
Por: Mauricio González González *
La experiencia de vivir un tiempo donde el calentamiento global, guerras con armas de destrucción masiva y un genocidio están en curso, ofrecen un horizonte por lo menos oscuro para una especie que no ha cesado de imponerse sobre cualquier forma de vida, incluyendo buena parte de la de sus propios integrantes. El otro le es fundamental, sin embargo, ello también implica que la diferencia se valore creando jerarquías. La producción de alteridad es sustantiva para la subjetividad, saber quien es el otro permite discernir quien puedes o no ser, mas ello implica construir un sistema de clasificación, una taxonomía, donde la subvaloración o infravaloración no es ajena, tal como sucede entre géneros, adscripción cultural, clase social e incluso especies.
Bruno Latour, incansable investigador de ciencia y tecnología apenas fallecido hace un par de años, nos legó en un libro hoy emblemático, Nunca fuimos modernos (1991), una forma de entender la modernidad bajo el esfuerzo de depuración en el que se inventaron dos Grandes divisiones que, por lo demás, se hicieron de forma fallida: la primera entre Naturaleza y Cultura y, dentro del segundo segmento, la de ellos y nosotros, siendo ellos, y más precisamente ellas, las más cercanas a la esfera natural. Así, la invención de esa trascendencia llamada Naturaleza permitió hacer con ella, incluyendo la explotación, apropiación y destrucción. Y si bien Latour mostró como esas divisiones no operaron de forma consiste en la ciencia, el arte y la religión, también da a ver un margen para pensar como antes de la modernidad ello no acontecía, posibilitando imaginar redes que implican actantes de diferentes tipos.
La mirada histórica de este argumento no obvia que también se construyó en conversación íntima con investigaciones antropológicas que, en la última década del siglo XX, reactivaron aproximaciones en torno al animismo, categoría largamente acuñada que se revitalizó a la luz de novedosa etnografía que impedía reducirle a simple creencia de pueblos otrora llamados primitivos, recurriendo a argumentos sobre la construcción de mundos ajenos a la modernidad, coincidiendo francamente con la crítica a las Grandes divisiones de Latour.
En no pocas regiones del mundo constatamos prácticas de conocimiento de numerosos pueblos originarios que hacen lazo con el Dueño de los Animales, con el Mar, el Viento, la Lluvia, la Tierra, el Cerro, las Estrellas, el Jaguar, la Serpiente, el Venado, el Maíz, entre muchas otrxs, mostrando cómo la sociabilidad exclusiva de humanos no sólo no es consistente entre los pretendidos modernos, sino que nunca operó entre, por ejemplo, pueblos de Aridoamérica y mesoamericanos, donde la producción de sociedad implicó, siempre, más que humanos.
Isabelle Stengers, permanente interlocutora de Bruno Latour, en el libro En tiempos de catástrofes (2009), prescribió que “siempre tendremos que contar con Gaia y aprender, a la manera de los pueblos antiguos, a no ofenderla”. Hoy podemos afirmar con ella que lo haremos también a la manera de numerosos pueblos originarios del planeta, bajo una subjetividad que reclama una sociedad ampliada.
- Mauricio González González estudio la licenciatura en Etnología, así como una maestría en Teoría Psicoanalítica y un doctorado en Desarrollo Rural. Ha sido profesor de diferentes programas de estudio y posgrados tanto en escuelas privadas como públicas y comunitarias. Así como colaborador en diferentes organizaciones y redes de la sociedad civil, principalmente ambientalistas. Ha colaborada en el suplemento La jornada del campo y la agenda informativa Desisnfomémonos. Actualmente forma parte del colectivo CORASON, participa en Radio Huaya con el programa de opinión semanal “La voz campesina”.
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