El llamado hacia la vida erótica. Parte 2

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Por: Jorge de la Torre *

Habíamos revisado en nuestra entrega anterior la hipótesis de Freud acerca de la represión como un elemento insoslayable e imprescindible del desarrollo civilizatorio. Tal hipótesis para la cuestión principal que nos ocupa, que es la tematización del amor, implicaría que el amor, o la vida erótica, en tanto un elemento de realización y plenitud humana, o experiencia de placer, o de felicidad personal, sería un horizonte existenciario irrealizable para los sujetos. Así pues, bajo esta descripción freudiana de la estructura psíquica del sujeto, estaríamos obligados a reprimir nuestras inclinaciones eróticas, cuyas consecuencias serían una pléyade de manifestaciones neuróticas y perversas, para optar por la vida cultural; es decir, la vida social que se nos impone como una realidad nomotética, esto es, una realidad que de suyo impone un orden normativo que nos da estructura y dirección, salvándonos del maligno caos.

     Por lo tanto, tendríamos que asumir sin más esta realidad nomotética, si no queremos sufrir las devastadoras consecuencias de una realidad anárquica bajo pulsiones perversas que nos pueden llevar al cumplimiento de todo tipo de caprichos narcisistas que nos haría a todos los seres humanos; cual emperadores romanos, en plena decadencia del imperio, en tanto sujetos incontinentes y lascivos, cuya perversidad es inimaginable, indomables.  

     La oposición que se puede ver con toda claridad hasta aquí, es pues, entre el impulso primario básico producido por la energía sexual, o bien libidinal, como la llama Freud, y que nosotros podríamos llamar “el reino de lo ideal”, en tanto desde esta realidad onírica del inconsciente se recrea la masa psíquica de imágenes que impregnan nuestro constituyente imaginario en torno a, lo que el mismo Freud llamó, fantasías erótico-narcisistas; y que también recibirá por el mismo Freud en su obra “El malestar de la cultura”, el nombre de “El principio de placer”. Mientras, por otro lado, tendríamos a la realidad social que de forma tiránica nos tiene subsumidos y sometidos en lo que podríamos llamar “el reino de lo real”; y cuya característica es que siempre se nos impone, en palabras del propio Freud, como “El principio de realidad”.

     Para poder comprender la lógica de este “reino de lo real”, o “principio de realidad”, se nos exige, según lo vemos, una aproximación de tipo sociológica para describir y explicar los patrones sociales que nos configuran y moldean el escenario óntico, o real, en que nos movemos en la vida cotidiana. En este sentido nos vemos forzados a remitirnos al “reino de lo real” producido por el sistema social hegemónico que ha dominado y se ha expandido a todo el orbe durante el surgimiento, desarrollo y consolidación de la Modernidad occidental, y que ha producido la actual sociedad capitalista global. El capitalismo como sistema de dominación hegemónico, representaría “el reino de lo real”, en donde los sujetos en el conjunto global de sus prácticas de vida, y el tipo de discursos que asumen para darse identidad; son sometidos y alienados tanto físicamente como psíquicamente para generar mayores rendimientos civilizatorios, esto es, generar riqueza como valor económico y material.

     Así pues, la forma actual de civilización para la humanidad del siglo XXI, es la de que toda práctica social debe quedar subsumida al imperativo de generar valor económico, de tipo útil y práctico. Por ello, podríamos decir, que, la hipótesis de Freud de reprimir el placer, o el llamado hacia la vida erótica, a favor del trabajo arduo que se nos impone por el sistema económico; y que implicaría que “El principio de realidad”, tendrá siempre preminencia sobre “El principio de placer”; nos lleva a concluir que tal hipótesis valida el discurso capitalista, porque le sirve para justificar la continuidad del sistema socioeconómico más global que ha existido jamás.

     Quizá por ello es el orden social más imperial y más tiránico que ha existido desde los albores de la vida tribal, pasando por todos los imperios y dinastías de toda la historia humana; y cuya máxima es que la única forma de producir o agregar valor a la vida humana, es bajo la represión de los propios impulsos de la vida, impulsos sometidos a una serie de prácticas sociales que se han convertido en referencia civilizatoria, bajo el “principio de realidad”, con la misión directa de depreciar a aquellas prácticas consideradas tabúes; es decir, prohibidas, ya que de no hacerlo, lo que estaríamos haciendo es dejar florecer las fantasías erótico narcisistas que conforman el “principio de placer”; y esto, irremediablemente, implicaría la aniquilación del orden social tal y como lo conocemos, es decir, asistiríamos a la destrucción o la barbarización del mundo civilizado.

     Quizá no sea casualidad en este sentido que la teoría económica conocida como la teoría neoclásica de Friedrich Hayek (1899-1992), y Ludwig Von Mises (1881-1973), que es el sustento teórico del sistema capitalista actual en su fase histórica neoliberal, nazca en la misma ciudad en que el Dr. Freud llevaba a cabo sus análisis clínicos al tomar como referentes de observación empírica para darle sustento a sus aventuradas hipótesis, a pacientes residentes de la ciudad de Viena que durante 30 años llegaron a su consultorio. Así pues, la llamada “Escuela austríaca” y “el psicoanálisis”, surgirían, bajo las mismas condiciones históricas del llamado imperio austrohúngaro de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

     Esta correlación, bien se podría decir, que no es ni casualidad ni fruto del azar, sino que demuestra y validaría las hipótesis de Freud en torno a este carácter represor que nos envuelve dentro del orden social impuesto por el sistema capitalista. Por ello mismo, podemos aventurar la hipótesis de que se hace necesario e imprescindible la revisión de aquel motor civilizatorio llamado por Freud como “el principio de realidad”, bajo su mascarada neoliberal.

     Otra conclusión a la que podemos llegar de todo esto que se ha dicho, es que el poderío avasallador del neoliberalismo como sistema de vida generalizado, sería pues, el costo o el resultado de una alta represión, en torno a qué figurará como real. Por ello, si lo real, será la objetivación de productos fabricados bajo el control social aunado a la normatividad social, anclada a la moral, la educación, la ciencia, la religión, y en general, a toda aquella producción humana que llamamos cultura; entonces, lo único que podemos esperar del propio sistema capitalista como modo de producción, no sólo económica y material, sino como modo de producción de lo real, es decir, la producción del conjunto de representaciones que inducen a determinadas prácticas colectivas y personales; es llevar a cabo tal sometimiento, por la vía de una escisión entre la naturaleza político de lo real como vehículo de acceso a una vida más civilizada, y las fantasías erótico narcisistas que constituyen el “Principio de placer”, o “el reino de lo ideal”, bajo la modalidad o el carácter de lo reprimido, lo ocultado y lo negado.

     ¿Es pues la objetivación de lo real, lo único consistente que puede quedar como manifestación legítima que nos da validez como sociedad?

     ¿Hemos de concluir, pues, que la tematización del amor, o lo que hemos llamado aquí como el llamado hacia la vida erótica, implicaría ser el postulado de una hipótesis meramente utópica, una especie de paraíso hippie, en donde, las fantasías erótico narcisistas producidas por la libido, o energía sexual, no tienen filtro, ni freno alguno, pues son libremente expresadas y asumidas? La validación de esta hipótesis necesita de otra aproximación.

     Karl Marx (1818-1883), ha sido uno de los estudios del sistema capitalista como sistema hegemónico de la Modernidad, y sus análisis le llevaron a la conclusión de que el sistema capitalista ciertamente ha generado mucho dolor y sufrimiento, no sólo material, sino psíquico, como lo podemos ver bajo esta referencia freudiana del ocultamiento y censura al “principio de placer”. En todo caso, un elemento importante de Marx para el tema que nos ocupa, lo podemos ver en su obra: “Escritos económicos y filosóficos de 1844”, en donde refiere que el propio sistema social, produce lo que él llama la “alienación” o “enajenación”; es decir, los hombres, en sentido general, no son los dueños de su vida, sino que más bien ésta, está ofrendada al dios del dinero. En todo caso, lo que se puede llamar como la vida civilizada en su forma actual y contemporánea, desde la perspectiva marxista, es en realidad, embrutecimiento y barbarización de todas las potencias creadoras de la vida humana.

     Esto si lo vemos bien, es la inversión de la ecuación freudiana. No es que el “principio de realidad”, sea el que nos salva del caos lascivo y perverso de nuestras pulsiones erótico narcisistas, sino que es el propio sistema socioeconómico, el que es de suyo, perversión; es decir, degeneración de una potencia de vida llamada por los antiguos como “eros”, y que presumiblemente era la fuente de la auténtica realización y plenitud humana. Por lo tanto, si seguimos a Marx en sus conclusiones, alcanzar el auténtico estado de felicidad, siguiendo el llamado a la vida erótica pasaría por superar al sistema capitalista como productor de represión y perversión.

     Por otro lado, siguiendo la misma lógica marxista, las formas civilizadas de manifestación erótica dadas por el sistema social capitalista, en realidad, son formas perversas de alienación y sometimiento, vendidas a los sujetos por el propio sistema como prácticas legítimas, y en donde los rituales erótico narcisistas que el sistema social produce y alienta no son otra cosa que la edulcoración de la vida erótica auténtica. La vida erótica como la vivimos actualmente estaría pues llena de falacias eróticas. El resultado de ello es el desengaño y el desencantamiento de los sujetos anhelantes de erotismo. No podría ser de otro modo en tanto la falacia erótica del sistema capitalista señalaría que la vida erótica produce felicidad, cuando en realidad es todo lo contrario.

     Uno de los autores que sigue esta beta de análisis, a modo de síntesis entre Sigmund Freud y Karl Marx, es Herbert Marcuse (1898-1979), en su obra: “Eros y civilización”, en donde postula esta misma inversión que hace Marx a las conclusiones de Freud. El “eros” como manifestación no perversa del sistema, sino como su fármaco, es lo único que nos puede salvar como humanidad y como especie. El llamado a una vida auténtica, no alienada y enajenada por la falacia erótica del sistema capitalista, implicaría, sobre todo, la apuesta a la erotización de la vida social, la cual en la práctica adolece de “el principio del placer”, pues todo dentro de la vida social se mueve bajo “el principio de realidad”, ya que todo lo social es deber moral, deber religioso, deber político, deber económico, etc.

     Así pues, poder recuperar en este caos perverso de la vida cotidiana pequeñas prácticas de erotismo, implicaría dejar que “el principio de placer” tenga mayor preminencia sobre nuestra vida. Para Marcuse, la opción es simple y contundente, o elegimos la barbarie, es decir, la civilización enajenante que nos presenta falacias eróticas que nos desrealizan y someten; o elegimos el eros auténtico que nos da vida y plenifica nuestras potencias como sujetos creadores de realidad. O dejamos que el sistema capitalista nos siga oprimiendo con falacias eróticas, o falsos llamados a la vida erótica desde “el principio de realidad” que de suyo es barbarie; o bien, emprendemos la conquista de prácticas sustentadas en “el principio de placer”, prácticas que apunten a una vida erótica en donde el placer, el gozo, el deleite, no es algo nocivo y perverso; sino más bien, es la salida del laberinto a tanta represión y perversión.

     La revisión de la autenticidad y legitimidad del llamado hacia la vida erótica, así como la realización de la misma, puede ser una de las claves importantes a dilucidar a partir de las premisas analizadas en este texto. Invito al lector, no sólo ha revisar estas obras, y a los autores citados, sino a revisar si los postulados que aquí se han analizado someramente, tienen eco y resonancia en sus prácticas y representaciones sobre la vida erótica.

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.