
Por: Teresa Saavedra Juárez
Kurito:
Ya pasaron unos días desde que te fuiste, ya me rondaba la idea de tu muerte, últimamente te veía con pocos ánimos de comer, ya no querías salir a hacer paseos largos en la colonia.
Nuestra historia juntos:
Creo que fue un domingo jerezano cuando te vi escabullirte en un negocio del centro, creo que era una agencia de viajes, llegué y te di unas caricias, me quedé enamorada de tu ternura tenías unas orejas largas cabelludas, estaban tan suaves que era imposible no tocarlas.
Ese día en casa estuve pensando en que te quería para mí, hacía unos meses que un perrito llamado Toby, el cual habíamos adoptado había muerto. Lo pensé por varios días, incluso creo que, por más de una semana, recuerdo que platicaba con Alan y le decía que me sentía culpable por comprarlo habiendo tantos cachorros sin hogar.
Total que, decidí que tenía el dinero para comprarte, si ese cachorro era para mí tendía que estar esperándome donde lo había encontrado, así fue. Cuando lo compré la jovencita me dijo que ese perro era un desastre ya no lo querían en casa porque hacía muchas travesuras, me lo llevé a casa.
No sabía qué nombre darte, siempre me han gustado los nombres de personas para los perros, pero Kary Dorado me envió información donde venía tu futuro nombre: Kuro, palabra en japonés que significa negro. Sí te quedaba perfecto, no había escuchado esa palabra antes y tú eras un cachorro negro golondrino, te encajaba perfecto.
Bueno, pues a partir de ahí comienza una larga historia, recién te recibí olías a bebé como a lechita o a ternura, no entendemos el porqué, ya tenías varios días y no había nada que te conectara con aromas de tu etapa de bebe, pero perduró por un buen tiempo.
Destrozaste cojines, ropa, calcetines, creo que contados zapatos y como todo cachorro dormías y despertabas a hacer desorden, te compré tu correa e intenté aprender algunos trucos de enseñanza canica, fracasé en la práctica de casi todo, excepto enseñarte a sentarte y dar la pata por una recompensa. -Sentado Kuro-, -Dame la pata, la pata Kuro-.
Dimos largos recorridos por tres cruces, por la avenida México, caminábamos por la avenida de los panteones y por todo el rumbo, recuerdo cuando te tumbabas en la calle para ya no seguir caminado. Recuerdo cuando encontramos a un señor con un perro de la misma raza, me hizo el comentario que su perro era un hermoso saltarín de joven, se subía al closet decía, pero ahora que es viejo lo hace con menos frecuencia.
Mi papá había hecho una casa para el perro anterior, pero tú no cabías, con eso y todo te metías a dormir ahí sacando la cabeza… jajajaja, había suficiente espacio para que estuvieras hecho bolita como te gustaba, pero preferentemente dormías de costado con la cabeza a fuera o también te acomodabas adentro y dejabas la nariz afuera.
No recuerdo en qué momento invadiste la cama, sinceramente me encantaba tenerte cerca cuando estaba sentada en los sillones o cuando descansaba, recuerdo que un día Bruno me mandó una fotografía donde estabas sobre las almohadas de mi cama, para ese entonces aún no te dejaba subir, pero de alguna manera aprovechaste para subirte a descansar, porque si alguien encontraba los mejores lugares para dormir, eras tú. Poco a poco empezaste a dormir conmigo, cuando Alan y yo estamos casados, recuerdo que por las noches tú acomodabas la cabeza en la almohada de Alan… jajaja en la noche me sacabas de onda cuando estabas a un lado mío, con abrazarte bastaba para que te quitaras, los abrazos no eran lo tuyo.
Tu olor era fuerte, hubo una temporada que la casa olía fuertísimo a perro, los sillones estaban impregnados de tu apestosidad, por más que estuvieras recién bañados olías mal, con los años se fue acentuando tu olor y ya no se te quitaba con nada, fue así que te ganaste los apodos de Hediondo, Heidi, Heidichico, cuando definitivamente sentí que perdimos la batalla con tu aroma fue cuando te salías a vagar, cosa que fue inevitable impedirte.
Recuerdo cómo te encantaba escapar de nosotros, tus orejotas se veían hermosas saltando de un lado al otro, cuan loco esquizofrénico movías los ojos de un lado al otro, el hocico abierto tratando de controlar tu respiración, fingías que no te moverías, para luego seguir jugando a las atrapadas, aunque sólo tú estuvieras jugando.
Cuando nos cambiamos de casa a Lomas Bizantinas era un desastre, te escapabas cada que podías a la calle, andábamos como locos por toda la colonia y siempre esperabas el momento más inoportuno para hacer de las tuyas, llegó un punto, no sé en qué momento, eso no lo recuerdo, que poco a poco te empezamos a dejar salir por lapsos cortos de tiempo, era una lucha constante y nosotros siempre con los tiempos encima que entrabas y salías a la casa, andabas por todo el vecindario por todos lados, los vecinos te conocían y supongo que tenías más de un nombre o casa donde te daban de comer, pero como todo perro en la calle corriste peligros que se vieron reflejados en diferentes padecimientos: varias veces llegaste peleado, una vez fracturado de una pata, otra con gripa y la última el vecino te pasó su camioneta encima porque no escuchaste que movió su vehículo.
Durante mi embarazo fuiste mi compañero total, fue una época difícil para mí porque mi matrimonio no iba de lo mejor, me consolaba mucho acariciarte y tú disfrutabas mucho echarte junto a mí, cuando me viste llorar o sollozar no recuerdo que te me acercaras especialmente, en momentos de tristeza simplemente estabas. Sin embargo, conforme pasaba el embarazo me empecé a preocupar por tu futuro comportamiento cuando naciera la bebé, en la última etapa te empecé a prohibir subirte a la cama.
Cuando Sofía llegó nos fuimos a Jerez y tú viajaste con nosotros, porque éramos una familia, pero al menos el primer año fuiste celoso del lugar que ocupó Sofía en mi vida, yo ya no te prestaba la misma atención, pues se centró en mi hija y viendo que habías sido un desobediente y yo una loca del control no permitía que convivieras tanto con la niña por el tema de tus constantes vagancias y la higiene.
Constantemente robabas los juguetes de la niña, ella no parecía caerte del todo bien, la soportabas porque parecía que no había de otra, ella empezó a crecer y tampoco se desvivía de amor por ti, con los años empezó a entender que cuando algo no le gustaba había la posibilidad de dárselo al perro para que desapareciera.
No volveré a verte otra vez, te quiero mucho Kuro, realmente te extraño, quisiera darte ese abrazo y beso que tanto me gustaba, llamarte con esa voz que odiabas y luego “te limpiabas mi amor” restregándote en el piso y exhalando fuerte para que se te fuera el olor que te di. Era momento de que te fueras, unos días antes lo presentía, pero creía que el día tardaría más en llegar.
Ese día, recuerdo el susto que recorrió mi cuerpo cuando salía como cada mañana, tuve la sensación de que alguien me estaba viendo, como si estuvieras esperándome, di un salto por la sensación, miré y eras tú tendido en el suelo, tibio aún, seguramente acababas de dar tu último suspiro, esperando para despedirte. Gracias por todo Kuro, hoy todavía no estoy preparada para resignarme a tu muerte, al tercer día dejé de llorar fuertemente por ti, pensé que se me había pasado rápido, lo que no sabía es que el llanto cesó, pero no el sentimiento que tengo por tu ausencia.
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Cuando Sofí creció más allá de los 2 años mostró abiertamente amor por Kuro, él poco a poco se fue separando de mí, ya no era igual de cariñoso estaba más apegado a Bruno o Alan, era más receptor de sus caricias, esto porque yo permanecía regañándolo por todo, ya lo acariciaba poco porque siempre estaba sucio y lamentablemente ya casi no me hacía cargo de él, me había absorbido la maternidad.
Supongo que teníamos alrededor de un año donde Sofía empezaba a mostrar más amor por él, ya lo acariciaba y le interesaba jugaba con él. Los últimos años de la vida de Kuro no lo cuidé como debí, culpable por ello no sé si me siento, considero que no me quedaba de otra y supongo que en las mismas condiciones lo volvería a hacer, no me quiero justificar y no lo haré.
Quise a mi perro muchísimo, ahora que ya no está no concibo la idea de que realmente no viva, a veces pienso que en cualquier momento llegará, cuando abro el portón recuerdo cómo se escabullía para salir. Cada vez que preparo huevo o carne lo recuerdo, cuando estábamos juntos Alan solía prepararle un huevo o un hot cake especialmente para él, lo llenaba de miel u cualquier otra cosa que pareciera deliciosa, sabíamos que no debíamos, pero se lo permitíamos.
Extraño mucho sus malditos ladridos que me fastidiaban porque no dejaban dormir a Sofía, siempre la despertaban cuando yo más batallaba para dormirla. En los últimos años, por las mañanas, antes de irme a nadar era necesario ir a despertarlo para no atropellarlo, para que saliera a hacer del baño (ya sé que es políticamente incorrecto, pero así era).
Qué decir de sentir su supuesta protección, Kuro era un perro miedoso con las cosas que le parecían extrañas, les ladraba a objetos que parecían de alguna forma sospechosos, tengo un video donde concebía como amenaza un peluche que estaba en la cama, estuvo ladrando por un buen rato. Sin embargo, cuando yo me quedaba sola, cuando deja el portón de la cochera abierto, cuando iba a la tienda y Sofia se quedaba en la casa o cuando nos quedábamos sólo Sofía y yo en casa, sentía la protección de Kuro, de alguna manera me daba la sensación de seguridad.
Extraño mucho a mi perro, pensé que este sentimiento sólo se podía sentir por una persona, ayer después de varios días vi el post que le dejé en Facebook y me dio otra vez mucha añoranza por verlo otra vez, por concebir que la realidad es que, ya no lo volveré a ver.
- Teresa Saavedra Juárez es licenciada en psicología industrial, especialista en estudios de género, jerezana, amante de la lectura y feminista en construcción