávicas adaptadas (Scheler, 1938, p. 10).
Claro algunos colegas comunicólogos serían reacios en reconocer cómo el impulso afectivo se relaciona con la expresión, pues de este lado del océano disciplinar; expresividad significa capacidad de interacción consciente, cosa que la planta no posee, no obstante, ampliemos la concepción de expresión en la vida vegetativa.
Así lo manifestado como un gusto epistémico, se convirtió en los veinte años siguientes en una afanosa comprensión sobre la complejidad del fenómeno comunicación ¿Qué buscaba (ya no lo busco)?... No sé y creo ya no lo sabré porque me he dedicado a otras cosas (aunque pensándolo bien, retornar a la epistemología de la comunicación, es no dejar atrás, sino reinvención).
Quizá me alentaba la idea de estrellarles en la cara a los estudiantes de mi tiempo y los actuales y los profesores ya no profesores (los que se han ido) y los otros que siguen, la sobre simplificación hecha del acto de comunicar y la incapacidad de maravillarnos del mundo natural y de insistir que comunicación sea igual a medios.
Ese es el otro tema; durante los mismos años, había grupos antagónicos, los cuales compartíamos el mismo patio de objetos que envolvíamos y nos envolvía para definir la esencia de la comunicación. Unos hablando de ciencia y otros discurriendo en pragmática (sabiendo de antemano: no hay separación, sino invención mortificada y mortificante de quienes hacen tales roturas).
Lo interesante es la inexistencia de una esencia (si por ella entendemos monólogo o pasividad), más bien una mirada autorreflexiva para designar a esta tragedia que se disputa la comunicación, lo existente es una ontología epistemológica como lo señala Nicolai Hartmann:
El sujeto y sus objetos son miembros existentes de la misma esfera de ser y se apoyan en las mismas condiciones de realidad. Aun prescindiendo de todo conocimiento, se hallan en diferentes relaciones mediante las cuales están en una relación de ser real, en una relación de existencia y vida, que es más amplia, mayor y más fundamental que la vinculación de la relación de conocimiento y está ya presupuesta en ésta (Hartmann, 1957, p. 246).
Hablando de vida, tendré que morir en esa preocupación sobre la comunicación para seguir recorriendo la barandilla y el bullicio del mundo instrumental que habitamos y nos habita.
Referencias
Hartmann, N. (1957). Rasgos fundamentales de una metafísica del conocimiento. Tomo I. Losada, S.A.
Scheler, M. (1928). El puesto del hombre en el cosmos. Losada, S.A.
- Miguel Ángel Maciel González es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva y posgrado en Sociología y es colaborador de Pedagogía. Además, es colaborador para Revista Razón y Palabra, Angel Metropolitano y Enpoli. Tiene más de 10 libros como coautor principalmente en temas de ciencias sociales, comunicación y tecnología desde un enfoque crítico.