
Por: Pilar Pino
"La única discapacidad en la vida es una mala actitud"
Scott Hamilton, saxofonista estadounidense
Desde los 10 años me quedé con el sueño trunco de conocer al presidente. En cuarto grado de primaria (1994) fui finalista regional del concurso El niño y la mar. El premio del primer lugar consistía en una visita a Los Pinos, donde pasaría un momento con Carlos Salinas de Gortari. El segundo era un viaje a la playa y el tercero, no lo recuerdo, pero imagino que un paquete de libros o algo de ese tipo que las instituciones regalan a los niñxs.
Pero, mi sueño era conocer al presidente. Lo sé, lo sé, pero solo tenía 10 años, aún no sabía nada la vida y menos que clase de persona era el mandatario. Solo tenía la ilusión de conocerlo, porque la figura presidencial me parecía, entonces, cosa sobrehumana. En mi inocencia infantil, creía que solo las personas con grandes valores llegaban a esos cargos.
Por lo anterior, este viernes pasado, cuando nos hicieron la invitación para asistir a la visita de nuestra presidente mi reacción fue un tanto eufórica. Cumpliría mi sueño de conocer a la persona con el puesto político más importante del país, quien además es la primera mujer en lograrlo. Pues, aún resuenan las palabras de mi padre cuando le dije que quería ser presidenta de grande “Mmmm… eso no te va a tocar, para que una mujer sea presidente faltan muchas décadas”.
Mi amiga María, quien se quedó unos días en mi casa debido a que sufrió un esguince en el pie, y yo nos despertamos este domingo a las 7 de la mañana, para llegar a tiempo al lugar. En punto de las 9 de la mañana nos encontrábamos en la nueva unidad médica del IMSS-Bienestar.
Sin embargo, nos retiramos debido a que María tenía invitación en un lugar especial, por ser secretaria de la asociación civil Uniendo Discapacidades con Amor. Nos fuimos a las 10, para llegar a tiempo al evento que realizaría en Plaza de Armas.
Pese a llegar a tiempo, fue un suplicio llegar al punto. Con un tráfico dominical inusual en centro, deje a mi amiga en la rinconada de la Catedral. Por suerte, iba llegando al evento mi amigo Ulises Mejía. Por ello, les pedí que le ayudarán a llegar a María, ya que iba en muletas, en lo que iba a estacionar el vehículo y los alcanzaría en cuanto pudiera.
Empero, no pudo pasar a María, solo la encaminó a la esquina de La Acrópolis. Cuando llegué por ella nuestra sorpresa fue saber por los muchachos de lógistica que la entrada era por la calle Juan de Tolosa y teníamos que rodear a pie. Normalmente, eso no tendría ningún inconveniente; sin embargo, para alguien en muletas es toda una odisea. Ahí comenzó la nuestra.
Subir el callejón del Santero nos tomo alrededor de 15 minutos, primero por lo empinada de la pendiente; luego, por lo irregular de las calles (pequeños baches, el piso no es plano sino que tiene una superficie irregular, zonas cóncavas y otras convexas); y, finalmente, por la falta de empatía de las personas, quienes en lugar de apoyar a una persona con discapacidad -temporal, pero al fin y al cabo se enfrentó a la misma barrera que las personas con discapacidad motriz tienen todos los días- despejando el espacio por donde pasaría, estorbaban. Algunas, incluso con todo dolo.
Caminamos hacia la Y que hace la Juan de Tolosa al dividirse en las calles Hidalgo y Genaro Codina, en este punto María se encontraba sumamente cansada. Al verla mi instinto fue quererla ayudar, empero, mis buenas intenciones, lo único que hice fue estorbarle. Al punto que siendo una persona siempre alegre y muy tranquila se puso de mal humor. Situación que vi por primera vez en todos los años que tenemos de conocernos.
Afortunadamente, en ese punto estaba un amigo que trabaja en la policía estatal y nos permitió brincarnos la fila, no por mí, sino por atención a María quien a penas podía continuar, pues se le veía extenuada con la frente perlada por el sudor. Incluso, los integrantes de la banda Tastoanes de Juchipila (en todo el camino, fueron los únicos en brindarnos un poco de ayuda) nos apoyaron para que pudiera bajar una escalinata y despejarle el camino para que pudiera pasar con mayor tranquilidad. Lo que hizo su transitar por la Av. Hidalgo, sino fácil, sí menos complicado.
Quisiera decir que este fue el final, pero a penas es la mitad de la odisea. Pues entramos al espacio general, donde la gente estaba de pie y bailando al son de la banda juchipilense. Pero, el lugar de María se encontraba al frente, tuvimos que atravesar un rectángulo de 40X20 (aprox, según mis cuentas) lleno de personas que no solo se molestaban porque les pedía hicieran espacio para dejar pasar a mi amiga en muletas, sino que de plano no se movían con una actitud de “pase por donde pueda”. Esto nos tomó casi media hora.
Después de un esfuerzo sobre humano de parte de María, pudimos salir. Ella sudando como si hubiera estado una hora en el gimnasio. Por poco se cae un par de veces, y como mencione anteriormente, mi ayuda le estorbó más. Al salir, debo reconocer la buena voluntad de un joven de logística. Imagino que al ver todo nuestro trajinar nos permitió llegar al lugar donde nos correspondía.
Mientras nuestra presidente, Claudia Sheinbaum, hablaba de las maravillas que se han hecho en materia de seguridad en nuestra entidad -sí, supongo que se basó en la disminución de los homicidios dolosos o algo parecido-, la promesa del proyecto Milpillas y la autopista a Osiris. Yo disociada, solo pensaba en todas las barreras físicas, arquitectónicas y sociales a las que se enfrentan las personas con problemas de movilidad y discapacidad motriz, enfrentan cada día y de manera permanente.
En mi caso, no me había tocado verlo tan de cerca. Pese a que siempre he sido aliada en la lucha de garantizar los derechos de las personas con discapacidad, pues mi hija tiene autismo. Pero, no me había puesto a reflexionar que hay derechos a los no pueden acceder por las barreras de tránsito. ¿Cómo puede alguien con discapacidad motriz ir a la escuela, a su trabajo o incluso a atención médica en trasporte público? Eso implica que para que puedan acceder a estos derechos deben tener privilegios, como un auto propio, apoyo de familiares y dinero para pagar taxis u otros medios de transporte alternativo a las rutas de camiones.
Aunque quería quedarme al final, para buscar la oportunidad de tomarme la foto con la presidenta. Previmos irnos antes, para evitar caminar en medio del gentío. Por suerte a la salida fueron más consientes y amables el personal de logística. Nos permitieron pasar frente a catedral, zona que se encontraba cerrada. Así pude dejar a María sentada en la esquina que hace la calle Tacuba con la Aguascalientes.
Al caminar hacia el coche a toda prisa. Hice algo que no había hecho antes, fijarme en el piso, en las rampas y así pude darme cuenta, que a pesar de que existen no son nada amigables para las personas que utilizan muletas y sillas de ruedas. Eso en el centro histórico, que es la zona que mejores condiciones brindan a esta población. Pensé en lo mucho que deben batallar para movilizarse en otras zonas donde poco o nada se pensó en las personas con discapacidad al diseñarse. Comprendí lo importante que es la infraestructura para el acceso y goce pleno de los derechos fundamentales.