
Por: Miguel Ángel Maciel González *
Querida primavera:
“Ella se despierta, se maquilla. Se toma su tiempo y no le parece que tenga que darse prisa. Ya no te necesita. Y en sus ojos, no ves nada. No hay señales de amor detrás de las lágrimas. No lloro por nadie. Un amor que debiera haber durado años…”
Del otro lado, una voz espectral pero firme indica “Alexa quita de inmediato “For one”. Se escucha el silencio y pareciera que nuestra asistente personal, acecha a cumplir un nuevo mandato. ¿Ahora será la receta de los camarones al almíbar? ¿El número de vueltas a realizar por una escaladora para bajar de peso? o ¿Cómo debe dejar de ladrar el perro? Pero no es así, persiste el vacío y la indiferencia entre todos los que estamos en un “algo”, (indescriptible).
¿Sabes? Alguien (no recuerdo quien), me había dicho que cuando amanecías, nos íbamos a las pirámides a cargarnos de energía, incluso nos habían dicho algunos endedores como en tu día, regresarían los hombres de las estrellas y se llevarían a los niños a Ganímedes para jugar… Pero toda esa estantería colgada en mi imaginación de ve interrumpida por Melpómene quien incrusta sus algoritmos en mi piel, convirtiéndola en un salpullido de color transparente el cual pareciera desaparecer mi cuerpo, mis ganas y mis memorias. No sé cómo frenar el ímpetu de la comezón. Había oído un consejo sobre “rascarme”, pero quien sabe si eso es un té, una pastilla o un ungüento…, ¿pero que será todo eso? la verdad ni sé y creo no me importa.
Intento abrir mi máquina y dirigirme al CHATGPT, para de casualidad saber si puedo al menos comprender su funcionamiento, los recuerdos son borrosos, casi se han esfumado. Una y otra vez, se intenta saber cómo son las cosas en los contornos adyacentes a algo llamado “mis manos”, pero la realidad es huidiza, incolora, sólo miro sombras, figuras, durmientes informes y posiblemente esperanzas claudicadas.
De inmediato se escucha un silbido, intento divisar de donde viene y por fin localizó su origen, lo emite un objeto cuadricular de color negro, el cual se enciende cada vez que el graznido metálico hace su aparición. Lo veo, tocó y alcanzó a leer (de las pocas facultades que aún poseo), unos caracteres: “Tiene usted un nuevo mensaje de voz”. ¿Qué será? ¿Un intento de escape? ¿Una nueva canción, de aquellas mostradas por muestro robot parlante?
Trato de ver cómo funciona eso, antes y sin que querer aprieto un botón central, el cual modifica el vidrio traslucido del aparato y se muestran un conjunto de numeraciones inermes, las cuales indican “hoy no has llegado a la meta de tu temperatura ideal de 25 grados, tampoco a las 90 puestas de sol necesarias para rendir homenaje a tu nombre y al crecimiento de más de 10,000 árboles de los 200 países donde estás”.
Todo eso no tiene ningún significado para mí, sin embargo, recuerdo que entre los adormilados habitantes de ese cuarto está Google, quien me puede ayudar a descifrar lo encriptado de ese mensaje codificado en cantidades. Me da definiciones acerca de clima, comportamiento solar, vegetación y naciones del mundo donde se hacen plantaciones de ese tipo, sin embargo, sigo sin comprender no sólo esas notificaciones, sino también para qué las he recibido y lo más aterrador quién soy y hago en este lugar invernal.
Se me había olvidado, escuchar el clip, tono o aviso ya localizado con anterioridad, sin embargo, sigo naufragando ante el desconocimiento de cómo acceder. Mientras voy tanteando posibilidades y oportunidades, van apareciendo imágenes un tanto inconexas sobre donde me encontraba, poco a poco, observo cuevas deshielarse, amaneceres más amarillos, pelotas rodando por un césped cada vez más verde, risas y enamorados cubriéndose del ¿calor? Y Me interrogaba cómo es posible que haya quienes perciban lo abrazador de esa incandescencia.
Pero…, de repente esa lucidez colapsa y nos quedamos en medio de los mismos circuitos de la sinrazón y ausentes de emociones. En esa desesperación por accidente doy un suspiro y se desbloquea esa misiva auditiva. Se oye una leve interferencia y un silencio impaciente, hasta por fin se asoma una voz… y de inmediato la identifico, ¡es la mía!, cómo es posible que haya olvidado mi propia palabra, por fin estoy lista para saber lo que me diré a mi misma. Y con alegría dice: “recuerda tu eres la primavera y este es tu primer día”.
Ahora lo sé…, las lágrimas de cobalto se asoman por los filtros de mi cableado, porque a pesar de ese recado…, en realidad empiezo a darme cuenta de quien soy y por ello nuevamente comienza la inquietud y la duda ¿cómo iluminar y dar candor al universo, si sólo soy una instrucción hecha desde lo mandos centralizados de Neuralink?
- Miguel Ángel Maciel González es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva y posgrado en Sociología y es colaborador de Pedagogía. Además, es colaborador para Revista Razón y Palabra, Angel Metropolitano y Enpoli. Tiene más de 10 libros como coautor principalmente en temas de ciencias sociales, comunicación y tecnología desde un enfoque crítico.