
Por: Jorge de la Torre
Parte I.
Platón (427 a.C. – 347 a.C.), es uno de los grandes pensadores de la antigüedad clásica griega para quien la reflexión sobre el amor, “Eros” en griego, se encuentra principalmente en el diálogo llamado: “El Banquete”. En este diálogo, el amor o el “Eros”, no puede ser definido filosóficamente en su basta y compleja profundidad, por lo tanto, es un diálogo de tipo aporético, es decir, no llega a ninguna conclusión. Pero lo que sí queda claro en este diálogo, son las distintas representaciones del amor que tienen los personajes que intervienen, siendo quizá la más emblemática la del comediógrafo Aristófanes, quien plantea la hipótesis del hermafroditismo, al señalar que en algún lejano tiempo, hombres y mujeres formábamos parte de un mismo ser primigenio, y, por lo tanto, portadores de ambos sexos. En la arrogancia de este ser primigenio, que era más fuerte, diestro y poderoso, los dioses decidieron separarnos. Por ello, la búsqueda de la pareja ideal, en tanto aspiración a la unidad vital, no es más que el fuerte impulso a modo de una reminiscencia, o un Deja vú, de aquella unión primigenia que en algún momento conformó nuestro ser.
Esta imagen sirve muy bien para ver el tipo de conclusiones psicoanalíticas a las que llega el médico austríaco Sigmund Freud (1856-1939), en sus obras: Tres ensayos sobre teoría sexual, y Psicología de la vida erótica, haciendo un seguimiento a su vez de otros estudios dentro de la medicina y psiquiatría, que planteaban a su vez la validez de la hipótesis del hermafroditismo, que como vimos, ya Platón también revisaba en el siglo IV antes de nuestra era. Freud, cuyas reflexiones sobre la vida erótica y sexual le llevarán a crear el psicoanálisis como método de indagación del comportamiento humano, parece aceptar tal hipótesis y señalará que presumiblemente en algún momento de nuestro desarrollo evolutivo como especie, ciertamente poseíamos ambos sexos, de ahí que no es de extrañar que también tengamos rasgos psicológicos que se quedaron en lo profundo de nuestra memoria psíquica a modo de un registro pulsional primitivo.
Así pues, todos sin excepción, cargamos con un pasado psíquico que hace que tengamos tendencias hacia la homosexualidad en el sentido de que nos conformaban tanto una parte masculina y femenina. Por lo que cuando somos atraídos por otra persona, nos demos cuenta o no, están operando estos instintos o pulsiones sexuales que son parte tanto de nuestra memoria psíquica, así como de una tendencia universal al autoerotismo, es decir, a buscar la propia autosatisfacción de estos instintos, como quien busca satisfacer el hambre o la sed.
En este sentido, toda pulsión al autoerotismo de tipo homosexual sería una reminiscencia de la historia de nuestra especie que pasó en su desarrollo de la vida por la vía del hermafroditismo físico, y cuyas repercusiones a modo de huella histórica, son el hermafroditismo psíquico. Así pues, el amor, o la vida erótica, nos revelaría en su aspecto más primitivo, uno de los vestigios que más nos podrían sorprender sobre lo intrincado de nuestra historia como especie; y a su vez, lo complejo del desarrollo de nuestra estructura psíquica.
Más allá de cualquier juicio sobre la validez de esta hipótesis, lo que sí podemos asumir, es que el llamado del inconsciente, bajo la forma de instintos o pulsiones eróticas, son el eco de un registro o memoria histórica que se ha mantenido a lo largo de la historia de nuestra especie. El estudio de nuestro pasado histórico resulta ser así, sin lugar a dudas, una tarea que nos exige romper cualquier tabú, para poder acometer cualquier indagación sobre la consistencia de nuestra propia naturaleza. En este caso, a partir de lo que tan comúnmente experimentamos como el llamado hacia la vida erótica.
Por otro lado, las hipótesis psicoanalíticas, nos mostrarían cuan tan profundo es la memoria psíquica ya que puede almacenar y registrar elementos que, a nivel de la temporalidad de lo cotidiano, parecieran no dejar huella, o registro alguno; aunque podemos asumir que en realidad es todo lo contrario, si queremos validar la perennidad de los recuerdos y las vivencias de todo lo que ha acontecido al postular la noción de una memoria atemporal de naturaleza psíquica. Así pues, los elementos que en algún momento se mostraron de forma activa o tuvieron realidad en nuestra vida, durante un periodo determinado de tiempo, no desaparecen del todo, sino que más bien quedan ahí, en estado de ocultamiento y de latencia. Este estado de latencia es precisamente lo que ha de revelar el psicoanálisis, para mostrarnos qué función tienen tales recuerdos prohibidos y reprimidos en nuestra vida.
Presumiblemente, Freud, considera que seguramente han quedado ahí para indicarnos una vía de desarrollo previo que no resultó ser óptima en términos de desarrollo evolutivo, para precisamente asegurar otra vía ulterior que sí tuviera más éxito al momento de buscar el desarrollo de la especie, en tanto la continuidad de la vida pareciera ser lo único relevante. Por ello, podemos pensar que las pulsiones sexuales no son un mero accidente del azar biológico, sino que su principal finalidad ha sido la continuidad de la vida de la especie humana, y que aquello que nos mueve a la autosatisfacción narcisista de tipo erótico, no es un ensayo ciego sin más, sino que es el producto de millones de años de ensayos de evolución física y psíquica para que seamos un organismo más viable en términos de la supervivencia de la especie.
Un último elemento a considerar en todo esto, es que ese sedimento histórico de lo psíquico, es también el sedimento de lo reprimido que ha ido quedando en el umbral de lo real para irle dando paso a la vida social y cultural, bajo la dinámica de una sociedad determinada que impone sus propias normas y pautas culturales, para que esta sociedad pueda prosperar y tener continuidad. Por ello, Freud sostiene que todas las personas, a nivel individual, usualmente vivimos una gran represión de nuestras pulsiones eróticas por parte de la cultura objetivada que se introyecta en nuestra psique a través de distintos procesos de subjetivación.
Tomando en cuenta la hipótesis psicoanalítica del hermafroditismo, la represión que se ejerce sobre los individuos por la cultura no implicaría que la represión sea hacia una inclinación sexual única y determinada, sino a toda inclinación erótica. Esto es así, porque lo masculino y femenino son una misma pulsión de la libido. Al ser una misma pulsión erótica, no hay distinción entre uno u otro sexo. Así, cuando llevamos a cabo una represión, es decir, evadimos el autoerotismo por considerarlo pernicioso; con ello, lo que estamos negando es nuestra propia complejidad psíquica erótica, pues, un ser erotizado implica tener no una inclinación particular, sino ambas inclinaciones hacia lo masculino y hacia lo femenino. Por ello, en nuestra forma de comportarnos eróticamente, es decir, en la elección de una pareja sexual, podemos ser hombres con rasgos psíquicos femeninos, que buscan mujeres con rasgos psíquicos masculinos; o bien, hombres que afirman la masculinidad física y psicológica en toda su radicalidad; mientras que las mujeres con rasgos psíquicos masculinos, buscarían hombres con rasgos psíquicos femeninos, o bien, mujeres que afirman la femineidad física y psicológica a cabalidad. Pareciera pues, que las variaciones, pueden ser ensayos múltiples de selección y de viabilidad que llevan a cabo nuestras pulsiones psíquicas.
Otro elemento a considerar de las conclusiones de Freud, es que la represión de los instintos erótico-sexuales son una constante de sociedades altamente civilizadas y desarrolladas, en donde no puede haber avances culturales de ningún tipo sino es por medio de la represión erótico-sexual. Así pues, el costo de una vida civilizada y altamente desarrollada culturalmente, implica de suyo el ocultamiento de las pulsiones eróticas que revelan nuestra primitiva estructura psíquica hacia la homosexualidad. Por ello, el choque entre la vida civilizada y el eros es poderoso. Además, hay que decir, que en este choque usualmente tiende a ganar la vida civilizada. Por lo que el resultado será una sociedad cada vez más reprimida y sometida sexualmente, por un lado, y por el otro, más engreída de poder, de tecnología, de arte, de ciencia y de desarrollo económico. Por ello, todos los logros civilizatorios, sin los cuales las formas de vida de la actualidad no podrían sostenerse ni tener continuidad, son el costo de auténticas represiones poderosas que se han ido dando a lo largo de nuestra historia como especie. Podemos, por lo tanto, asumir que algo que puede definir a nuestra sociedad contemporánea del siglo XXI, la más desarrollada en términos civilizatorios, es la enorme cantidad de represión que ésta porta, siendo la principal represión, la cancelación del autoerotismo, es decir, el hecho de que nosotros mismos nos negamos el derecho a sentir placer y a llevar una vida de autosatisfacción erótica narcisista.
Pero el problema no queda en la mera renuncia del llamado de la vida erótica, ya que la represión social y cultural, genera necesariamente una concentración mayor de energía libidinal que al ser reprimida ser convierte en neurosis y lleva a formas de perversión que desarrollan los individuos. Sin embargo, el costo por el sufrimiento de una vida erótica reprimida de un individuo, es nada, comparado con los bienes civilizatorios que se lograrán por medio de la sublimación, es decir, la transformación de la energía sexual a nivel subjetivo, en un producto cultural de tipo objetivo.
Asumiendo todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre el amor desde la perspectiva psicoanalítica. Todo parece indicar que, a la naturaleza profunda del erotismo, lo único que le importa es la totalidad del desarrollo evolutivo de la especie homo sapiens. En este sentido, las historias románticas sobre la historia personal de cada individuo, en realidad son una nimiedad, o en todo caso, una distracción. Que un individuo sufra de crisis nerviosas hasta convertirse en un neurótico o un pervertido, que sufra de crisis de identidad sexual, de falta de realización personal y satisfacción narcisista, no es del todo importante, ya que lo realmente valioso, está aconteciendo y teniendo lugar más allá de nuestra voluntad y elección personal, bajo la fuerza del desarrollo civilizatorio. Esta conclusión tendremos que revisarla bien a bien, en un ulterior momento.
- Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.