ANIMAL LITERARIO

 

autonarrativa

 

Por: Jorge de la Torre

“Sabía que todo estaba sujeto a convertirse en historia”. El corazón y la tinta, Laertíada, Ulises. (p. 55).

Narrar la propia vida parece fácil, pero no lo es, al momento en que se narra se reconstruyen los hechos para acomodarlos y concatenarlos según el orden de la memoria, según el orden del corazón y según el orden de la imaginación. Narrar la propia vida, implica haber sangrado, y haber sanado. Narrar la propia vida es tal vez la empresa más complicada porque implica decir la verdad sobre sí, desnudarse y exponerse.

    Narrar la propia vida, es un acto de amor consigo mismo, es un acto de reconciliación, es un acto único, que quien lo hace, ha de comprometerse con su propia luz, con su propia voz, su propio movimiento. Narrarse es inventarse, es la necesidad más básica del hombre que es un ser que habla, que usa la palabra no sólo para comunicarse sino para explicarse, para interrogarse, para darse un sendero de sentido, darse significado.

    He terminado de leer la primera parte de la obra de Ulises Laertíada, llamada: “El corazón y la tinta” en donde se ejerce el arte de la narración. A continuación, expresaré lo que considero son los puntos que más me llamaron la atención de esta primera entrega.

    La obra apunta al ámbito de la vida cotidiana, el ámbito de lo que podemos llamar la microcorporalidad, en donde se desarrolla, a decir de Foucault, la microfísica del poder, aquella que ha atomizado cada práctica humana, incluso, la más recóndita, la que opera dentro de nuestra psique, y con ello, la constitución de nuestra identidad social, en tanto entidad relacional con el mundo. Es en esta microesfera estructurante de las emociones y los modos de sentir la realidad, en donde se puede apreciar cómo se va llevando a cabo el cuidado de sí, en tanto constitución del animal político en tensión continua con el animal literario.

    La obra se sitúa, así pues, en la dimensión de la realidad en donde se vive la rivalidad entre el sistema alienante como forma de vida; y la pulsión antisistema, en tanto la búsqueda de una tribu identitaria particular, en donde la identificación masiva no opera, en donde el individuo se observa a sí mismo y discurre sobre sí, buscando abrirse camino en la bruma existencial que nos atosiga siempre con un tono de melancolía; más, cuando se pasa por la senda de la soledad y los temblores y torbellinos del corazón, narrados siempre en primera persona, pero que le llevan a buscar identificarse con otros que también padecen del mismo desencanto y de la misma fortuna, acaso, para rebelarse, acaso para consolarse.

    En la obra, la tematización primordial es el mismo narrador que se narra a sí mismo, tratando de explicitar su modo de operar en el mundo de los hombres a los que mira con desconfianza y no sin cierto tedio e incomprensión; y cuyo único soporte encuentra en el ámbito más privado, en el fuego vital del hogar, lugar al que vuelve para reconfigurarse a sí mismo, y encontrar la resonancia existencial que le ayude a abrir su propio camino.

    Sin embargo, tal lucha constante, es parte del material del que echa mano para darse luz sobre la cuestión de la otredad. El otro siempre aparece. Acaso él mismo se ve como otro que tiene que ser decodificado, no sólo asumido, sino que, además, requiere hacer su propia exégesis vital. El otro aparece siempre en distintas graduaciones. La más vital y contundente a la que aspira de continuo como un Cyrano de Bergerac es hacia la cadencia del amor. Esta es su pulsión dominante y su horizonte aspiracional huidizo e inefable, en donde la poesía, la prosa, la música de rock, se funden como notas juveniles para narrar los vericuetos de la ciudad; cada microacontecimiento y encuentro con la fauna urbana, siempre hostil, siempre desconfiada y en estado de alerta.

    Bajo la guía del daimon laertedíano, el propio narrador parece intuir de continuo este destino fatídico, si se piensa en lo dice Giorgio Agamben de los escritores como animales literarios: son animales de mal agüero, raros, y las familias no saben qué hacer con ellos, ni la sociedad les comprende. Quedan al margen siempre. Sólo les queda una opción, escribir y narrar la vida, le pese a quien le pese. La obra está escrita, así pues, con un tono de desencanto y de tedio sobre una serie de contradicciones que el narrador encuentra en los avatares de la vida social en la que está incrustado. Desde su paso por la universidad en la carrera de filosofía, a la que ve como una parodia de su vocación como animal literario, una parodia que decide jugar sin comprometerse más allá del rigor autoexigido para sobresalir sobre los propios estándares que la propia meritocracia del sistema educativo ha establecido; así pues, manteniéndose al margen y la distancia propia de quien desconfía con todo su ser de esa otredad sistémica que parece más alienante y proveedora de desrealización masiva que de realización auténtica.

    El mundo sistema es pues el enemigo, el que acecha de continuo y ante el que se opone el autor como heredero fiel de aquel héroe griego, el gran desventurado que anhela el lecho de la amada y por ello saca fuerzas de flaqueza para enfrentarse a cada obstáculo que se le presenta en su periplo de héroe trágico. La cordialidad no existe en ese mundo invasor, intrusivo y obstinado, que arrebata y modifica a su antojo los pocos destellos de humanidad, en tanto claridad y alegría de la vida humana que nos sostiene pulsando y vibrando.

    El único anhelo que queda, es rebelarse como un animal literario, como una bestia indomable que busca escaparse de la laberíntica realidad en la que el sistema nos ha colocado, y nos sitúa en el vasto universo del drama humano. Esta osada empresa, es la sustancia misma del texto, narrando la propia ventura y desventura, espejeándose con los años pandémicos, llenos de zozobra por la ingente cantidad de dolor que suscitó aquel azote global que arremolinó a millones dentro de sus casas, dentro de los pensamientos más fatalistas, y de cara a realidades de auténtico dolor y desesperación, cual cuadro apocalíptico boscociano.

    Es en ese cuadro apocalíptico que la obra adquiere su mayor relieve porque la narrativa del autor nos lleva por distintos escenarios, dándole una voz a la vida anónima que, desde la narración de cada detalle cotidiano, va adquiriendo su propia densidad ante el silente vacío. Ahí, en esa batalla de trinchera del diario vivir, se vive la rebelión contra el acecho del mundo, en donde lo único que queda es la resignación de la masificación sistémica, o la heroicidad de la identidad auto performativa.

    Pero tal heroicidad no implica batallar sólo, en realidad, la batalla es un acto colectivo. Un acto que conjunta distintas voluntades y sensibilidades. La batalla es junto a los otros y con los otros, y siempre desde una situacionalidad muy específica.

    Por ello, he de decir que el libro en esta primera entrega, más que parecer una biografía del narrador, quien es a la vez, el personaje central de la obra. En realidad, y quizá toda biografía lo sea, constituye puntualmente una otro-grafía palpada desde el yo narrador, de su impulso escritural y su talante como animal de letras que busca aquello que le pude dar inteligibilidad a su arte, a su talante, a su vía destinal. El otro entonces es un yo, que precisa ser narrado para que su existencia adquiera concreción literaria, para que existan aquellos personajes con sus propios discursos y esa otra realidad conformada de letras que da testimonio metafísico de la existencia finita y fugaz. Esa es la misión del narrador, volver sobre la sombra metafísica de la realidad y dejar que ésta se despliegue bajo el conjuro narrativo que tiene lugar en la memoria de los hombres, en la memoria de los que alguna vez fueron y existieron. En la memoria de todos aquellos que amaremos siempre y llevaremos en nuestro corazón.

  • Jorge de la Torre es licenciado en Sociología con la terminal en Estudios Ibérico Latinoamericanos. Tiene una especialidad en Antropología y Étic, una maestría en Filosofía y Ciencias Sociales y un Doctorado en Ciencias Sociales.