Después del 8, ¿sigue el 9?

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Por: Andrea Navarro *

Soy feminista todos los días lo soy los lunes cuando me dirijo al trabajo y le digo “asqueroso” al conductor del camión que mira debajo de las faldas de las adolescentes que se transportan a la secundaria. Lo soy el domingo porque el patriarcado no descansa y por ende la violencia tampoco, y son los domingos los días donde más mujeres necesitan la compañía y el respaldo de otras porque según la estadística ese día los hombres gustan más de tomar, hay futbol en la televisión y los estudios indican que la violencia doméstica aumenta cuando hay partidos de futbol y alcohol.

    Somos feministas los martes cuando haciendo el mandado nos encontramos a otras igual de precarizadas, trabajando en la crianza porque no hay con quien dejar a las infancias mientras compramos la comida de hoy, lo somos cuando nos reflejamos en las otras y les sedemos el turno en la caja porque se ven más cansadas, cuando cooperamos los 20 pesos que le faltaban para ajustar el fabuloso chiquito a la mujer de adelante que ya se había resignado a dejarlo, lo somos cuando tomamos en brazos al bebé de la mamá que tiene que entrar al baño y no tenía con quién dejarlo.

    Soy feminista el miércoles que asisto a un circulo de lectura y Evely también lo es, aunque ese mismo miércoles su hijo se haya enfermado y no pudiera asistir a leer a Valerie Solanas, somos feministas en las cenas de navidad cuando nos sentamos junto a nuestro agresor sexual y le llamamos abuelo y lo somos cuando decidimos no ver nunca más al tío que abusó de nosotras, aunque eso conlleve dejar de asistir a las reuniones familiares. Lo somos en semana santa acompañando abortos porque las mujeres abortamos incluso cuando la comunidad religiosa está de luto.

    Las feministas debemos apropiarnos de las calles todos los días aunque sea 8 de junio o 9 de diciembre, de las calles y del discurso, de la teoría, de la vivencia, de la colectividad. Cuando empecé a escribir esto lo hice en primera persona del singular, conforme seguía avanzando fui escribiendo en plural y la realidad es que no podemos pensarnos ni vivirnos feministas sin la colectividad que la teoría, la postura política y la ideología de vida implica. La colectividad hace referencia a una agrupación de individuos, individuas para el caso del feminismo, que trabajan de forma coordinada por un fin común. La lucha feminista al ser un movimiento social tiene sus bases en la colectividad, pero a diferencia de otros movimientos como el obrero o el estudiantil, esa colectividad no empieza una vez que pertenecemos a un sindicato, a una empresa o a una institución, la cooperación de las mujeres con otras mujeres empieza desde que ponemos los pies en este sistema hetero-patriarcal capitalista.

    Cuando somos pequeñas nos cuidan las mujeres en casa, mamá, tía, abuela… en casa hacemos manada con las primas que nos defienden de los juegos bruscos de los primos, en la educación inicial aprendemos a quedarnos en los márgenes de las canchas con otras niñas mientras comemos una torta, son ellas las compañera y maestras quienes nos explican cómo ponernos una toalla sanitaria cuando llega la menarquía en horario escolar, son nuestras amigas las que nos prestan suéteres oscuros cuando la sangre traspasa la tela del uniforme y son ellas mismas las que nos acompañan a la enfermería por una pastilla que reduzca el dolor que genera menstruar.

    Son las hermanas y primas las que te acompañan a comprar una prueba de embarazo y son las feministas las que te ayudan a abortar si aquello no fue planeado ni intencional. La colectividad que hacemos entre mujeres es orgánica porque en un sistema diseñado por y para hombres, somos nosotras quienes necesitamos organización para sobrevivir. Cuando se pregunten después del 8 de marzo ¿qué sigue? Respondan con claridad, sigue la colectividad, siguen las redes de mujeres barrializadas juntando para la despensa de la vecina que es madre autónoma y se quedó sin trabajo, siguen las niñas en la escuela acompañándose de dos al baño por si a algún niño se le ocurre ir a molestar, siguen las amigas escuchando a la que está en una relación violenta, siguen las primas pidiendo justicia en las fiscalías por la que fue abusada, siguen las desconocidas creyendo en tu testimonio de violencia, siguen las lesbianas acompañándote a la parada del camión después de la prepa en el turno se la tarde para que no te vean sola y se les haga fácil seguirte o acosarte, siguen las mujeres rurales juntándose cuando pueden a intercambiar saberes, recetas, remedios, siguen las madres buscando debajo de cada piedra.

    No olvidemos que la lucha es diaria porque al día se cometen de 11 a 14 feminicidios en México y que esta lucha debe ser colectiva porque así es más sencillo transitar la vida, con mujeres que te abrazan cuando lloras, que te hacen tés para el dolor del mes, con mujeres que se preocupan por si ya llegase a casa, y que lo quemarían todo si un día no apareces. La colectividad salva a la lucha que es diaria.

 

* Andrea Navarro: Egresada de la licenciatura en letras, tallerista, ponente y Activista lesbofeminista. Escritorio de barrio

** Forografía: Cortesía de Nallely de León Montellano, fotoperiodista y activista zacatecana.