Caldo de pollo salado.

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Por: Beatriz Galindo Juárez

Se me olvidó decirte que el caldo de pollo te queda salado, pero no me importa contigo comería caldo de pollo todos los días de mi vida; solo por la dicha de verme en tus ojos de perro mañoso y seguir siendo amantes tercos, desenfrenados recorriendo la cuidad en tu pequeño coche rojo.

    Sobre aviso no hay engaño, y tú me lo advertiste en la segunda cita en qué tuvimos. “No te enamores de mi “, me lo dijiste con esa voz tibia y dulzona, pero a la vez firme y determinante.

    Faltaban exactamente 20 días para que te marcharas a Baja California a visitar Amanda, ahora era tu mujer; pero, en otros tiempos había sido tú amante. Y ahí estaba yo, terca como tábano desafiando todas y cada una de las buenas costumbres de esta sociedad zacatecana.

    Y que me enamoro de ti hasta los tuétanos y más allá de toda razón; lo que yo sentía por ti me rebasó el alma y desbordo mis instantes en tiempos de quietud y zozobra.

    Mi loco corazón añoraba tu presencia a cada segundo en mi vida. Me volví leal a ti solo quería que tu piel se fundiera a la mía, formando un solo cuerpo. Me volví adicta a ti, y al igual que un drogadicto necesitaba consumirte en pequeñas dosis a cada segundo para no estar sobria y seguir escuchando tu voz en mis pensamientos. Tocar tu silueta deseada con mis manos y escuchar tus pasos como pequeños susurros dulces profundos, y quedarme ahí quieta como estatua de mármol cubierta por un cielo polvoriento y sereno, y con el alma fracturara en mil pedazos, pero siempre a tú lado.

    Fui tu amante veinte días antes de navidad y después que regresaste de ese viaje, luego otra vez cuando Amanda se marchó de Zacatecas, con todo y mudanza de regreso a Mexicali. Dejando a Boni a tú cuidado, ese tierno perro de raza pequeña; ahí estaba yo, junto con Boni, paseando nuevamente por toda la cuidad y puntos aledaños en tu Golfo rojo.    

Fue una constante, ir y venir; pequeñas dosis de ti, en días nublados comiendo caldo de pollo salado, en días lluvioso cenando caldo de pollo, y en días con sol lloriqueando entre los rincones apagados y sobre la mesa platos desbordados de caldo de pollo salado, y otros más sin caldo de pollo, pero ahogada en llanto alado sobre una escalera que no me llevaba a ningún lugar seguro.

    Había días enteros huérfana de ti, sin tu voz, sin tu huella sobre mi piel, sin tu mirada en mi cuerpo, sin tuS besos en el alma, sin tu aliento en el aire,

    Si, fuimos amantes de noche, a medio día, por las tardes, a mitad calle, al final de la banqueta; pero amantes de despedidas constantes colgadas en del medio estacionamiento de Soriana con un beso en la mejilla y un futuro incierto.

    Finalmente nos despedimos aquella tarde, era febrero loco, incierto, teñido de gris. El viento se me estrelló en el rostro en señal que todo había terminado. Bajé en picada por esa avenida eterna, caminé a pasos lentos con mis zapatillas azules de tacón alto en las manos.